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miércoles, 17 de enero de 2018

La inhumana indiferencia del venezolano ante la ejecución de Óscar Pérez.

POR: Orlando Avendaño. Cuando a finales de junio del año pasado, el inspector del Cuerpo de Investigaciones Científicas, Penales y Criminalísticas (CICPC), Óscar Pérez, secuestró un helicóptero y manifestó su rechazo al régimen de Nicolás Maduro, se convirtió inmediatamente en una figura mediática.

Todos querían saber quién era el oficial sublevado y si sus intenciones eran genuinas. Desde el principio, pocos le creyeron. El acto de rebeldía fue tildado con epítetos que lo menospreciaban.

Se alzó la incertidumbre; pero algunos prefirieron blandir la mofa. Pérez no se detuvo cuando robó el helicóptero y el inspector continuó humillando al régimen. Robó armas; aparecía en público e invitaba a otros funcionarios del Estado a rebelarse. Mientras el inspector que se ganó la atención de todo el país eludía a la dictadura; esta arreciaba la persecución y la represión contra quienes estuviesen vinculados a Pérez.

No todos terminaban de comprar la osadía del funcionario. No solo miraban con escepticismo sus pretensiones, sino que se banalizaba completamente. A Óscar Pérez le dijeron de todo. Sus esfuerzos fueron rechazados por gran parte de la sociedad.
Desde el primer día el inspector no solo tuvo que confrontar al régimen, sino además, se tuvo que someter a una opinión pública, presuntamente opositora, que no lo aprobaba. Fue así desde que irrumpió en la escena pública hasta el último día. Y el último día fue hoy, cuando la dictadura de Nicolás Maduro lo ejecutó.

Pero incluso en ese momento, cuando por pequeñas torpezas la dictadura pudo hallar su ubicación, se alzó la mofa y la falta de sensibilidad. Mientras la guarida de Pérez era asediada por armas largas, en Twitter el crimen era catalogado como un espectáculo presuntuoso.

Desde el principio, Pérez se mantuvo conectado a las redes sociales para exponer la realidad. En un audiovisual que publicó, donde se ve su cara ensangrentada, dejó claro que estaba dispuesto a rendirse. “Nosotros no estamos disparando y nos siguen disparando. Estamos negociando para entregarnos porque aquí hay gente inocente, hay civiles, y ellos no quieren. Nos quieren matar”, dijo el inspector.

El régimen no respetó su vida. Reportes de la zona señalaban que la presencia de efectivos militares se acentuaba cada vez más. Incluso una tanqueta arribó al lugar. Los enfrentamientos se intensificaron y al final Pérez fue acribillado. Lo asesinaron. Se trató, entonces, de una ejecución extrajudicial. Un crimen. Vil e inaceptable. Repugnante.

(Es oportuno recordar que el cuatro de febrero de 1992, un grupo de golpistas intentó asesinar al presidente en la residencia en la que estaban su esposa e hijas. Al final a los militares se les permitió entregarse y se les concedió un trato exageradamente cándido. Fue el ministro de la Defensa quien persuadió a Hugo Chávez para su entrega. Lo trasladaron protegido hasta Fuerte Tiuna y atendieron todas sus demandas).

Pérez jamás asesinó. Era popular y admirado dentro del Cuerpo de Investigaciones Científicas, Penales y Criminalísticas. En rebeldía atentó contra la dictadura; pero jamás mató. En cambio, fueron peores sus hazañas: hirió al régimen en su orgullo. Los humilló. Y este le respondió asesinándolo.

Se podrían apoyar o rechazar los métodos del inspector; pero lo de este quince de enero fue uno de los peores crímenes que ha cometido el autoritarismo chavista. Si la pena de muerte no existía, se instauró este lunes. Fue una ejecución abierta, amplia, frente a toda una sociedad que se mantenía expectante. Lo asesinaron mientras toda Venezuela sabía que se estaban entregando. Se trata de la ejecución extrajudicial de un grupo cuyo crimen fue rebelarse contra la tiranía.

Pero aquel hecho merecía nuevamente la burla de los insoportables. Ni siquiera en un momento tan delicado, cuando se concretaba un exterminio —llevado a cabo, por cierto, por un grupo de paramilitares del régimen y esto fue confesado—, los idiotas se callaron. Para ellos, el asesinato que se daba frente a las miradas de toda una sociedad, era una simple puesta en escena.

Ni un ápice de solidaridad; ni una muestra de humanidad. Pérez, que a pesar de todo representaba parte de la lucha contra la tiranía, no recibió el mínimo respaldo, ni siquiera mientras era exterminado.

Una muestra terrible del fracaso de una sociedad: la indolencia y la falta de conmoción. La deshumanización que terminará derivando en una imperdonable capitulación.

“Buenos días señores. Dejen la farándula con Óscar Pérez, que al final del día, si se entrega o lo matan, el país seguirá siendo el mismo caos. Ya está bueno de distracciones”, escribió en su cuenta de Twitter la periodista venezolana Thabata Molina.


Como «farándula» y «distracción» llama Molina al exterminio por parte del Estado de un grupo dispuesto a entregarse. Así se frivoliza uno de los peores crímenes que ha cometido la dictadura. Así se menosprecia la condena a la pena de muerte.

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