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martes, 30 de mayo de 2017

Árbol de la vida.

Por Carlos Franz. Un nuevo bosque brotó en las calles de Managua. Son cientos de árboles de metal. Árboles electrificados para que también brillen de noche con miles de lucecitas de colores. Cada una de estas esculturas mide unos quince metros de alto y su copa tiene cinco o seis metros de ancho.

Su precio unitario ronda los treinta mil dólares y ya hay más de ciento cuarenta de estos misteriosos monumentos, todos iguales, cada cual dotado de un guardia para cuidarlo. Estos árboles son una iniciativa de Rosario Murillo, vicepresidente de Nicaragua y esposa del Presidente Ortega. Según ella, esa arboleda esotérica debe alegrar al país porque estos son “árboles de la vida” (su forma recuerda, en efecto, el árbol de la vida pintado por Gustav Klimt).

¿Para qué se necesitan esos carísimos árboles de metal electrificados en un país cuya naturaleza produce tantos maravillosos árboles de verdad y tanta vida auténtica? Es un misterio más del régimen personalista y populista en el que vino a degenerar lo que alguna vez fue la heroica Revolución Sandinista.

Las calles de Managua bullen con el comercio informal típico de los países pobres (casi la mitad de la población vive en la pobreza). La carretera que conduce del aeropuerto Sandino hasta Managua atraviesa lo que semeja un enorme mercado al aire libre.

Vistas de lejos las laderas de los volcanes parecen cubiertas de selva hasta el borde de los cráteres que despiden fumarolas. La estación de las lluvias acaba de comenzar y el calor húmedo empapa al visitante. Pero es preferible esto antes que morir de una pulmonía a consecuencias de los feroces aires acondicionados que soplan en los centros comerciales de los barrios prósperos.

Nicaragua puede parecer simple de lejos pero es muy compleja de cerca (suele ocurrir con nuestros países latinoamericanos). En un pasado no tan lejano esta sufrida nación era, para el resto del mundo, nada más que una caricatura emblemática de las tiranías tropicales, un latifundio de los Somoza. Luego, la Revolución Sandinista convirtió a Nicaragua en una supuesta “nueva Cuba libre”, la promesa de un paraíso en la tierra. 

Este ensueño “tan violentamente dulce” –palabras de Julio Cortázar– estalló con furia y pasó de largo rápidamente, como la tormenta que se descarga sobre el lago de Managua mientras escribo estas líneas. Ahora en Nicaragua los símbolos revolucionarios fueron vaciados de su contenido original y en su lugar florece una rara arboleda de confusiones entre populismo autoritario y capitalismo salvaje.   

Asisto al festival Centroamérica Cuenta. En sólo cinco años esta reunión se ha convertido en una de las principales citas literarias del continente. Este festival es impulsado por el escritor Sergio Ramírez que fue vicepresidente en el primer gobierno revolucionario y que luego se distanció de la codicia patrimonialista de Ortega y su familia.  

En su libro de memorias, Adiós muchachos, Sergio Ramírez relató su doloroso desengaño tras la Revolución Sandinista. Este libro continúa la gran tradición de los ensayos políticos latinoamericanos que, como el Facundo de Sarmiento, fueron escritos a partir de la propia experiencia, no sobre la base de teorías. 

En esas páginas Ramírez se autocritica y critica a los intelectuales que, embelesados por el brillo de una utopía, supeditaban la realidad a unas cuantas consignas políticas en lugar de someter éstas a un escrutinio y corrección  permanentes.  Centroamérica Cuenta testimonia el compromiso de Ramírez con esa lucidez que a veces puede resultar tan dolorosa como costosa. 

Este festival se celebra sin ningún apoyo del régimen familiar de Ortega. Por el contrario, la prensa oficial y las instituciones que dependen del Estado –que son la gran mayoría– ignoran u hostilizan a esta reunión internacional, la más importante que ocurre en Nicaragua.  Pese a ello, la gente se entera y acude igualmente, repletando los auditorios. Estas masivas concurrencias son alentadoras. 

Pero también resultan intrigantes porque los temas de estos coloquios no son políticos sino que son literarios, en el más amplio sentido: nada de lo humano les es ajeno. Esa libre pluralidad de voces podría ser la clave del éxito de este festival. El lenguaje es el auténtico árbol de la vida. 

La demagogia política quisiera transformarlo en un árbol artificial, lleno de lucecitas brillantes e idénticas pero sin significados precisos. Sin embargo, la gente se cansa de las palabras huecas.


El populismo intenta esconder la realidad tras un bosque de eslóganes vacíos y todos iguales. Pero la literatura deja en ridículo esas falsas plantas metalizadas. El verdadero árbol de la vida nos ofrece el fruto siempre distinto e imprevisto de la libertad.

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