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jueves, 8 de septiembre de 2016

Llamarada de los sueños nobles

Algo de vital y sensible debe tener nuestra tierra para que aún en su violencia y pobreza emane dulzura y sueños nobles. Aquí hizo casa, en medio del agua dulce, el tiburón Toro; somos la frontera sur de los pinares del norte. Nicaragua es un lugar de encrucijadas enclavado en el centro de América. Aun llena de jóvenes risueños, que se resisten a emigrar, deseosos de unir sus vidas al destino de su país y deseosos de construir un país para todos.
A pesar de los sueños nobles, no hemos sido capaces de crear un sistema económico que nos permita vivir con dignidad. Que sustente un sistema de bienestar, donde el más pobre, coma tres veces al día y tenga una pensión al final de sus días para vivir y morir con su dignidad intacta. Una economía que esté al servicio de los seres humanos y que sea su principal razón de ser.  Los sueños no han impedido que la política se haya convertido en un refugio para la mediocridad. Muchos dirigentes han convertido la política en una actividad lucrativa, donde vivir del Presupuesto es su finalidad más preciada. La política se ha convertido en una actividad vacía donde las prácticas y valores están orientados a satisfacer vanidades y ambiciones desenfrenadas.
Los pasados y actuales dirigentes han desprestigiado una actividad llamada a congregar los mejores talentos. La política continúa condenando al país a una lucha estéril. De continuar así, igual que nuestros padres y abuelos, fracasaremos en construir la patria bella y libre que soñaron.
Parece que llegó la hora de construir un proyecto que impregne y oriente el desarrollo del país. Encender la llamarada de los sueños nobles para orientar nuestros actuar político. Revisar lo hecho y construir basados en otros fundamentos para trascender lo hecho hasta hoy. Para hacer eso, se necesita, ejercitar la política, fuera de las prácticas y valores imperantes y dominantes en la sociedad nicaragüense. Entonces, ¿cómo hacerlo?
Todos los nicaragüenses, en especial los jóvenes, que hagan suyo este proyecto, deben estar convencidos que Nicaragua requiere un cambio de rumbo. Que no se trata de promover un cambio de gobierno sino de modelo. No se quiere renovar el sandinismo, ni revivir al partido liberal mucho menos al conservatismo. Sin sueños y energías nobles que alumbren nuestras aspiraciones, nos convertiríamos en una aspiración o frustración más, no cumplida a nuestro pueblo. Las generaciones que convergen en la segunda década del siglo XXI tienen prohibido fracasar. Sin soñar una patria nueva, nunca podremos construir un movimiento que rompa, para siempre, con la nefasta herencia de los viejos valores y prácticas que nos atan al atraso, a la pobreza y la violencia.
El liderazgo que hizo la revolución, la guerra y que condujo la transición democrática ya cumplió su ciclo, o se recicla, o desaparecerá. Vivió en carne propia la confrontación, ya gobernó con resultados pocos halagadores. Es hora que asciendan los liderazgos que no estuvieron vinculadas directamente al conflicto. El país clama a gritos por un rejuvenecimiento del liderazgo. Las virtudes que debe tener los líderes del siglo XXI son: profundas convicciones democráticas, sólida formación profesional, más prácticos que ideológico, vinculados a los mercados, globales, con los pies sobre la tierra, con amplios conocimientos sobre la realidad del país e imbuido de sueños nobles, patriotas y éticos. Personas que hayan destacado en todos los campos donde hayan trabajado. Gente superior.
La política no puede seguir siendo un campo de refugio para la mediocridad. Con los nuevos liderazgos, la política debe recuperar su aristocracia, en sentido aristotélico, el gobierno de los mejores. No más “vivos”, que en Nicaragua son sinónimo de mediocridad y cobardía. Deben apostar por el servicio a nuestro pueblo, con decencia y honestidad. Acompañar a los nuevos movimientos sociales. A los grupos que no tienen un espacio para contemplar el nítido azul de nuestro cielo. Caminar con los jóvenes que impulsan una agenda verde, que defienden el agua, con los trabajadores que reclaman sus justos derechos laborales, con los indígenas que defienden su tierra, con todos aquellos que tienen justas demandas. La movilización política debe ir más allá del “momentum” electoral.
Es inconcebible una Nicaragua sin agua, sin políticas para construir la nación del futuro en armonía con el agua. La Nicaragua del siglo XXI debe estar vinculada a la defensa y promoción de nuestros recursos hídricos. Como dice don Jaime Incer: “Está bien que se reforeste, pero es más importante conservar los bosques productores de agua”. El nuevo Brand del país debe ser construido en torno en la defensa y producción de agua. Debemos promover la Nicaragua azul-esmeralda.
Las visiones a cincuenta años son muy complejas para Nicaragua, pero es necesario un acuerdo mínimo con todos los sectores sobre el desarrollo del país: inversiones, migración, modernización del Estado y la educación, protección del medioambiente, ordenamiento territorial, aumento de la productividad del país, crear una identidad nacional más cohesionada, promoción y renovación cultural, cuidando los recursos naturales que aún nos quedan y una vocación casi mesiánica en defensa de nuestras aguas superficiales y subterráneas.
El mensaje debe ser claro, simple y propositivo. Elaborado para un pueblo abatido por la frustración. Proporcionar esperanzas con responsabilidad. La prioridad deben ser los sectores medios, pequeños y medianos productores, las Pymes. El desarrollo del país debe estar centrado en activar económicamente a esos sectores. No habrá desarrollo económico, empleo, generación de liderazgos, protección del medioambiente, aumento de la productividad sin atender a los sectores medios.
La vetusta clase política y empresarial quiere hacernos creer que vamos bien. Que el mundo alcanzado es nuestra máxima aspiración, sin poner en peligro sus posesiones. Que no se pueden recorrer otros caminos que no sean los de la sumisión y el conformismo. Que todos tenemos precios, que la ética y la política, nunca van a coincidir. Creo que debemos rechazar esta propuesta con la mayor indignación y abrazar la llamarada de los sueños nobles para darle a nuestra historia un mejor final.
El autor es politólogo.

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