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martes, 7 de febrero de 2017

Calidad de la educación y pobreza.

En amplios sectores de nuestra sociedad existe una justificada preocupación por la calidad y equidad de nuestra educación. ¿Qué entendemos por calidad de la educación?  Jacques Hallak nos dice que “la palabra calidad es una de las más honorables, pero también una de las más resbaladizas en el léxico educativo”.  El concepto de calidad es como el concepto de belleza. Todos sabemos o percibimos lo que es, pero encontramos difícil definirla.

Según la Declaración Mundial sobre Educación para Todos (Jomtien, 1990): “La calidad de la educación se hace realidad en los aprendizajes cualitativamente relevantes. La calidad no está tanto en lo que se enseña sino en lo que se aprende, por lo que en la práctica dicha calidad está cada vez más centrada en el propio sujeto educativo”.  

Nuestra educación necesita comprometerse con los paradigmas de la educación del siglo XXI: el aprender a aprender y la educación permanente. Así podría enfrentar el desafío de un conocimiento en constante expansión pero que se vuelve obsoleto rápidamente.
La calidad educativa es un concepto complejo que requiere ser desagregado para poder analizar sus componentes y luego actuar sobre los mismos: el currículo, los métodos de enseñanza, los medios, la formación y perfeccionamiento de los profesores y su remuneración, y el ambiente pedagógico.
Conviene advertir que calidad y equidad no son términos excluyentes.  Más bien, la falta de equidad social suele ir de la mano de sistemas educativos de mala calidad. Es posible promover el mejoramiento de la equidad educativa sin afectar la calidad.  Pero también es cierto que pueden darse tensiones entre equidad, eficiencia y calidad.  Precisamente, el esfuerzo en nuestros países debe ir encaminado a diseñar una política educativa que facilite el logro simultáneo de estas metas. Calidad e incremento de las matrículas no son necesariamente términos contrapuestos.  Sir Eric Ashly nos dice que “más no significa peor, pero sí diferente”.
Un informe del PNUD sobre desarrollo humano sostiene que “la pobreza tiene muchos rostros y abarca más que un bajo ingreso. Refleja también mala salud y educación, la privación de conocimientos y comunicaciones, la incapacidad para ejercer derechos humanos y políticos, y la falta de dignidad, confianza y respeto por sí mismo”. A su vez, Federico Mayor, ex director general de la Unesco, se pregunta: ¿Pobreza de qué? y contesta: “No solo de los recursos indispensables, de alimentos, de vivienda, de vestidos, de educación, de conocimientos.  Es también una pobreza de futuro, una pobreza de expectativas”.
La educación es el vehículo que las familias pobres estiman como el más apropiado para romper el círculo vicioso de la pobreza y su transmisión de generación en generación. La educación es la “gran forjadora de esperanzas”, como lo señala el PNUD. Llevan razón quienes afirman que hay que educar a los niños para “inmunizarlos” contra la pobreza.
Estudios de la Unesco demuestran, en relación con el analfabetismo, que es la máxima expresión de la inequidad educativa, que los mapas donde se ubican las poblaciones más pobres de los países se corresponden con los índices más altos de analfabetismo, educación de mala calidad y exclusión educativa.
Los analistas advierten que la educación es una condición necesaria pero no suficiente para superar la pobreza y la exclusión social. Pero, también afirman, que no es cualquier educación la que tiene estas propiedades sino una educación que posea los atributos de calidad y pertinencia. De muy poco sirve una educación de calidad si no es también pertinente al contexto donde se imparte. 

De ahí la importancia de diseñar los currículos teniendo muy en cuenta el contexto en que se van a impartir. Si hoy día el currículo lo constituyen, fundamentalmente, los aprendizajes que se espera asimilen los educandos que transitan por él, es ineludible que esos aprendizajes se correspondan con la realidad social y económica donde se imparte el currículo.
En las zonas rurales de nuestro país es donde se manifiestan las tasas más altas de analfabetismo absoluto y funcional, de deserción escolar, de extraedad y de ausentismo de los maestros, todo esto motivado, principalmente, por razones socioeconómicas. Ojalá lleguemos a comprender que la mejor forma de gobernar un pueblo es proporcionándole una educación con calidad, pertinencia y equidad.
El autor es jurista y catedrático.

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