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martes, 12 de diciembre de 2017

" Hemos caído en la parálisis social" Silvio Josè Báez.

Obispo Auxiliar de Managua Silvio José Báez cuestiona a los poderosos por producir miedos y parálisis social en Nicaragua. Monseñor Silvio José Báez, Obispo Auxiliar de la Arquidiócesis de Managua, durante una homilía este lunes 11 de diciembre dedicada a la paz y los derechos humanos.

Por considerarla de gran trascendencia para Nicaragua, cuando se cuestiona seriamente al régimen de Daniel Ortega, quien sistemáticamente ha venido violando los derechos fundamentales de los nicaragüenses, entregamos íntegramente la homilía del obispo auxiliar de la arquidiócesis de Managua, titulado: “HOMILÍA  DE LA MISA POR LA PAZ Y LOS DERECHOS HUMANOS”.

Queridos hermanos y hermanas:

Celebramos la Eucaristía esta mañana en ocasión del XLIX aniversario de la Declaración Universal de los Derechos del Hombre, proclamada por las Naciones Unidas el 10 de diciembre de 1948, hecho histórico que Juan Pablo II calificó «una piedra miliar en el camino del progreso moral de la humanidad» (Discurso a la ONU, 2.10.79).   Esta histórica declaración representa uno de los esfuerzos más relevantes para responder eficazmente a las exigencias imprescindibles de la dignidad humana.

La Iglesia ve en estos derechos la extraordinaria ocasión que nuestro tiempo ofrece para que, mediante su consolidación, la dignidad humana sea reconocida más eficazmente y promovida universalmente como característica impresa por Dios Creador en su criatura. Con esta eucaristía queremos dar gracias al Señor por esta altísima cima histórica alcanzada por la humanidad y pedirle que nos ayude a todos a promover y defender los derechos universales del hombre en toda situación y en cualquier época.

El evangelio que hemos escuchado hoy nos habla de un paralítico, un ser humano disminuido, hundido en la pasividad, que no puede valerse ni moverse por sí mismo. No habla ni dice nada. Cuatro vecinos que lo quieren de verdad se movilizan con todas sus fuerzas para acercarlo a Jesús, mientras hay un grupo de escribas y maestros de la ley como espectadores. Los que cargan al paralítico no se detienen ante ningún obstáculo hasta que consiguen llevarlo «donde está él» y lo ponen delante de Jesús.

Saben que Jesús puede ser el comienzo de una vida nueva para su amigo. Jesús mira al paralítico y a quienes lo cargan y le dice al enfermo: «Hombre, tus pecados quedan perdonados». Jesús se dirige al paralítico con una significativa palabra griega: ánthropos, que quiere decir hombre, en el sentido de humanidad, de ser humano.

Aquel paralítico es la humanidad. Jesús le ofrece el perdón de Dios, como expresión de su amor insondable e incomprensible, gratuito e incondicional. Dios es así. Es amor. Los hombres de la religión cuestionan el modo en que Jesús ofrece el perdón divino. A continuación Jesús invita al paralítico a caminar y lo cura de su enfermedad, mostrando a los letrados su poder invisible de perdonar los pecados.
Esta es la buena nueva que hoy hemos escuchado. Jesús cura la vida, cura y vivifica al ser humano desde su raíz. Reconstruye al ser humano integralmente, devolviéndole salud espiritual, integridad física y capacidad de convivencia responsable y creativa.

El paralítico del evangelio de hoy, según el texto griego, es un ántrhopos, es decir, un ser humano. Podría ser una mujer, un niño o un anciano, no necesariamente un hombre. Por eso el paralítico de hoy puede representar en cierto modo a todos los seres humanos disminuidos en su humanidad, atropellados y oprimidos en su dignidad. A estos seres humanos los tenemos que cargar, como esos cuatro que cargaban al enfermo del evangelio.

Debemos aprender a cargar a la humanidad doliente, humillada, maltratada en sus derechos fundamentales. Estamos llamados a ser responsables de tantos paralíticos de hoy, invitándolos con la misma misericordia de Jesús a liberarse del mal y a superar toda esclavitud, comprometiéndonos en la recuperación de su dignidad, haciendo nuestras las tres frases que Jesús dirigió al paralítico para dirigirlas al hombre de hoy: «Levántate», es decir, ponte en pie, recupera tu dignidad, libérate de lo que paraliza y oprime tu vida.

 «Toma tu camilla», con la que has vivido largo tiempo, no tengas miedo de cargar con tu pasado, siéntete reconciliado y enfréntate a la vida con fe nueva y esperanza. Y finalmente, «vete a tu casa», ocupa tu lugar en la sociedad, aprende a convivir de manera creativa y responsable con los tuyos y con tus semejantes, sé ciudadano libre y comprometido.

Hoy vivimos lamentablemente en una sociedad interesada en producir paralíticos. Hay personas y grupos de poder comprometidos en mantener a las personas con parálisis mental, en donde la ideología dominante trata de evitar a toda costa que las personas piensen con libertad, se eduquen con excelencia, se informen con objetividad y disciernan con profundidad moral. Existe también la parálisis del miedo. Hay muchas personas que están paralizadas por el miedo, incapaces de alzar su voz o de manifestar su indignidad ante las injusticias y los abusos de las autoridades civiles y militares, privándose de ejercer sus derechos ciudadanos.

Se está fortaleciendo un sistema económico en donde el dinero ocupa el lugar de la persona, paralizando así las posibilidades de realización de tantos jóvenes, la atención social a tantos ancianos y provocando la exclusión social de las grandes mayorías y la explotación irresponsable y criminal de los recursos de la naturaleza, pues «un sistema económico centtrado en el dios dinero necesita también luego saquear la naturaleza» (Francisco).

Hay muchísimas personas paralizadas debido al desempleo o la migración forzada. La misma sociedad parece no inquietarse, da la impresión de ir cultivando un corazón paralítico, apático e indiferente frente al dolor y la injusticia. Nos vamos acostumbrando a la horrenda y vergonzosa violencia física y moral contra las mujeres y los niños, los homicidios inexplicables,  las detenciones arbitrarias, el espionaje y las amenazas, los procesos judiciales irregulares, la impunidad, el autoritarismo, la corrupción, la falta de acceso a la información publica, la frágil institucionalidad del país. Todo esto produce parálisis social. Cuando se atropellan los derechos fundamentales del hombre, la sociedad se va volviendo paralítica.


Delante de este panorama podemos tomar dos caminos. Podemos decidirnos a cargar sobre nuestros hombros a esta sociedad paralítica, como los cuatro vecinos que cargaron al enfermo del pasaje evangélico, haciéndonos prójimos y hermanos de los demás. Podemos acercarnos con amor eficaz a quien sufre y es maltratado, como hacía Jesús con los enfermos, los pobres y los pecadores, ofreciendo a quien está en necesidad nuestra cercanía y amistad, llevando a todos consuelo, salud y esperanza y, si es el caso, levantando también nuestra voz en su nombre para clamar justicia y para denunciar las raíces de tantos males.

O podemos quedarnos sentados como los escribas que estaban muy cómodos. A ellos nos les preocupaba aquel enfermo ni tenían fe alguna en Jesús. No se sentían en alguna manera implicados en la superación de aquel drama del paralítico. Representan a los espectadores, a quienes desde las graderías se conforman con ver el juego pero no bajan al campo. A estos la dignidad humana les resulta indiferente y lejana. No se sienten responsables de los derechos de las personas ni sienten su sufrimiento.
No se cuestionan su manera de pensar, no se dejan inquietar, no mueven un dedo para colaborar en mejorar la situación, no quieren dejar su comodidad porque se cuidan demasiado o viven sólo para sí mismos y sus cosas. 

Los cristianos no podemos actuar así. Delante de tantas parálisis sociales y de tantos seres humanos disminuidos y atropellados solo podemos actuar como Jesús, comunicando con nuestros gestos y con nuestra voz la fuerza del amor de Dios que sana, que librera y que transforma; comprometiéndonos desde la fe en Jesucristo en la lucha por la dignidad de las personas y el respeto a sus derechos humanos inalienables.

El paralítico del evangelio también puede ser cualquiera de nosotros, cualquiera de los que estamos aquí. Podemos ser paralíticos a causa de nuestros propios pecados y colaborar, sin darnos cuenta, a las parálisis humanas y sociales. El mundo no está divido entre los malos, a quienes Dios rechaza porque hacen actos abominables, y los buenos, que luchan por la verdad y la justicia y siempre se comportan en modo recto. 
No. Todos, de alguna manera, hemos sido agentes de iniquidad, responsables de lo negativo que existe o cómplices del mal. Todos hacemos en un momento u otro lo que no deberíamos hacer.

Todos sabemos que nuestras decisiones no siempre son honestas y que actuamos más de una vez por motivos oscuros y razones de las que nos avergonzaríamos si fueran conocidas.

Por eso es importante también que todos reconozcamos que, de un modo u otro, también nosotros no hemos actuado practicando la justicia, no nos hemos comportado con los demás como deberíamos, que muchas veces podríamos haber evitado el mal y no lo hemos hecho, que podríamos haber sido más rectos, más honestos, más solidarios y caritativos.

Es fácil tirar piedras sobre quienes visiblemente aparecen violadores de los derechos humanos; es más difícil reconocer que nosotros mismos hemos sido irrespetuosos de la libertad de otros, hemos ofendido y herido a muchas personas, hemos pactado tantas veces con la mentira y nos hemos dejado llevar de la infidelidad y de la búsqueda egoísta de nuestros intereses personales; tantas veces hemos tendido zancadillas a quienes están a nuestro lado, muchas veces hemos sido movidos por el afán de protagonismo y no pocas hemos actuado en la oscuridad y arrastrados por la ambición.

No podemos defender la libertad de otros, cuando nosotros mismos irrespetamos a los demás; no podemos alzar la voz a favor de los derechos humanos, cuando nosotros mismo somos los primeros en ignorar la dinidad de nuestros semejantes.  

Les invito para que en esta eucaristía no sólo oremos por la paz y la defensa de los derechos humanos, sino también para que pidamos perdón por ser nosotros también responsables de la injusticia y del pecado del mundo. Tantas veces hemos sido «paralíticos» de conciencia y enfermos de valores.

El evangelio de hoy nos habla de la necesidad de ser perdonados y de ser curados de raíz. La primera forma de defensa y promoción de los derechos humanos es rectificar nuestra conducta, superar la doblez de vida y comprometernos en una existencia justa y recta. Jesús nos revela que Dios no es alguien lejano y distante, que vive airado, ofendido por nuestros fallos y pecados. Al contrario, está en Jesús, ofreciéndonos continuamente su perdón. El amor misericordioso de Dios que perdona, está siempre ahí, penetrando nuestro ser. Así es Dios. Incomprensible, insondable, infinito. Sólo amor.

Vivimos momentos complejos en nuestra sociedad. Y no hay soluciones simples a problemas complejos. Los creyentes, sin embargo, debemos estar convencidos que ni la salida violenta que por su misma naturaleza está destinada al fracaso y no tiene futuro, ni la imposición de un pensamiento y proyecto político único propio de los regímenes totalitarios, nos llevará a vivir en el respeto a la dignidad humana, basada en la paz que brota de la justicia. A la luz del Evangelio que hoy hemos escuchado volvamos la mirada a Jesús. Él es el único que puede sanar de raíz la vida y restituir la dignidad al ser humano.

Pero lo hará a través nuestro. A nosotros nos toca liberarnos de nuestras propias parálisis y cargar con tanto ser humano paralítico. No olvidemos nunca que para los creyentes en Cristo la persona es el fin de todo proceso histórico y social. La fuerza vivificante del amor de Dios en Cristo nos guiará con sabiduría y fortaleza. Él nos dará la posibilidad y la fuerza de tejer un entramado de relaciones fraternas basadas en la reciprocidad, en el diálogo para buscar el bien común y los valores que nos unen, en el perdón, en el don total de sí.


Que María, la Madre de Jesús, nos acompañe con su amor maternal para vivir cada día la fraternidad que brota del corazón de su Hijo, para ser testigos de paz y constructores de la justicia en nuestra sociedad.

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