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sábado, 5 de agosto de 2017

Revolución, Contrarrevolución y Nación.

Mientras realizaba una revisión bibliográfica sobre la historia reciente de Nicaragua me encontré un conjunto de informaciones sobre el proceso de desmovilización y desarme de la Resistencia Nicaragüense. 

Se trata de datos que seguramente muchos olvidaron y, en ese caso, es importante recordarlos. Y para quienes los ignoramos (me temo que somos la mayoría) es importante que los conozcamos pues la memoria histórica es esencial para ayudarnos a no repetir las mismas andanzas del pasado.

El primero de estos datos se refiere a cuántos combatientes de la Resistencia Nicaragüense se desmovilizaron en el primer semestre de 1990. De acuerdo al informe oficial de la Comisión Internacional de Apoyo y Verificación (CIAV OEA), se desmovilizaron: 22 413 combatientes. 22 500 para recordarlo más fácilmente. Para situar este número en perspectiva basta considerar que en El Salvador, donde también se sufrió una guerra cruenta, los desmovilizados del FMLN no llegaron a diez mil.

Por otra parte, el tamaño del ejército de la resistencia no incluye las redes de apoyo que también fueron registradas y que representaban decenas de miles. Según la CIAV, en el proceso de reinserción de la población afectada por el conflicto bélico, el número de personas atendidas llegó a 120 mil, incluyendo repatriados, desplazados y parientes de los desmovilizados.

Estos números, que constituyen un indicador de la magnitud del conflicto, cobran más relieve cuando revisamos el total de armas entregadas. Según la misión de Naciones Unidas a cargo del desarme (ONUCA), se contabilizaron 18 mil armas de todo calibre, incluyendo armas pesadas. Se trata de un formidable arsenal, más aún si consideramos que el surgimiento de los rearmados puso de manifiesto que no se entregó todo el armamento en manos de “La Contra”. 

Todavía más: la misión de la ONU en Colombia registró 7 000 armas en el actual proceso de desarme de las FARC. La guerra incluyó un fuerte componente de propaganda. Desde el lado del gobierno sandinista se utilizaron varios epítetos para descalificar a la Contra: ex guardias somocistas, mercenarios, etc.

Pero en realidad ¿Cuáles eran las características de estos combatientes?
Menos del diez por ciento superaba los 40 años. Y aquí está un dato sumamente revelador: más de la mitad de los combatientes de la resistencia que se desmovilizaron tenía menos de 25 años. 

Este dato deja en escombros lo que durante toda la década de los ochenta se nos quiso hacer creer desde el discurso oficial, en el sentido de que los integrantes de “la contra” eran predominantemente ex guardias somocistas. Es obvio que, según estos datos, la gran mayoría eran niños cuando se disolvió la Guardia Nacional.

En cuanto a su origen, la descripción demográfica muestra que la inmensa mayoría de los desmovilizados eran de extracción campesina y en cuanto a la escolaridad, según los mismos datos, el 97% de los desmovilizados no había cursado más allá de primaria y el 84% apenas alcanzaba los tres grados de primaria, incluyendo analfabetos.
Se trataba pues de campesinos pobres. De campesinos jóvenes y de baja escolaridad, y no de mercenarios, o invasores, que es el estereotipo que también quiso fijar la propaganda del gobierno sandinista.

No se trató de guardias, no se trató de mercenarios, no se trató de bestias como se les etiquetaba. Se trató de nicaragüenses, campesinos y pobres, en su inmensa mayoría, que se alzaron en armas en rechazo al régimen que se les quería imponer. ¿Y del otro lado, en el ejército sandinista? Jóvenes también. Y pobres, en su inmensa mayoría. Buena parte reclutados por el servicio militar obligatorio.
Pueblo contra pueblo. Aunque el voto resolvió quién estaba en mayoría y quien en minoría.

Por supuesto, aquí no incluimos a los mercenarios que medraron o se enriquecieron con los dólares gringos, sobre la sangre de los combatientes de la Resistencia. Varios de ellos son ahora reputados y rastreros aliados del régimen de Ortega.

¿Y por qué es importante recordar estos datos? Porque esos datos rompen estereotipos que se fijaron en la mente de muchos nicaragüenses y que siguen marcando hondas fracturas en nuestra visión de la historia.

Quienes venimos del sandinismo tendremos una visión truncada de la historia mientras no aceptemos la realidad de que “La Contra” era predominantemente un ejército de campesinos alzado en armas por defender lo que valoraba como sus derechos, sus creencias y convicciones. Y una visión truncada de la historia también nos lleva a una visión truncada del presente y, lo que es peor, a una visión truncada del futuro. Y con visiones truncadas jamás podremos construir un país para todos.

Por otra parte, también es un dato de la historia que la administración Reagan, desde antes de asumir el gobierno, se propuso destruir la revolución sandinista de manera descubierta y de manera encubierta, sin reparar en los métodos. Esa también es una realidad histórica.

Nuestra opinión seguramente dejará descontentos a unos y a otros pero es nuestra obligación plantearla: En Nicaragua se juntaron una guerra civil, principalmente resultado de la resistencia campesina al régimen sandinista, y la agresión de una potencia extranjera. Los muertos, todos, fueron nicaragüenses. Tuvimos guerra civil y tuvimos también agresión extranjera. 

Por muy odioso que resulte a unos y otros, se trata de realidades que, mientras no las admitamos, no tendremos país. No tendremos país porque presente, nación y porvenir se construyen a partir de una visión compartida de la historia.


Historia compartida. No historia partida.

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