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lunes, 22 de enero de 2018

51 años despues de la masacre de la Roosevelt, Nicaragua demanda democracia.

Un dìa como hoy, se escribió uno de los días más sangrientos en la historia de Nicaragua, alrededor de una incógnita: 51 años después, todavía no se sabe cuántas personas murieron en la masacre de la Avenida Roosevelt, aquel soleado domingo 22 de enero de 1967. Nunca hubo un pronunciamiento oficial que avalara la nefasta cifra.

¿Fueron 60, fueron 200 o fueron miles? Según reportes periodísticos, se sabe que murieron entre ocho y diez hombres de Somoza, de la Guardia Nacional, pero quizás nunca se sepa el número de civiles que perecieron en el cruento y desigual intercambio de balas que dejó las escalofriantes fotografías que exponemos a continuación.
Cabe resaltar, no obstante, que en el libro La Historia de la Guardia Nacional del periodista e historiador Nicolás López Maltez, él anota que la Cruz Roja contó en 60 los fallecidos civiles. Pero esta cifra no se encuentra respaldada oficialmente. Otras fuentes o publicaciones han asegurado que los muertos superaron la centena y a veces indican que la cifra es de cuatro dígitos.

Los manifestantes de la Unión Nacional Opositora (UNO) y otros partidos eran unos pocos miles fáciles de multiplicar para la imaginación en aquella coqueta Managua de calles y avenidas. El terremoto de 1972 transformó la capital y borró el campo de batalla, que se dio principalmente en el cruce de la Asamblea Nacional actual y la Avenida Roosevelt, llamada hoy Avenida Peatonal Gral. Augusto C. Sandino.

Los civiles se manifestaban pacíficamente desde las 9:00 a.m. contra la dictadura familiar de los Somoza, que llevaba casi tres décadas en el poder de Nicaragua. Ese día era el final de la campaña electoral y parte del pueblo exigía negociar con el Estado Mayor de la Guardia Nacional la no continuidad de los Somoza. Una inmensa mayoría desfiló con alegría y paz, pancartas en mano y música en la vía pública, pero una minoría de civiles iba armada y preparada para un combate contra el régimen.

La negociación nunca llegó y a las 5:00 p.m., el disparo de un francotirador civil —según afirma la mayoría de historiadores— dio en el pecho del guardia Sixto Pineda, que se aprestaba a lanzar agua a presión contra la multitud que no aceptaba retirarse sin lograr su cometido.

Se abrieron las puertas del infierno. La Guardia respondió al fuego con fuego y vació las calles, dándole dos opciones al pueblo: huir o morir. Antes de Tlatelolco y Tian’Anmen, el oportunismo, la improvisación y la brutalidad militar fueron el cóctel perfecto para la masacre de la Roosevelt en 1972. 

Así comenzó  “Aquel 22 de enero” en un reportaje de la revista Magazine que cuenta detalles de esa accion politica que emcabezaba el lider conservador de la oposiciòn, Fernado Aguero Rocha y el Dr Pedro Joaquìn Chamorro Cardenal, director del diario La Presna. 

La Plaza de la República se desbordó de manifestantes que, pancartas en mano, salieron en dirección a la Avenida Roosevelt. Los mensajes eran exigencias claras: “No más Somoza en el poder”, “Nicaragua Libre”, “Paz con Libertad y Pan”, “Dios Orden y Justicia”.


El teniente GN Sixto Pineda Castellón fue el primer muerto del 22 de enero, según historiadores y la versión de Dionisio Marenco, quien atestiguó el momento en calidad de estudiante de ingeniería y opositor a Somoza. 

“Un certero disparo de un francotirador de la Unión Nacional Opositora le partió el pecho. Se arrastró unos segundos hacia la pared del Banco Central y murió”, describe el historiador Nicolás López Maltez.

Cuentan el ya desaparecido periodista Danilo Aguirre Solis, que la noche antes llegué a la casa del doctor Fernando Agüero. Al entrar, vi en una sala a un grupo de campesinos sentados en el piso preparando armas cortas y morrales. En un cuarto una reunión de la Unión Nacional Opositora y en otro la dirigencia, entre ellos el doctor Pedro Joaquín Chamorro y Fernando Agüero, candidato de la oposición.

Se hablaba de que la acción del domingo 22 sería una concentración con un solo discurso y luego a permanecer firmes en la Avenida Roosevelt. Ese era el plan, presionar al Gobierno para prolongar la administración del presidente interino y organizar nuevas elecciones bajo términos justos y legales. Sabía que era una locura enfrentarse a la Guardia Nacional. Las posibilidades de contener los ataques represivos eran mínimas, y se lo dije a Agüero, pero a esas alturas era difícil contener la agitación de la gente.
Al día siguiente nos reunimos como estaba previsto. La Policía resguardaba el circuito y a las cinco de la tarde el coronel Ernesto Rugama nos comunicó que había que desalojar la avenida. La gente estalló en reclamos, se alzaron las pancartas y proclamas contra Somoza.
De repente una cascada de guardias del Batallón de Somoza descendía por la calle desplazando a los policías. Los ánimos se agitaron. Los hombres se tiraron al suelo, tomando posición de tiro y apuntaron a la multitud. Al fondo, una cisterna rompía las filas de los oficiales para plantarse frente al gentío. La gente empezó a lanzar todo lo que encontrara a mano, y yo avancé en dirección al lago sobre la acera, pasando debajo de los árboles tupidos de gente.
No sé de dónde salió el disparo, pero el capitán Sixto Pineda, a bordo de la cisterna, cayó. Se desató la desgracia.
La Guardia rompió fuego y la gente se dispersó. Se repartían rifles entre la gente, pero se entregaban balas de otros calibres. No estábamos preparados para ese nivel de represión. Corrí por la avenida mientras en las aceras caían a ramilletes los heridos, desplomados de los árboles o abatidos mientras intentaban escapar.
Pude haber girado en la esquina a mi izquierda y perderme en la calle, pero sabía que no podía retirarme así. Entré en la calle a mi derecha y me refugié en el Banco de América junto a mi hermano y otros compañeros. Permanecimos ahí hasta la tarde del lunes, viendo desde arriba cómo el tapiz de cadáveres sobre la calle era recogido por palas mecánicas.
El doctor Chamorro y Agüero, junto con otros de la dirigencia, se habían refugiado en El Gran Hotel, ahí la Guardia contuvo sus ataques por pedido diplomático. Fue el obispo Ronaldo Chávez Núñez quien intervino para que dejaran salir a los opositores de El Gran Hotel. Los liberaron, pero los hicieron desfilar por la avenida como un escarnio público. El mismo obispo me reconoció cuando yo salía a escondidas del banco, gritó preguntando si me acogía a la intervención, pero en segundos la Guardia me apresó. Nos llevaron a La Aviación donde nos torturaron.





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