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jueves, 11 de enero de 2018

La vida y el pensamiento de Pedro Joaquín Chamorro es un punto de referencia, afirma Obispo Bàez.

Monseñor Silvio José Báez, Obispo Auxiliar de Managua, reconoció anoche, los valores cívicos y cristianos del Dr Pedro Joaquín Chamorro Cardenal, durante la homilía para conmemorar los 40 años de su asesinato.

Dejamos la homilía dedicada al mártir de las libertades públicas: “ No se trata de un recuerdo nostálgico, sino de una memoria profética, abierta al futuro. Cada vez que comemos de este pan y bebemos de este cáliz, dice San Pablo, «anunciamos la muerte del Señor hasta que venga» (1 Cor 11,26). Los creyentes creemos y anunciamos que en la misma muerte de Jesús como expresión del amor más grande, Dios ha hecho surgir la vida resucitándolo de entre los muertos. «Su resurrección no es algo del pasado; entraña una fuerza de vida que ha penetrado el mundo (...). Es una fuerza imparable» (Evangelii Gaudium, 276).

Por esta razón es que los cristianos celebramos la Eucaristía para recordar a los seres queridos y amigos que nos han precedido en la muerte. Creemos en las palabras de Jesús: «Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque muere vivirá; y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás» (Jn 11,25-26). Quienes han muerto unidos a Cristo, no han desaparecido en la nada. Viven con él y como él, en Dios, con una vida que no termina. Apoyados en la palabra de Jesús y con una confianza ilimitada en su resurrección, los creyentes nos enfrentamos con realismo y modestia ante el hecho ineludible de la muerte. Esta confianza difícilmente puede ser entendida «desde fuera» y solo puede ser vivida por quien ha escuchado alguna vez, en el fondo de su ser, las palabras de Jesús: «Yo soy la resurrección y la vida».

Esta noche al celebrar la eucaristía recordamos con gratitud y cariño a nuestro hermano Pedro Joaquín Chamorro Cardenal, a quien nos une la gracia de un único bautismo y lo hacemos en la comunión de la Iglesia, unidos en el mismo corazón del Señor Resucitado. Hoy hace cuarenta años su muerte conmovió los cimientos de nuestro país. 

Le fue arrebatada la vida pero dejó tras de sí una historia y un legado de integridad admirable, enraizada en valores humanos y cristianos permanentes, tales como la dignidad humana, la justicia social y la libertad, valores vividos por él a través de un tenaz compromiso ciudadano por ayudar a construir un país que luchaba y sigue luchando por «volver a ser república», como él mismo decía. Hombre y cristiano. Padre y esposo. Amigo y ciudadano. Abogado y periodista excepcional. Político íntegro. Víctima de la fuerza irracional de la violencia. Héroe nacional. Hoy lo recordamos en el corazón del Resucitado en la comunión de la Iglesia.

Todos recordamos a Pedro Joaquín Chamorro como alguien cercano y preocupado por los demás, especialmente por el pueblo más pobre y sufrido. Se expuso una y otra vez para que los nicaragüenses pudieran vivir mejor, en una sociedad democrática, justa y libre. Pedro Joaquín supo vivir y sufrir por los otros. Una actitud profundamente cristiana, que no debería extrañarnos, pues para nadie es un secreto que a la raíz de su conciencia social y de su compromiso profesional y político está su formación cristiana y su relación con la Iglesia y su doctrina social.

Un cristiano es un apasionado por la vida, capaz incluso de exponer la propia para que otros tengan vida; es alguien que lleva alivio, compasión y esperanza por donde quiera que pasa. Un cristiano irradia alegría, contagia libertad. Cree y sueña con un mundo nuevo. «Una auténtica fe –que nunca es cómoda e individualista– siempre implica un profundo deseo de cambiar el mundo, de transmitir valores, de dejar algo mejor detrás de nuestro paso por la tierra» (Evangelii Gaudium, 183).

En el evangelio que hemos escuchado esta noche, en efecto, hemos visto que Jesús no conocía la indiferencia, sino que se sentía atraído por los sufrimientos de los demás y no dudaba en acercarse para llevar esperanza y alivio. En la casa de Simón en Cafarnaún se acerca a la suegra de este, que está enferma en cama, la toma de la mano y la levanta (cf. Mc 1,29-31). La toma de la mano.

Es un gesto de cercanía y de apoyo que quiere transmitir nueva fuerza. Jesús es la mano que Dios tiende a todo ser humano necesitado de fuerza, apoyo, compañía y protección. Esta es la experiencia de los creyentes a lo largo de la vida. Sostenidos por la mano de Jesús, tienden su mano a los demás. La mano de Jesús se prolonga en las nuestras.

 ¡Cuánta falta hacen manos fraternas, comprometidas en el amor, manos que alienten, sostengan y orienten a los demás! Ya hay suficientes manos que acaparan en modo egoísta, que excluyen o que maltratan y matan impunemente. Necesitamos manos que se extiendan para compartir, manos sinceras que promuevan acercamientos y relaciones amigables, manos que infundan confianza, tendidas con sinceridad para acoger a quien piensa distinto y llenas de caridad para ayudar a los más pobres y sufridos.

Hemos leído en el evangelio también que «al anochecer, cuando se puso el sol, le llevaron a Jesús todos los enfermos y poseídos. La población entera se agolpaba a la puerta. Curó a muchos enfermos de diversos males y expulsó muchos demonios» (Mc 1,32-34). Donde está Jesús hay amor a la vida, interés por lo que sufren, pasión por la liberación de todo mal. Jesús ciertamente no solucionó todos los problemas de la humanidad con sus curaciones y actos de liberación. Hay que seguir luchando contra el mal. Pero Jesús nos ha enseñado algo decisivo y esperanzador. Dios es amigo de la vida y de la libertad.

Ama apasionadamente la felicidad, la salud y la plenitud de sus hijos e hijas; ama con tanta verdad que es el primero que cuida y respeta la libertad de los seres humanos. Los cristianos estamos llamados a mostrar que Dios hace bien y que la fe es el mejor estímulo y la mayor fuerza para vivir más humanamente, consentido y esperanza. Por eso, así como Jesús dedicó gran parte de su ministerio a curar, los creyentes tenemos que comprometernos también en llevar adelante hoy en nuestro país un serio proceso terapéutico social a favor de eso que llama el Papa Francisco, «la salud de las instituciones de la sociedad civil» (Evangelii Gaudium 183), lo cual supone «crear una nueva mentalidad que piense en términos de comunidad, de prioridad de la vida de todos sobre la apropiación de los bienes de parte de algunos» (Evangelii Gaudium 188).

La existencia y el legado de Pedro Joaquín Chamorro nos recuerda que cuando el amor cristiano arraiga en un corazón humano siempre se manifiesta como interés por la vida de los otros y como lucha apasionada por la dignidad y libertad de los seres humanos. Al estilo de Jesús. Sin compromisos deshonestos, sin cortapisas, sin negociar los grandes valores.

La vida y el pensamiento de Pedro Joaquín Chamorro es un punto de referencia y un ideal inspirador necesario para una nueva generación de ciudadanos nicaragüenses que deberán encaminar el país hacia una democracia madura, participativa, sin las lacras de la corrupción, de las colonizaciones ideológicas, las pretensiones autocráticas y las demagogias baratas (cf. Papa Francisco, Mensaje a políticos católicos reunidos en Colombia, 2017).

Una nueva generación de nicaragüenses que tengan claro que por encima de la lógica y los parámetros del mercado y la ganancia material, está el ser humano, y hay algo que se debe al hombre en cuanto hombre, en virtud de su dignidad profunda: ofrecerle la posibilidad de vivir dignamente y participar activamente en el bien común. Una nueva generación de nicaragüenses que superen la indiferencia y el miedo y se esfuercen por construir una sociedad fundada en la justicia social y la libertad, el uso responsable de los bienes de la creación y el desarrollo sostenible, la fraternidad, la inclusión social y la pluralidad ideológica.


A 40 años de su muerte, recordamos hoy a Pedro Joaquín Chamorro. Vivió desviviéndose y ahora vive para siempre. Murió mostrándonos cómo vale la pena vivir: dando la vida. Pidamos al Señor poder vivir también nosotros inspirados en el amor de Dios, quien ama tan apasionadamente a los seres humanos que ha sido capaz de sufrir nuestra propia muerte, para abrirnos las puertas de una vida eterna compartiendo para siempre su amor.

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