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martes, 3 de octubre de 2017

Ahí… viene la OEA.

Por Fernando Bárcenas / La OEA, a solicitud de los partidos electoreros excluidos por Ortega de las elecciones de 2016, viene a observar el próximo proceso electoral en una realidad política opresiva, signada por un absolutismo degradante, que no sólo es capaz de alterar a placer los resultados electorales, sino, que además reduce ahora los comicios municipales a un ejercicio sin importancia, a una carrera estacionaria exclusiva de Ortega.

En consecuencia, lo importante no es que la OEA observe esta gimnasia privada, sin contendientes, sino, que podamos comprender las circunstancias concretas que determinan la relación conflictiva entre las clases sociales. Ya que del desarrollo de ese conflicto social –no de las elecciones orteguistas- surge la posibilidad de un cambio progresivo.

El gatopardismo es el fenómeno político por el cual la oligarquía nicaragüense mantiene sus privilegios, con un régimen vinculado anteriormente a una sublevación libertaria, que nebulosamente aparentaba venir de la izquierda y que supuestamente propiciaría un desarrollo económico para mejorar las condiciones de vida y de trabajo de los pobres, mientras que dictatorialmente garantiza en cambio, como extrema derecha, la supremacía política del gran capital. 

Y mantiene a raya a las masas trabajadoras para darle estabilidad al poder económico oligárquico, favorecido –o bendecido, según la jerga a la usanza- con exoneraciones y privilegios.

Más que sólo un facilitador de la inversión especulativa, y del capital de dudosa procedencia, el orteguismo es un apañador de la concentración de la riqueza en pocas manos, y de la baja productividad de una economía extractiva, precapitalista, que atenta contra los recursos ambientales, sin encadenamientos complejos, orientada a la exportación de los mismos productos, sin valor agregado, de los años cincuenta. 

El modesto crecimiento de los últimos veintisiete años se debe a factores independientes de las políticas económicas gubernamentales, dado que persisten las tradicionales trabas estructurales, que generan falta de competitividad, incremento de la informalidad, desempleo en la Población Económicamente Activa, y emigración campesina hacia los cinturones de miseria.

El atraso económico actual, relativamente peor al de los años setenta, hace posible este tipo de régimen anacrónico, dictatorial y corrupto, que goza de impunidad. Sobre todo, porque la falta de estado de derecho permite a la oligarquía, a base de acuerdos secretos en las esferas del poder, prosperar más ampliamente que con un sistema político democrático. La libertad ciudadana induce a una mayor disposición consciente a un cambio cualitativo, modernizante, que supere las bases objetivas del poder oligárquico.

¿La participación de la OEA es importante? A diferencia de la fábula de Esopo, del joven pastor que anuncia el lobo, ante el reiterado anuncio de la llegada de la OEA a observar los comicios electorales de noviembre próximo, nadie ha salido de su casa desde el primer grito de alarma.

No obstante, la reciente encuesta de Cid Gallup recoge que el 50 % de los encuestados considera que la participación de la OEA es muy importante. ¿Qué significa ello, a pesar del bajo interés por ir a votar?

La explicación a esta paradoja radica en el mismo desencanto que induce al abstencionismo. Significa, no que la OEA dé credibilidad al proceso electoral actual, más excluyente que nunca, ¡Dios nos guarde!, sino, que ese 50 % ilusoriamente cree que alguna fuerza extranjera –quizás la OEA- podría contribuir a frenar en algún momento el abuso orteguista, y no necesariamente en el ámbito electoral.

¿Elecciones municipales light?  Por sí mismas, no existen elecciones políticas light, menos aun cuando se trata del gobierno municipal. Lo que determina la calidad de una elección, para bien o para mal, es la credibilidad y la participación de los ciudadanos en el proceso. En consecuencia, se debe hablar de abstencionismo galopante, no de elecciones light.

Ortega, pese a la simultaneidad de la amenaza de Nica Act y de la intervención de la OEA, se ha propuesto como estrategia, de corto y de mediano plazo, fomentar la abstención electoral de los ciudadanos independientes. De manera, que se difunde en la población la idea certera que las elecciones orteguistas no sirvan para nada. Así, asistimos a un proceso electoral minusválido, no light, sino, planificadamente devaluado, raquítico, sin partidos políticos.

O sea, un proceso profundamente orteguista, independiente de la sociedad. En este panorama feudal del orteguismo, un partido político no tiene forma de crecer –como lo ha previsto Ortega- por medio de una actividad parlamentaria inexistente o por un desempeño municipal imposible.

Para gestar un proceso electoral limpio, transparente, se debe eliminar al orteguismo, no basta con atornillar las partes flojas de un mecanismo de votación corrompido. Del resto, lo que importa es liberar a la sociedad del poder discrecional y abusivo, estableciendo una nueva institucionalidad en el orden jurídico, con mayores derechos ciudadanos.

Una dictadura no puede ser legitimada jamás por una elección supervigilada, porque su esencia antidemocrática, más que de la perversión electoral deriva de la sustracción del estado de derecho. Este es un conflicto social, no simplemente electoral. Aquí habría que cambiar el sistema económico bajo dominio de la oligarquía, que reproduce regímenes dictatoriales en un ciclo infernal.

Los ciudadanos se reagrupan como “independientes sin partido”. A la oposición electorera, en franco retroceso, Ortega le ha quitado el suero, sus sillas de ruedas y las bombonas de oxígeno. Piensa que el monopolio electoral que ha construido ahora, aún a costa de promover la aprobación de Nica Act, le permitirá llegar solo a la contienda electoral de 2021. Cuando, probablemente, para atenuar el aislamiento de su régimen abusivo, le convenga conceder una mayor observación electoral.

La reagrupación de fuerzas, en la que predominan los independientes sin partido sobre los orteguistas (53 a 40 %, según las encuestas), ocurre, necesariamente, en un terreno fuera del ámbito electoral. Ese hastío, inserto en el abstencionismo, es la forma embrionaria del descontento general, que las encuestas no alcanzan a captar premonitoriamente. 

De manera, que este proceso electoral, desvalorizado, queda por ahora totalmente en manos de Ortega, sin contendores. Ningún partido colaboracionista alcanza más de 3 % de intención de votos (porque el descontento se orienta, aunque de manera latente aún, hacia una expresión política más eficaz, como resistencia y rebelión).

Ese es el carácter intrascendente de las elecciones municipales que observará la OEA, por demás, superficialmente. Como resultado de la estrategia orteguista, que, a la vez, va rebalsando torpemente la copa del cansancio ciudadano.

¿Lo que interesa, entonces, es el proceso electoral de 2021? Nada indica que para 2021 la población se vaya a reagrupar en algún partido electoral. Y, si no hay contendientes fuertes (como prevé la estrategia de Ortega), poco importa que el proceso electoral sea –si acaso- formalmente limpio. Un proceso electoral desierto, en 2021, aunque fuese transparente, sería tan inútil como una guitarra sin cuerdas brillantemente encerada. Del resto, la alternativa de un orteguismo sin Ortega, en las elecciones de 2021, no engañaría a nadie y, para la acción directa de las masas, sería como hallar una fisura en una represa.

Lo que se requiere es formar un partido de masas, organizado para el combate, por una transformación radical de la sociedad. Un partido que coordine estratégicamente, y eleve el nivel de conciencia política anti dictatorial, de los movimientos que luchan aislados por reivindicaciones inmediatas, como los campesinos anticanal, los trabajadores de la zona franca, los pobladores amenazados por la minería a cielo abierto, los ciudadanos descontentos por el costo elevado de los servicios públicos y de las multas abusivas, la juventud que languidece en el desempleo, las poblaciones olvidadas del corredor seco. Este proceso de lucha y de cambio es el que todas las fuerzas reaccionarias temen y desean evitar, apelando demagógicamente a la paz social.


En un futuro, sólo a base de desarrollo humano y de mayor educación y cultura generalizada el orteguismo podrá ser definitivamente erradicado de la conciencia nacional, y dejado atrás como expresión repugnante del poder absoluto en una sociedad atrasada.  Pero, sin una transformación radical de la economía, que integre al campesinado al desarrollo nacional, el gatopardismo oligárquico levantará nuevamente la cabeza y reiniciará otro ciclo de atraso y de corrupción dictatorial. 

Lo que necesitamos, entonces, no es evitar el conflicto social, sino, destruir los obstáculos estructurales oligárquicos que impiden el desarrollo democrático de la nación.  

El autor es Ingeniero eléctrico

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