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lunes, 22 de mayo de 2017

Obispos de Nicaragua solidarios con pueblo de Venezuela.

Todas las diócesis dedicaron la homilía a tragedia que vive ese país.  Silvio Báez, obispo Auxiliar de la Arquidiócesis de Managua celebró este domingo con sus homólogos de las demás catedrales del país una jornada de oración por “la paz en Venezuela”.

La Catedral Metropolitana de Managua con un lleno total, en la eucaristía el alto prelado recalcó que, ante esta crisis “política y humanitaria”, no se puede ser ni indiferentes ni neutrales. Dada su importancia, he aquí el texto íntegro.
Queridos hermanos y hermanas:

1. Estamos reunidos esta mañana celebrando la Eucaristía, en comunión con los Obispos de Venezuela que han decretado hoy en su país una Jornada Nacional de Ayuno y de Oración por la paz, y en comunión con los obispos de Nicaragua que hemos decidido hoy celebrar en cada una de nuestras diócesis la Eucaristía por la misma intención.

La Iglesia no tiene fronteras. Estamos unidos en la fe y en el amor para elevar nuestra oración al Señor por la paz del querido pueblo hermano de Venezuela, que sufre en este momento una dramática y dolorosa situación, viviendo la mayor crisis de su historia y que los obispos de ese país han descrito a través de situaciones muy concretas.

En Venezuela hay hambre, escasez de medicamentos y enfermedades debidas a la desnutrición y falta de salubridad; crece la violencia, con acciones que va desde la ofensa personal hasta atentados contra la paz ciudadana, como los saqueos y enfrentamientos entre grupos; la represión de las fuerza armadas ha arreciado y es cada vez más brutal en contra de los manifestantes en protestas cívicas; los grupos paramilitares, comúnmente conocidos como “colectivos”, han intensificado su acción violenta e ilegal. 

A todo esto hay que añadir el crecimiento desmesurado del irrespeto de los derechos humanos de parte de las autoridades, la total ausencia del Estado de Derecho y los constantes y gravísimos atentados contra la democracia. «La desesperanza se apodera de la gente y se va perdiendo el sentido de la vida», han dicho dramáticamente los obispos venezolanos esta semana (cf. Asamblea XLIII CEV, mayo 2017, n. 4).

2. Esta dolorosa situación es más que una simple crisis política. Es un drama humano. Han muerto muchas personas, la mayoría jóvenes, hay hambre, tristeza, miedo y desesperanza. No podemos quedarnos indiferentes como cristianos. La palabra de Jesús nos interpela: «Lo que hayan hecho por uno solo de estos, mis pequeños hermanos, conmigo lo hicieron» (Mt 25,40). Por eso nos hemos reunido como creyentes este domingo: para hacer algo que para muchos puede parecer incomprensible e inútil. Nos hemos reunido para «orar», sí para «orar» por la paz en de Venezuela.

Para los cristianos la oración es el primer aporte y la mayor contribución que podemos hacer en la transformación de la historia. Cuando oramos no invocamos soluciones mágicas, ni lo hacemos para sentirnos libres de compromisos y responsabilidades, sino porque estamos convencidos de que la historia no es sólo el escenario en que actúan las voluntades humanas sino el ámbito en que Dios hace llegar su Reino de amor, verdad justicia y paz. Oramos porque sabemos que excluir a Dios de la realidad es hacer que esta se vuelva caótica y se nos imponga con toda su fuerza de oscuridad y de muerte. Dios está cambiando este mundo, su reino está llegando, ha llegado ya con la muerte y resurrección de Jesús.

Por eso oramos como Jesús nos ha enseñado y decimos a Dios desde el fondo del corazón: «Padre, venga a nosotros tu Reino». Cuando oramos permitimos misteriosamente que la fuerza del Señor Resucitado fecunde y cambie la historia a través de nuestro esfuerzo, nos hacemos eco de las aspiraciones de paz y justicia de la humanidad y sobre todo tomamos conciencia de nuestra propia responsabilidad en el cambio social. Ciertamente «no basta rezar», pero también los creyentes sabemos que «tampoco basta solo hablar y actuar». Por eso también oramos.

3. Hoy que nos hemos reunido aquí para orar, vale la pena poner atención al evangelio de este domingo, en el cual Jesús nos consuela al prometernos que después de su muerte y resurrección pedirá al Padre que nos envíe «otro Paráclito» (Jn 14,15). «Paráclito» es una palabra griega que designa a alguien que está junto a nosotros, a nuestro lado, muy cerca, para ayudarnos, consolarnos e iluminarnos.

Es el don del Espíritu, que como amor desciende hasta el corazón y nos llena del amor de Jesús y de su auxilio permanente. El Espíritu nos asiste y acompaña en el esfuerzo por amar como nos ha amado Jesús, nos hace fuertes en la debilidad, nos da luz y valentía en el anuncio del reino de Dios y en la denuncia de todo lo que se opone a él.

Es también sostén de nuestra oración. Cuando oramos lo hacemos «en el Espíritu», con el auxilio del Espíritu, que «permanece en nosotros y está en nosotros» (Jn 14,17). Quienes creemos en Jesús conocemos al Espíritu, hemos hecho experiencia de su presencia consoladora y por eso, como dice el evangelio de hoy, nunca nos sentimos huérfanos (cf. Jn 14,18). No estamos nunca solos. Jesús ha cumplido su promesa de enviarnos una nueva presencia, el Espíritu, que nos llena plenamente pues nos alcanza en lo más íntimo de nuestro ser. El vacío dejado por la muerte de Jesús ha sido llenado por la presencia viva del Espíritu del Resucitado.

4. Hablando del «Espíritu» dice el Evangelio que «el mundo no lo puede recibir, porque no lo ve ni lo conoce» (Jn 14,17). El «mundo» no es la humanidad, a la que Dios ha amado tanto hasta darle a su Hijo amado (cf. Jn 3,16), sino ese orden mundano que rige la historia, ese ordenamiento de injusticia dominante en la sociedad y que se encuentra como en rebelión contra Dios, es decir, contra el amor y contra la vida.

El «mundo», que no puede recibir ni conocer al Espíritu, es el sistema de corrupción, de mentira organizada, de violencia ilimitada, de idolatría del dinero y de ambición enfermiza de poder, que domina el mundo, oprime a los pueblos y que deshumaniza y destruye a los seres humanos. Quienes pertenecen a este sistema tenebroso e inhumano no pueden percibir al Espíritu, ni siquiera lo desean conocer, pues –como dice el evangelio– prefieren las tinieblas a la luz (cf. Jn 3,19), la muerte a la vida.

5. Este Espíritu, hemos escuchado en el evangelio de hoy, no sólo es el Espíritu del amor, es también el Espíritu de la Verdad (Jn 14,17), que vive en nosotros y nos enseña a vivir en la verdad. En la verdad de Dios, revelada por Jesús, que genera en nosotros un estilo de vida diferente, que va contracorriente enfrentado al estilo de vida que brota de la mentira y del egoísmo.

El Espíritu de la Verdad, nos hace fieles al Evangelio, aunque vivamos en un mundo de falsedades, en donde a la mentira se le llama diplomacia, a la explotación, negocio; a la injusticia, orden establecido; a la corrupción, viveza; al sometimiento, vivir bonito. Difícilmente puede una sociedad así entender o aceptar una vida creada e inspirada por el Espíritu. No lo ve ni lo conoce, como dice el evangelio de hoy.

Ese mismo Espíritu es el que defiende al creyente y le hace caminar hacia la verdad, liberándolo de la mentira social, de los engaños de los nuevos ídolos, de la indiferencia egoísta ante los problemas de la realidad, de la intolerancia y de la ambición irrefrenable de dinero y de poder.

6. Guiados por el Espíritu de la Verdad los Obispos de Venezuela, al finalizar esta semana su Asamblea Extraordinaria, contemplando la situación de su país, se han hecho esta pregunta: «¿Qué nos dice Dios?». Y la han respondido con las palabras que el Señor le dirigió a Moisés en el libro del Éxodo, que me permito citar íntegramente: «He visto la opresión de mi pueblo en Egipto, he oído sus quejas contra los opresores, conozco sus sufrimientos y he bajado para liberarlos» (Ex 3,7).

En una situación desesperada, en donde nadie logra ya intervenir para prestar auxilio, Dios no es lejano. Es bella la imagen de Dios que baja del cielo para liberar a su pueblo de la esclavitud. Es un Dios que se acerca a los seres humanos, que nos los abandona. Pero Dios libera a través de los esfuerzos humanos por hacer posible la liberación. En efecto, lo obispos de Venezuela han dicho «en Venezuela hemos de difundir una cultura de la vida que podrá realizarse si nos esforzamos por ir consiguiendo las condiciones que la favorezcan» (Asamblea XLIII CEV, mayo 2017, 6).

7. La alusión al Éxodo, hecha por los Obispos de Venezuela, nos permite tener una clave de lectura de lo que ocurre en ese país. No se puede ser ni indiferentes ni neutrales. Es una situación en la que hay verdugos y víctimas, se ha creado una estado de violencia e injusticia que llega como oración hasta el corazón de Dios.

Desgraciadamente hay momentos en la historia en los cuales quienes ejercen el poder padecen el síndrome de eso que el Papa Francisco ha llamado el «faraonismo» y que él describe como la acción de «endurecer el corazón y cerrarlo a Dios y a los demás (…), sentirse por encima de los demás y de someterlos» (Discurso a clero, religiosos y seminaristas, El Cairo, 29.5.17).

Los faraones nacen cuando los corazones de los poderosos se olvidan de servir y no se someten a la ley y cuando los pueblos permiten que el poder no tenga límites y se vuelva irracional, violento y corrupto. Pero la historia bíblica enseña que Dios no tolera ni a los faraones de la antigüedad ni a los faraones de hoy. El Señor, más bien, como dice un Salmo, recoge en un odre las lágrimas de la humanidad (cf. Sal 56,10). Se pone siempre de parte de las víctimas.

8. Oramos para que Venezuela pueda muy pronto encontrar la paz y se enrumbe por caminos justicia, desarrollo y democracia auténtica. Nos unimos al llamado de los obispos de este país hermano que exhortan al pueblo a seguir manifestándose pero siempre de manera pacífica, jamás por vías violentas, pues como decía el Beato Mons. Oscar Arnulfo Romero: «Nada violento es duradero» (16/3/80).

Hoy nos unimos en oración acogiendo las necesidades materiales que sufren nuestros hermanos venezolanos, sintiendo como nuestra su desesperanza y su miedo y llorando con quienes han perdido a sus seres queridos. Oramos para que se abran caminos hacia un diálogo serio y eficaz, esperando que el gobierno acepte las condiciones que ha propuesto la Santa Sede: abrir un canal humanitario que lleve alimento, medicina y ayuda a la población, liberación inmediata de presos y detenidos políticos, pleno reconocimiento de la Asamblea Nacional y elecciones nacionales como único camino válido para devolverle el poder al pueblo, que como han dicho los obispos venezolanos, «es el verdadero sujeto de la democracia» (cf. Asamblea XLIII CEV, mayo 2017, 8-12). 

Oramos sobre todo para que cese la brutal represión de las fuerzas armadas contra la población civil. ¡No más muertes inocentes! Oramos para que se encuentren mecanismos y acciones concretas a nivel nacional e internacional para que el querido pueblo venezolano finalmente alcance una auténtica paz que sea fruto de la justicia.

9. Que el Dios que oye, ve y siente el sufrimiento de los oprimidos (cf. Ex 3,7) suscite caminos pacíficos de liberación para Venezuela. Que Jesucristo Resucitado, que «es nuestra paz» (Ef 2,14), haga posible la reconciliación en la justicia en este país hermano.


Que el Espíritu de Jesús, el Espíritu Consolador, llene el corazón de cada hermano venezolano de esperanza y fortaleza y guíe a la Iglesia de ese país para que siga siendo una comunidad profética al servicio de su pueblo Que la Santísima Virgen María, Nuestra Señora de Coromoto, patrona de Venezuela, vele con ternura maternal por este querido pueblo.

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