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sábado, 29 de abril de 2017

Doña Francisca, el azote contra la Nicaragua de Ortega.

Por Sergio Ramirez Mercado/ El País - EL ROSTRO de Francisca Ramírez se ha vuelto familiar en Nicaragua. Es un rostro que inspira confianza, decidido y alerta. 

Estoy frente a una campesina enérgica, acostumbrada a los trabajos rudos, de piel morena que el sol ha ayudado a curtir, robusta y de baja estatura. Todo el mundo la llama con respeto “doña Francisca”, o “doña Chica”, a pesar de que apenas llega a los 40 años.

Nació en 1977 en La Fonseca, comarca del municipio de Nueva Guinea, el territorio aledaño a la costa del Caribe escogido como parte de la ruta del gran canal interoceánico. La comarca se llamaba antes Somoza, y tras el triunfo de la revolución en 1979 fue rebautizada en homenaje al fundador del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN), Carlos Fonseca.

Aquel fue un escenario de guerra cuando surgió el enfrentamiento entre sandinistas y contras en los años ochenta del siglo pasado, y lo que ella recuerda de su infancia son los combates constantes, los bombardeos de los helicópteros artillados del ejército y las carreras para meterse en los refugios excavados en la tierra. Después, el terreno sembrado de cadáveres de ambos bandos.

Dos décadas antes de esa guerra, cuando los Somoza reinaban en Nicaragua, ese territorio, entonces de selvas vírgenes, fue colonizado con campesinos desplazados de las ricas tierras del Pacífico, una estrategia de la dictadura para aliviar los conflictos agrarios causados por la expansión voraz de los cultivos algodoneros que se tragaban las pequeñas huertas.
A una de esas familias desplazadas pertenece Francisca. “Mis abuelos y mi papá vivían bien allá en occidente con su poco de tierra, pero entonces los mandaron forzados a esa zona lejana. Allí no había nada, solo monte, solo selva, y a los lugares donde se iban asentando los llamaban colonias”.

“ESTABAN NUESTRAS TIERRAS EN RIESGO Y DIJIMOS: ‘ESTO NO PUEDE SER’. COMENZAMOS A ORGANIZARNOS Y EL MOVIMIENTO SE FUE EXTENDIENDO POCO A POCO”

Tenía siete años cuando su padre los abandonó en plena guerra. “Mi mamá quedó íngrima con la carga de los hijos. Éramos cinco. Y entonces me dediqué a trabajar con ella para ayudarla a criar a mis hermanos, que hoy me quieren como si fuera su madre”.

Desde los 12 empezó a viajar hasta Managua con una vecina a vender en los mercados productos agrícolas comprados a los finqueros de la zona, y sabe por tanto lo que significa ganarse cada centavo. Ahora es dueña de su propia tierra y de una pequeña flota de camiones para sacar granos básicos, tubérculos y jengibre, una empresa familiar en la que participa con su marido y sus hijos.

No votó por Daniel Ortega cuando este volvió al poder en el año 2006, pero confiaba en que para entonces habría aprendido de las lecciones del pasado y haría un buen gobierno. Y cuando en junio de 2014 se enteró de que había firmado un tratado para la construcción del canal inter­oceánico con un empresario chino llamado Wang Ying, le pareció bien. Como a la gran mayoría de los nicaragüenses. El canal es la gran panacea que ha estado por siglos en el imaginario nacional, y las noticias eran halagadoras.
Habría riqueza y prosperidad para todos. 

El ministro para Políticas Públicas de Ortega anunció que el producto interior bruto crecería, solo en los primeros años de la construcción, entre el 10% y el 14% anual, y que se emplearía a 50.000 obreros nicaragüenses con salarios nunca vistos.

Se trataba de la obra de ingeniería más formidable jamás emprendida por la humanidad, con 286 kilómetros de largo y un costo de 50.000 millones de dólares (unos 46.000 millones de euros), capaz de generar ingresos anuales por 5.500 millones de dólares (5.000 millones de euros). 

Los trabajos estarían terminados en un plazo de apenas seis años, con legiones de chinos a cargo de los aspectos técnicos. El Consejo Nacional de Universidades anunció cambios drásticos en los planes de estudio, que incluirían el chino mandarín y nuevas carreras relacionadas con el canal, hidrología, oceanografía, ingeniería náutica. La agricultura debía orientarse a producir los alimentos preferidos por los chinos.

Pero aún había más. En ese mismo plazo empezarían a funcionar también un oleoducto, un ferrocarril inter­oceánico de alta velocidad, una autopista de costa a costa, un megaaeropuerto, un puerto marítimo automatizado en cada extremo del canal, nuevas ciudades, complejos de turismo, zonas de libre comercio. Aladino es un personaje chino, y también el genio que vive dentro de la lámpara maravillosa. Ahora este tenía nombre. Wang Ying.

Las preocupaciones de Francisca empezaron cuando llegó a sus manos el Acuerdo Marco de Concesión e Implementación del Canal de Nicaragua, transformado en la Ley 840 por la Asamblea Nacional en un plazo récord de 72 horas. El texto apareció primero en inglés en La Gaceta el lunes 24 de junio de 2013. Es algo que no sucedía desde que William Walker, el filibustero que se apoderó del país en 1855 y se hizo elegir presidente, publicaba en ese idioma sus leyes y decretos en El Nicaragüense, el periódico oficial de entonces.

Ahora ella conoce el texto de cabo a rabo. “Nos comenzamos a reunir 10, 20 productores campesinos a valorar cada artículo, y nos aprendimos la ley. Memorizamos los 25 artículos porque teníamos que contrarrestar todas las mentiras que el Gobierno decía. Por ejemplo, la ley dice que el agua es la prioridad para el canal, pero vimos que el gran lago Cocibolca iba a volverse un pantano”.

La alarma fue creciendo en la medida en que más campesinos se sumaban a aquellos círculos de estudio, ahora en diferentes comarcas. Todos se sentían amenazados. “Estaban nuestras tierras en riesgo, y dijimos: ‘Esto no puede ser’. Comenzamos a organizarnos. El movimiento empezó en las colonias de La Fonseca, El Tule y Puerto Príncipe y se fue extendiendo poco a poco en la medida en que la gente fue conociendo la ley”.

Las cosas empeoraron cuando aparecieron los agrimensores chinos a medir las fincas. “Entraban sin permiso alguno a nuestras propiedades con la policía y el ejército escoltándolos. Ponían mojones y medían la casa y el terreno. Pero no nos decían ni explicaban nada. Íbamos nosotros a preguntar a los traductores cómo era eso posible si nosotros éramos los dueños de las tierras”.

Francisca aprobó apenas el tercer grado de primaria, pero los finqueros de su entorno siempre han confiado en sus consejos porque conocen su buen juicio y su honestidad. 
Y pensaron que ya que sabía aconsejarlos sobre cómo sembrar sus tierras, también sabría ponerse a la cabeza para defenderlas. Y no erraron. Es una dirigente nata que no pertenece a ningún partido político. Le han ofrecido llevarla a la cabeza de las listas de diputados, pero no le interesa.

Entonces surgió el Consejo Nacional en Defensa de la Tierra, Lago y Soberanía. “Como campesinos, nosotros no sabemos nada que no sea cultivar la tierra. ¿De qué vamos a vivir sin ella? El artículo 12 de la ley, en el inciso K, dice que cualquier persona que no tuviera título de propiedad a la fecha que fue hecha la ley no tiene derecho a un solo córdoba, de modo que esas tierras se las regalan al chino Wang Ying. Y, al mismo tiempo, le dan el Gran Lago de Nicaragua. Le regalan medio país. Le regalan la soberanía”.

El tratado tiene una duración de 100 años y no establece ninguna obligación para el concesionario más que un magro pago anual de peaje. Nicaragua renuncia a ejercer cualquier autoridad judicial, administrativa, laboral, de seguridad, migratoria, fiscal y monetaria en los territorios concedidos al canal en favor de HKND, la compañía de Wang Ying inscrita en Gran Caimán. Y las reservas del Banco Central quedan en garantía de cualquier incumplimiento del Estado.

La lucha del general Sandino contra la intervención militar de Estados Unidos entre 1927 y 1933 dejó una marca indeleble en el país: la defensa de la soberanía nacional. Pero en la ceremonia de la firma del tratado, Ortega hizo su propia interpretación: “Si hay pobreza, si hay extrema pobreza, si hay dependencia económica, no hay soberanía…”.

“EL MIEDO QUE YO MÁS SIENTO ES EL DE DEJAR DE HABLAR O DE LUCHAR POR LO QUE ME PUEDAN HACER. PERO ENTONCES ME DIGO QUE TODOS VAMOS A MORIR”

 El 22 de diciembre de 2014 Wang Ying dio por inauguradas las obras. El acto se celebró en una finca ganadera cerca de la desembocadura del río Brito, sitio escogido como salida del canal al océano Pacífico y vecino del lugar donde se construiría uno de los juegos de esclusas. El otro juego estaría del lado del mar Caribe, del lado de Nueva Guinea. De por medio, el Gran Lago de Nicaragua, cuyo lecho sería excavado a la profundidad suficiente para dar paso a los buques de 400.000 toneladas de peso, capaces de cargar cada uno 18.000 contenedores.

Se calzó el casco amarillo de protección y echó a andar la primera de las retroexcavadoras que lucían en fila, listas para empezar a abrir la gran zanja que partiría en dos a Nicaragua. Tres años después, el Gran Canal se disuelve en la bruma de la mentira más colosal inventada nunca en Nicaragua.

Lo que aquellas máquinas hicieron fue remozar un viejo camino rural de seis kilómetros de largo hasta la costa. Hoy, sobre el camino, otra vez abandonado, ha crecido el monte. En la época de lluvias es imposible transitarlo debido a los lodazales. Unas cuantas vacas pastan allí donde deberían estarse construyendo a ritmo febril las esclusas.

Mejor que el canal nunca llegue a construirse, piensa Francisca, para que no destruya el país ni destruya el Gran Lago ni acabe con el agua potable de Nicaragua. Pero no es suficiente con eso. “Wang Ying anda con un cheque en blanco en la mano. Puede vender el territorio de Nicaragua a cualquiera, porque a él se le entregó de balde. Los nicaragüenses tenemos que organizarnos y lograr que se derogue esa ley y la concesión”.

“Claro que es una lucha difícil, pero la lucha hace milagros”, dice. Hasta ahora el Consejo para la Defensa de la Tierra ha organizado 85 marchas en demanda de la derogación del tratado en distintas regiones del país, con recursos y medios que aportan los propios campesinos. Y ya han anunciado la marcha número 86, que culminará en la ciudad de Juigalpa el 22 de abril, Día de la Tierra.

 En octubre de 2015 el Gobierno trató de impedir a toda costa que la marcha llegara a Managua cerrando carreteras, atacando a las caravanas con fuerzas antimotines y grupos paramilitares, tomando prisioneros a lo largo de las rutas. Pero los campesinos lo consiguieron y lograron desfilar, aunque diezmados, por algunas calles de la capital.

Un año más tarde, en noviembre de 2016, aprovechando que el secretario general de la Organización de los Estados Americanos (OEA), Luis Almagro, se hallaba en Managua, lo intentaron de nuevo. Pero esta vez la orden fue no dejarlos salir de Nueva Guinea. Los puentes de los caminos rurales fueron destruidos con palas mecánicas para que no pudieran pasar los camiones cargados de campesinos, que fueron atacados con gases lacrimógenos, balas de goma y balas de verdad.

“Si hubiera visto todo aquello lleno de antimotines armados de fusiles”, recuerda. “Se veía que era gente verdaderamente mala. Nosotros decíamos: ‘Son como las maras’. Quién sabe de dónde los traen, porque empezaron a tirarnos balas sin piedad, como si fuéramos enemigos en una guerra. Estábamos subidos a los camiones cuando nos atacaron a balazos. Las bombas lacrimógenas reventaban dentro de los camiones. La gente empezó a ahogarse y tuvimos muchos heridos”.

Le han ofrecido dinero, pagarle sus tierras a un precio elevado a cambio de que deje la lucha. Nunca ha aceptado. “¿Cómo quedaría mi corazón de saber que yo estoy en otro país con mucho dinero pero que en Nicaragua nada se arregló porque yo negocié? Le he pedido a Dios que me dé fuerza, y espero no caer nunca en el error de traicionar a tanta gente humilde”.

Ahora le han llegado a proponer que se siente a hablar a puerta cerrada con Ortega, pero también lo rechaza. “No tenemos necesidad de ir a hablar con él para que derogue la ley del canal. En sus manos está: él la puso, él puede quitarla. Hasta que no retiren esa ley no vamos a vivir con tranquilidad ni vamos a dejar de luchar”.

Perseguida, bajo amenaza de cárcel, acosada, le pregunto al despedirnos si no tiene miedo. “Pues fíjese que a raíz de ver tantas injusticias creo que yo ya no sé si existe el miedo”, responde después de pensarlo un momento.

“La verdad es que el miedo que yo más siento es el de dejar de hablar o de luchar por temor a lo que me pueden hacer. Entonces me digo: ‘Si nadie se va a hacer piedra en este mundo, todos vamos a morir’. Y algo que hemos platicado entre nosotros los campesinos es que es mejor morir luchando que morir mendigando y fuera de las tierras que nos pertenecen”.


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