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lunes, 30 de octubre de 2017

Documentos desclasificados plantean más preguntas sobre el asesinato de Kennedy.

Miami Florida EEUU/ EFE - En el 2013, cuando se cumplió medio siglo del asesinato del presidente John F. Kennedy, la encuestadora Gallup dio a conocer un dato asombroso: el 61 por ciento de los estadounidenses aún creía que el magnicidio de Dallas fue resultado de una conspiración y que, en consecuencia, el exmarine Lee Harvey Oswald no había actuado solo.

Así pues, ni los 2.891 documentos que recién salieron a la luz el jueves 26 de octubre, ni aquellos que tendrán que esperar a abril de 2018 para verla, cambiarán un ápice el sentimiento, enraizado profundamente en la psicología social, de que ocurrió algo muy grave y vergonzoso el 22 de noviembre de 1963.
Los materiales recién desclasificados relacionados con la muerte de Kennedy consisten en archivos de la CIA, el FBI, los departamentos de Defensa y del Estado y otras agencias. En realidad, la gran mayoría de los expedientes de la President John F. Kennedy Assassination Records Collection, cerca del 88 por ciento, ya fueron publicados íntegramente años atrás; un 11 por ciento lo fue con fragmentos censurados. Solo un 1 por ciento quedaba por publicar, hasta ahora.
Durante su campaña, Trump prometió hacerlo; ahora, no obstante, decidió retener una mínima parte (aunque relevante), hasta que se reevaluara su impacto en la seguridad nacional. Las agencias de inteligencia tendrán hasta el 26 de abril de 2018 para hacer tal revisión. Aunque el Presidente argumentó que “no le quedó otra opción”, ha reiterado que todo se conocerá. Al parecer, a la CIA y el FBI les preocupa que se pueda conocer la identidad de informantes, al igual que las alianzas del pasado con organizaciones extranjeras.
Llama la atención que sea precisamente Trump, quien se ha enzarzado en trifulcas mediáticas con las agencias de inteligencia, el que ahora se erija en su salvaguarda. También que se presente como adalid de la transparencia de información. En todo caso, la desclasificación es una buena noticia y será mejor si, finalmente, se publica toda la colección en 2018.
Tal como se había vaticinado por los especialistas, los nuevos documentos no traen ninguna revelación estremecedora. Empero, ayudan a completar la información sobre varios temas, entre ellos, el lugar de la CIA dentro de la investigación sobre el asesinato del presidente de Estados Unidos, la implicación de exiliados cubanos en el complot para asesinar al presidente de Estados Unidos y los planes para eliminar a Fidel Castro.
La Comisión Warren, que investigó el magnicidio, llegó a la conclusión de que éste fue cometido por el ex marine Lee Harvey Oswald, quien actuó en solitario. Por su parte, un informe de 1979 del Comité Selecto de la Cámara de Representantes sobre Asesinatos señaló que Kennedy “fue probablemente asesinado como el resultado de una conspiración”. No obstante, no identificó a los participantes.
Los medios han dedicado bastante espacio a los materiales desclasificados. Sin embargo, durante más de 50 años se han publicado cientos de libros, decenas de documentales y películas sobre John F. Kennedy y, en particular, sus últimos días. Son más 2, 800 documentos. Pero, ¿cuál es su valor desde el punto de vista historiográfico o sociológico?
Fernand Amandi, vicepresidente de la consultora y encuestadora Bendixen & Amandi International; y Miguel Arnaldo Fernández, abogado y periodista.
“Cada uno de los documentos representa una pieza de un rompecabezas muy confuso”, precisa Amandi. “Lo más revelador no es tanto su contenido, sino la prohibición, por parte del presidente Trump, de sacarlos todos a la luz. Eso explicaría muchas cosas en el análisis del caso: indica claramente que el gobierno y las agencias de inteligencia quieren seguir ocultando ciertas cosas. Si después de 54 años, la tesis del gobierno es que el asesinato fue llevado a cabo por una sola persona, o sea, Lee Harvey Oswald, ¿por qué hay necesidad de ocultar documentos bajo el pretexto de amenaza a la seguridad nacional? Eso no tiene sentido”, afirma.
Miguel Fernández estima que no hay nada novedoso. “Y difícilmente aquello que aún está por desclasificar contenga siquiera algo significativo”, apunta. “Las hipótesis sobre el asesino solitario y la conspiración han dividido a la comunidad de investigación de manera irreconciliable, pero las pruebas materiales apuntan a la conspiración y estas no requieren de ninguna desclasificación”, explica.
Y continúa: “Por ejemplo, el saco confeccionado a la medida y la camisa entallada y abotonada que llevaba Kennedy al pasar por Dealey Plaza muestran orificios de entrada de bala a la altura de la tercera vértebra toráxica, en plena correspondencia con el certificado de defunción suscrito por el médico personal de Kennedy, Dr. George Burkley”, afirma.
Para Fernández, resulta totalmente imposible que “una bala disparada desde el sexto piso del Almacén de Libros Escolares de Texas (el nido de francotirador oficialmente reconocido), pueda penetrar a esa altura, salir por la garganta del Presidente y luego herir al gobernador de Texas, John Connally, como reza la hipótesis oficial conocida como ‘bala mágica”, expresa.
Según el analista, ni el saco ni la camisa fueron incorporados al inventario de pruebas de la Comisión Warren. “Por cierto, la Comisión nunca entrevistó al Dr. Burkely, que era un testigo excepcional. Esas piezas del cuerpo del delito han sido relegadas en las investigaciones oficiales, pero constan como prueba irrefutable de que, al menos, hubo un segundo francotirador en Dealey Plaza”, acota.
Pese a los numerosos indicios de que sí existió un complot, el establishment ha hecho prevalecer hasta ahora la versión del “lobo solitario”: Oswald actuó solo. El informe de la Comisión Warren parece invulnerable a las críticas. Y a ciertos hechos como los que cita Fernand Amandi.
“Se trata de la visita que, en septiembre de 1963, hizo Oswald a la embajada soviética en Ciudad de México. Se dice en el documento que este hablaba un ruso ininteligible, y cuando quisieron que hablara en inglés, no quiso”, indica. “Sin embargo, se sabe que Oswald hablaba un ruso perfecto, pues vivió en la ex Unión Soviética, estuvo casado con una rusa y se relacionaba con rusohablantes en Estados Unidos. Así que alguien asumió la identidad de Oswald. Por definición eso huele a conspiración”, subraya.
“Además, la CIA mintió cuando dijo, luego del asesinato de JFK, que no tenía información sobre Oswald. Todo lo contrario: desde 1959 y hasta 1963 lo había estado siguiendo”, expresa. Según Amandi, el FBI recibió información acerca de amenazas a la vida de Oswald y lo hizo saber al Departamento de Policía de Dallas, pero Jack Ruby consiguió matar a la persona que debía tener la máxima protección. “Cuando uno revisa estos y otros documentos ve que la CIA está en todos lados”, enfatiza.
En este análisis se indagará en la hipótesis del complot cubano, la participación de la CIA, y se expondrá un aviso clave que recibió el FBI, así como una llamada misteriosa que alertó a un periódico británico sobre lo que ocurriría en EEUU. También se abordará la reacción de la entonces Unión Soviética y los intentos de la CIA por eliminar a Fidel Castro.

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