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viernes, 17 de noviembre de 2017

El gran trío que busca nuevos equilibrios en la lucha contra el calentamiento.

Berlín / Washington / Pekín - Alemania es el país co-anfitrión de la cumbre de Bonn y es también la punta de lanza de la diplomacia ambiental global. Berlín predica para el mundo una política decidida contra el calentamiento del planeta, que le ha costado a la canciller Angela Merkel un enfrentamiento abierto con Donald Trump, el presidente negacionista del efecto de los gases de efecto invernadero sobre el planeta. “El cambio climático es la principal lucha de nuestro tiempo”, dijo Merkel el jueves en Bonn, durante la apertura de la fase final de las negociaciones de la cumbre de Naciones Unidas.

El aura ambientalista de la llamada “canciller del clima” podría estar sin embargo apagándose. Nadie duda de que el cambio climático sigue ocupando un lugar central en la política internacional alemana. Ni tampoco de que Alemania se haya convertido de la mano de Merkel en un referente mundial en renovables gracias a la llamada “revolución energética”, que ha disparado el consumo de energías limpias. De ellas procede cerca del 30% de la producción de electricidad. El gran problema es el elefante en la habitación del cóctel energético alemán: el carbón.
Cerca de un 40% de la electricidad alemana procede del carbón, considerado en buena parte culpable de que Berlín vaya camino de incumplir los compromisos internacionales climáticos. La mayor economía europea se ha propuesto reducir un 40% sus emisiones para el año 2020 y a este ritmo de emisiones, parece difícil que lo vaya a conseguir.
“Las renovables han sido cruciales. Sin la gran inversión en energías limpias, el incremento de emisiones en Alemania habría sido tremendo”, explica Claudia Kemfert, especialista en energía y medio ambiente del Instituto Alemán para la investigación Económica (DIW). “Pero lo más importante ahora es cerrar las centrales viejas e ineficientes [alimentadas por carbón], que es de donde proceden la mayor parte de las emisiones”, añade. El transporte es la segunda fuente más contaminante y donde el margen de maniobra para mejorar es enorme debido a la gran industria automovilística del país y la capacidad de innovación.
La explicación de por qué la onda expansiva de la energías limpias no ha alcanzado al sector del carbón es, como casi siempre, política. Porque es cierto que la gran mayoría de los alemanes dice en las encuestas ser fervientes defensores de las renovables. Y que en una reciente de Emnid que publicaba Die Zeit, un 76% de los encuestados dijo querer que el próximo Gobierno alemán opte por “una eliminación gradual del carbón para alcanzar los objetivos climáticos”. Pero igual de cierto es que ningún Gobierno se ha atrevido hasta ahora a meter mano en un sector del que dependen cerca de 20.000 puestos de trabajo. Esos empleos se sitúan además en regiones económicamente débiles, desiguales y políticamente sensibles. La necesidad de garantizar el suministro tras el apagón nuclear alemán, así como evitar el encarecimiento del precio de la electricidad son otros de los argumentos que manejan los políticos a la hora de arrastrar los pies.
El momento político actual en Alemania es además particularmente peliagudo. Merkel negocia desde hace casi dos meses la formación de un gobierno tripartito –la llamada coalición Jamaica- después de ganar por cuarta vez las elecciones en septiembre, pero no logra la mayoría necesaria para gobernar en solitario. Además del bloque conservador de Merkel (CDU/CSU), los Liberales y los Verdes están llamados a formar esa inédita coalición, en la que precisamente los temas ambientales se han convertido en uno de los grandes obstáculos. Reducir gradualmente el consumo del carbón en Alemania ha sido desde el principio una de las exigencias del partido ecologista, que de momento, ni los liberales ni el bloque se Merkel parecen dispuestos a aceptar.
Los expertos y las ONG albergaron ayer hasta el último momento la esperanza de que Merkel aprovechara su intervención en Bonn para anunciar un calendario de reducción, pero la canciller del clima decepcionó. “Merkel solo tenía que hacer una cosa. Tenía que venir a Bonn y demostrar que ha escuchado el sufrimiento de la gente del Pacífico y del resto del mundo y asumir su responsabilidad poniendo fin al carbón. No ha cumplido”, dijo Jennifer Morgan, directora de Greenpeace. Michael Schäfer, director de política energética de WWF en Alemania mostró una decepción similar: “Internacionalmente, a Angela Merkel se la percibe como la campeona del clima, pero perderá esa reputación si no toma medidas en casa. […] Esperamos que la canciller ponga fin a las maniobras tácticas y empiece a prescindir de tanto carbón como sea necesario para alcanzar el objetivo de 2020”.
6 de diciembre de 2009. Medio centenar de grandes empresarios estadounidenses publican un anuncio a página entera en The New York Times. Piden al presidente Barack Obama que tome medidas para combatir el cambio climático y que defienda “la humanidad y el planeta”. Entre los firmantes figura el multimillonario neoyorquino Donald J. Trump. 6 de noviembre de 2012. Trump escribe en Twitter: “El concepto de cambio climático fue creado para y por China para atacar la competitividad de las manufacturas estadounidenses”.
La opinión del ahora presidente de Estados Unidos es tan variable como sus intereses políticos. No le importan los informes científicos ni los desastres naturales. Tampoco que su país sea el segundo emisor mundial de dióxido de carbono. En su manual prima el oportunismo y la ganancia electoral. Y el cambio climático no es una excepción. Salir del Acuerdo de París en junio pasado formó parte de su doctrina de América Primero. Esa ideología patriota y xenófoba que le dio el poder y que acusa a la globalización de los males de Estados Unidos. “Fui elegido para representar a los ciudadanos de Pittsburgh, no de París. No se puede poner a los trabajadores ante el riesgo de perder sus empleos. Este acuerdo es un castigo para EEUU: China puede subir sus emisiones y nosotros no”, declaró al anunciar la retirada.
Fue un momento clave de su mandato. Consumaba el giro aislacionista y las encuestas, aunque con el rechazo de la mayoría, le premiaron con una reactivación de su base electoral: la gran masa que identifica a China, México y Alemania con competidores desleales y que supersticiosamente atribuye a los pactos multilaterales, como el NAFTA o el Acuerdo de París, su pérdida de poder adquisitivo.
La retirada, además, permitió a Trump avanzar un paso más en su objetivo más querido: la demolición del legado de Obama, quien después de largos titubeos se había comprometido en 2015 a reducir las emisiones entre un 26% y un 28% para 2025 respecto a los niveles de 2005.
Pese al estruendo, el golpe lo dio con suma comodidad. El acuerdo no estipula sanciones y, para facilitar su deglución, la salida no se hace efectiva hasta 2020, de ahí la presencia de negociadores estadounidenses en Bonn. Un puro formalismo que no oculta la inmensa soledad de Estados Unidos.
A diferencia de 2001, cuando George Bush padre abandonó el Protocolo de Kioto, nadie ha seguido esta vez a EEUU. Es más, Nicaragua y Siria, los dos únicos países que faltaban, ya se han adherido. El resultado es grotesco: la primera potencia económica mundial es la única nación del planeta fuera del acuerdo.
Este aislacionismo absoluto, que Trump blande como muestra de firmeza, tiene enemigos en la propia Administración. Durante las negociaciones previas a la retirada, su hija Ivanka, el influyente yerno Jared Kushner y los secretarios de Estado y Energía se mostraron contrarios. Lo mismo hicieron gigantes energéticos como Exxon, General Electric o Chevron, y toda la inmensa comunidad científica estadounidense.
Con los meses, esta tensión no se ha aligerado. La Oficina de Responsabilidad Gubernamental alertó en octubre del coste para las arcas públicas del cambio climático: 350.000 millones de dólares en una década. Y la semana pasada, la Casa Blanca no pudo frenar un demoledor informe elaborado por 13 agencias federales sobre la devastación causada por las emisiones.
Nada de ello ha importado. Trump no se ha movido un ápice. El mensaje a sus electores y a los lobbies que le apoyan es claro. Esto va de dinero. Si nadie le ofrece un tratado mejor, prefiere quedarse fuera. De momento, ha desmantelado con 14 órdenes ejecutivas la política energética de Obama. El cumplimiento de los objetivos ya es imposible. Estados Unidos, con Trump, se ha vuelto un aliado del cambio climático.
China “está al timón en la cooperación internacional para responder al cambio climático”. Son palabras del presidente chino, Xi Jinping, en el discurso más importante de su mandato, el que pronunció el mes pasado en el 19 Congreso del Partido Comunista que le nombró para otros cinco años al frente. En ese discurso, mencionó la energía limpia dos veces; la civilización ecológica, doce; el medioambiente, veinte.
Las tornas han cambiado mucho en apenas un lustro. De ser uno de los grandes culpables del calentamiento global, el país responsable del 28% de las emisiones globales -el mayor del mundo- se presenta ahora como el gran líder de la lucha contra el cambio climático. Cuando Estados Unidos decidió retirarse del acuerdo de París, Pekín subrayó su compromiso con el pacto. Un informe esta semana indica que el calentamiento global, aunque está lejos de la meta fijada en París, aumenta de modo menos drástico gracias, sobre todo, a las medidas que han adoptado India y China.
Pekín se encuentra muy encaminado a cumplir antes de lo previsto su meta de llegar a su techo de emisiones de carbono para 2030. Para entonces, las energías no fósiles deberán sumar el 20% de su cesta energética. Su Agencia Nacional de Energía se ha comprometido a invertir cerca de 350.000 millones de euros hasta 2020 en renovables. Su consumo de carbón, una de las grandes causas de sus problemas medioambientales, se ha reducido en los últimos tres años.
Pero hay obstáculos por el camino. Un informe del Global Carbon Projectproyecta que este año sus emisiones de dióxido de carbono crecerán un 3,5% tras dos años de caídas. El uso de carbón puede crecer un 3%, debido a una menor generación de energía hidroeléctrica por falta de lluvia y una mayor producción industrial.
Este año ha echado el freno a más de un centenar de plantas eléctricas alimentadas por carbón, y el año pasado redujo la concesión de permisos en un 85%. Por primera vez en la historia, su capacidad total de producción autorizada se redujo este año. Pero aún cuenta con un enorme exceso, y los gobiernos locales siguen presionando para construir nuevas plantas. Según Lauri Myllyvirta, de Greenpeace East Asia, “no porque se necesiten nacionalmente, sino por capturar una mayor cuota de mercado y generar demanda para las minas de carbón locales”. En la actualidad se encuentran en construcción plantas que añadirán una capacidad de 120 gigavatios
Muchos de los proyectos que se han parado en los últimos años, cerca de un centenar, no han sido cancelados definitivamente, solo suspendidos, y se encuentran en un extraño limbo, sin que esté claro si alguna vez se reiniciarán o quedarán definitivamente cancelados.
Y sus críticos le acusan de exportar contaminación, al continuar desarrollando ese tipo de plantas en el exterior. Una base de datos de la Global Economic Governance Initiative (GEGI), de la Universidad de Boston, arroja que desde 2000 la mayor parte de las inversiones de los bancos institucionales chinos en proyectos de energía en el exterior se han destinado a plantas eléctricas, un 80%. De esta proporción, un 66% se destinó a plantas alimentadas por carbón.

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