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jueves, 20 de abril de 2017

Consecuencias del mesianismo irresponsable de Ortega.

Por Edmundo Jarquín. En varias ocasiones hemos escrito sobre el mesianismo de Daniel Ortega y algunas de sus consecuencias, entre ellas sus delirios geopolíticos.

Su respaldo a causas como la toma rusa de Crimea, Ossetia del Sur y Abjasia, y mantener relaciones con Irán y Corea del Norte; su respaldo al dictador Bashar al-Ásad de Siria, y la posición de su gobierno en foros multilaterales, incluyendo el rechazo al Acuerdo de París sobre cambio climático, forman parte de esas pretensiones geopolíticas que no guardan relación con el peso real de Nicaragua. 

Su muestra de aparente pragmatismo al normalizar relaciones con Israel, anunciado hace pocos días, es parte de ese juego, toda vez que el influyente yerno del Presidente Trump es judío.

De la misma naturaleza fue la onerosa concesión canalera a un empresario chino, a sabiendas que si el gobierno de China no lo construía, y éste solamente lo haría por razones geopolíticas, como Estados Unidos construyó el canal de Panamá hace un siglo, el proyecto no tenía ninguna factibilidad. 

En la apresurada y poco transparente aprobación de la concesión, Ortega no escuchó las voces de oposición, ONG y expertos ambientalistas, que poco le importan en su arrogancia autoritaria.

En los últimos días, en la medida que se acrecientan las tensiones entre Estados Unidos y Rusia por Siria, tanto por las necesidades internas del presidente Trump, como por el autoritarismo del Presidente ruso Putin, se han tornado más visibles los coqueteos geopolíticos de Ortega con la autoritaria Rusia.

El reciente artículo del Washington Post sobre la presencia rusa en Nicaragua, incluyendo instalaciones de inteligencia y suministro de armamento ofensivo como tanques T-72, en abierta violación al Acuerdo de Sapoá, vuelve a colocar a Nicaragua en el ojo del huracán geopolítico, y además como pieza negociable en el juego de intereses de las grandes potencias.

Si Ortega solamente entiende de presiones, y no de razones, cabe preguntarse, ¿qué puede hacer que cambie de rumbo, para que no someta a Nicaragua a sufrimientos mayores?

La respuesta es obvia: que escuche aquellas voces que sí le importan, y que esas voces le adviertan de sus errores y despropósitos.
¿Cuáles son esas voces? ¿La oposición, cuyos partidos políticos se han quedado sin la opción de participar en elecciones creíblemente democráticas, y la casi totalidad de los mismos deben someterse a las reglas del juego de Ortega, y cuyas voces nunca han sido escuchadas?

¿Los campesinos que se alzan en armas, precariamente, sin poder decir las causas de su rebelión, porque les matan sin interrogatorio, y no hay presos políticos que enciendan la imaginación con su rebeldía y proclamas, como ocurrió contra la dictadura de Somoza?

¿Los pocos medios de comunicación independientes o críticos, porque la casi totalidad son contralados por el gobierno? ¿La Conferencia Episcopal, cuyas solicitudes de mayo de 2014, entre ellas un diálogo nacional, siguen sin respuesta del gobierno?  

¿A quiénes, entonces, escucharía Ortega? Desde luego que sí escucharía a los gremios económicos, que tanto se quejan de la Nica Act, que es consecuencia del autoritarismo, corrupción y conqueteos geopolíticos de Ortega, y que le alentaron en la aventura canalera. 

Y desde luego al ejército y policía, que seguramente conservan autoestima de su profesionalismo y no se quieren ver en el espejo de Venezuela, o en un nuevo conflicto regional.  Y también tienen un papel relevante los “históricos” del Frente Sandinista, que vivieron y sufrieron las ilusiones, conflictos y frustraciones de la revolución, y consideran a la democracia, y la posibilidad de convivir en paz, como el fruto más preciado de la revolución.

Y desde luego el Secretario General de la OEA, Luis Almagro, haciendo una propuesta de la Misión de Cooperación establecida en su Acuerdo con el gobierno de Ortega del 28 de febrero, que apunte a consolidar el sistema democrático y limitar el autoritarismo de Ortega, y no solamente los temas restringidos de observación electoral, padrón electoral y transfuguismo político, como se señala en ese Acuerdo.


Si queremos evitar a Nicaragua confrontaciones y sanciones, y que conserve su estabilidad, paz y crecimiento, deben alzar su voz aquellos a quienes Ortega escucha.

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