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jueves, 1 de diciembre de 2016

Aeronave LaMía que transportaba al Chapacoense se quedò sin combustible.

Bogotá Colombia / El País - "Lamentablemente, la aeronave no contaba con el combustible de seguridad establecido por normativa", con estas palabras el coronel Freddy Bonilla, secretario de seguridad aérea de Colombia, ha confirmado una de las causas del accidente del avión de la compañía boliviana LaMia que transportaba al 
equipo de fútbol brasileño Chapecoense, en el que perdieron la vida 71 personas. 

"En el momento del impacto el aparato no tenía gasolina, estamos llevando a cabo una investigación para conocer el motivo", ha informado.

Las autoridades colombianas en colaboración con un experto en aeronáutica de Bolivia, especialistas brasileños, técnicos de Reino Unido (país de origen de fabricación del aparato), además de personal de la Agencia Nacional de Investigación de Transporte Aéreo de Estados Unidos, trabajan para esclarecer por qué la compañía LaMia permitió que un avión volara sin el combustible necesario para un trayecto de 1.588 millas náuticas.

"Las normas internacionales establecen que una aeronave, para realizar vuelo entre aeropuertos, debe contar con un combustible mínimo, con un aeropuerto alterno, adicionar 30 minutos, y cinco minutos de combustible reserva", ha explicado el coronel Bonilla. El avión que transportaba al Chapecoense tenía un plan de vuelo alternativo en Bogotá, pero según ha contado el responsable, no tuvo que usarlo "porque las condiciones climáticas en Rionegro eran adecuadas".

A las 21.49 de la noche del lunes, según el relato de las autoridades, el avión procedente de Santa Cruz, en Bolivia, solicitó prioridad para aterrizar en el aeropuerto José María Córdova de Rionegro, cerca de la ciudad de Medellín, por un problema de combustible. La torre de control le autorizó la aproximación. 

Dos minutos después declaró la emergencia por el mismo problema y cinco minutos más tarde alertó de una falla eléctrica total y pidió vectores, es decir, indicaciones al controlador para que le ayudara en el aterrizaje. Posteriormente, cuando la aeronave descendió a 9.000 pies, los rádares perdieron su señal y se produjo la colisión.   Los hechos narrados por las autoridades aeronáuticas coinciden con una grabación en la que se escucha la conversación entre el piloto Miguel Quiroga y una controladora. "Este audio no está certificado y es inexacto en sus tiempos", ha asegurado el coronel Bonilla sin entrar en más detalles.

Los vecinos de Chapecó, una ciudad de 210.000 habitantes del sur de Brasil, despertaron en estado de shock con la noticia de que el avión que llevaba a su equipo de fútbol, Chapecoense, se había estrellado.

Muchos reaccionaron instintivamente: centenas de aficionados se dirigieron en bloque hasta el estadio. Aún se encontraban allí por la tarde, la mayoría en silencio, muchos llorando para homenajear a los jugadores de su equipo. “El Chapecoense lo es todo para nosotros.

Es nuestra diversión, nuestra alegría. Sobre todo en los últimos cuatro años”, resume Luiz Carlos, un taxista que define a este equipo, como el suyo "de toda la vida”, como uno humilde y hasta hace poco desconocido en Brasil.
Eso hasta que el año pasado logró ascender a la serie A (la primera división): habían pasado cinco años desde que unos empresarios locales asumieran la gestión y las cosas empezaran a cambiar.

Sus jugadores comenzaron a ganar torneos importantes y tenían previsto disputar la final de la Copa Suramericana en Colombia, donde el avión se estrelló y el sueño deportivo estalló en mil pedazos. Muchos decía a pie del estadio que el sueño se acabó: “y no es fácil”, lamentaba Luiz Carlos.

Fabiano Costa, otro aficionado, suspiraba cabizbajo al lado de su hija Clarrissa de 10 años. “Es complicado. Esta ciudad respira fútbol. Pero creo que está siendo más difícil para los niños y niñas de 10 o 11 años, que estaban aprendiendo a querer al Chapecoense. Mi hija quería estar aquí ahora, sí o sí". Y vuelve a suspirar, mientras sujeta una camiseta del equipo: "Es muy, muy complicado”.


En el avión iba, además de los jugadores, una veintena de periodistas. Renan Agnolin era uno de ellos. Luiz Agnolin, su padre, acongojado, comentaba: "Lo único que quiero ahora es traer a mi hijo de vuelta”, promete. Reconstruir el ánimo del equipo o, lo que prácticamente es lo mismo, de la ciudad, promete ser difícil. 

El Chape, como se conoce al club, ya no disputará la final de la Sudamericana, algo que a ojos de los aficionados es una tragedia. El futuro del equipo depende de la solidaridad de los otros equipos del balompié brasileño. 

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