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lunes, 16 de enero de 2017

Saltemos las grandes diferencias.

Por Carlos Salinas Maldonado - Lo que han comenzado a vivir los periodistas de Estados Unidos con el triunfo del oligarca Donald Trump en las elecciones de noviembre en ese país es una cucharada del amargo jarabe que nos hemos tragado los reporteros nicaragüenses en diez años de administración Ortega-Murillo.

Antes, bajo el mandato de Enrique Bolaños —presidente conservador, profundamente religioso pero en algunos aspectos, pocos, liberal— los periodistas ejercíamos la profesión con mucha libertad.

Es cierto que a Bolaños no le gustaban ciertas cosas que se publicaban sobre su mandato y que tenía la publicidad del Estado como premio y castigo, pero el presidente daba conferencias en Casa Presidencial abierta a los medios, entrevistas, contestaba solicitudes de información y nosotros, los reporteros, podíamos llamar a cualquier hora a un ministro para corroborar un dato, para hacer consultas y, en el caso de historias de investigación, escuchar su versión antes de publicar el reportaje. 

Fue, lo digo en opinión personal, una época de oro para un joven periodista que iniciaba en la profesión en la redacción de El Nuevo Diario, bajo el paraguas periodístico de Danilo Aguirre, maestro de la profesión.

Luego todo se desmoronó, con la llegada de Rosario Murillo al poder y su paranoica y violenta posición hacia los periodistas y medios de comunicación.

Ella comenzó a atacar a la prensa, alegando que publicamos mentiras que buscaban desestabilizar al gobierno de Ortega (en el caso de Trump, la famosa frase “fake news”). Comenzamos a ser agentes de la CIA, financiados por el imperio, periodistas con sueldos pagados desde Washignton.

Vinieron ataques de todo tipo y un descrédito impulsado por el oficialismo para que la población repudiara a los medios y a los periodistas. La violencia de las huestes del Frente Sandinista comenzó a afectar a los reporteros. 

Operadores de Murillo comenzaron a publicar “boletines” en los que atacaban a periodistas críticos, incluso acusándolos de “homosexuales”, como si ser homosexual fuera delito, ¡hasta ese punto llegó la estupidez de los operadores de la señora Murillo!

Fue la primera dama, convertida ahora en vicepresidenta, quien emitió una estrategia de comunicación escrita de su puño y letra en la que advertía que “vamos a usar nuestros medios, para que nuestra información salga incontaminada, directa”. Se acabaron las conferencias de prensa, los funcionarios públicos tenían prohibido dar entrevistas a los periodistas independientes y quienes lo hacían eran echados de sus cargos de forma humillante.

Se cerraban las oficinas de acceso a la información pública, toda la información del Estado se convirtió en secreta, se atacaron a radios locales y las cerraron y los hijos de Ortega, gracias a los millones que llegaban desde Venezuela hasta arcas privadas de la familia Ortega-Murillo, comenzaron a comprar canales de televisión y a aprovechar frecuencias dadas con facilidad por el Estado, hasta controlar casi totalmente la televisión abierta, creando un duopolio mediático con el tristemente célebre empresario Ángel González.

Se acusó a periodistas de lavado de dinero y se violentaron las redacciones.
Sin embargo, los periodistas independientes nos convertimos en la resistencia. Seguimos haciendo nuestro trabajo en un escenario completamente contrario a nuestra profesión. 

El periodismo de investigación sobrevive, sano, en las páginas de Confidencial y La Prensa, y la opinión libre se sigue practicando en estos dos medios, pero también en Canal 12, Radio Corporación, Darío, Onda Local y otros medios del interior del país.

Pero la amenaza continúa. No hay publicidad estatal, las frecuencias son un cuchillo sobre el cuello de las emisoras y la violencia oficial amenaza a los periodistas. No hay acceso a la información pública. Los reporteros independientes somos los apestados para el Gobierno.

La buena noticia es que después de años de resistencia somos los medios de comunicación la institución mejor valorada por los nicaragüenses, lo que significa que tantos años luchando por el derecho de informar y el de expresión ha calado en esta sociedad. Todavía esperamos que eso se convierta también en un apoyo financiero del público y los anunciantes, que nos permita a los más pequeños sobrevivir a esta tormenta.

Sí, llevamos diez años en esta pesadilla. Colegas estadounidenses, prepárense para lo que se les viene. El periodismo sobrevivirá, pero será una época terrible en la que algunos caerán. Lamentablemente, BuzzFeed y CNN han sucumbido en el inicio de la tormenta, al publicar, el primero, y hacerse eco, la segunda, de un informe filtrado por un espía británico en el que se acusa a las redes de espionaje rusas de contar con información sensible sobre Trump, que pudo haber sido usada como chantaje por Rusia.

El informe no fue corroborado y su publicación ubicó a ambos medios en el centro de los ataques del magnate, quien llamó en rueda de prensa y ante los ojos del mundo “una pila de basura” a la redacción de BuzzFeed y una “organización terrible” de “noticias falsas” a CNN.


La independencia, la honestidad, la ética, la valentía, el reporterismo, la corroboración de información, la solidaridad y la defensa de la libertad de prensa son las garantías de las salas de redacción en cualquier parte del mundo.  ¡Ánimo!

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