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miércoles, 21 de febrero de 2018

Educación sexual ¿sin educación moral?

La encuestadora CID Gallup acaba de informar que el 84 por ciento de nicaragüenses está a favor de la educación sexual obligatoria en las escuelas. El problema es que no sabemos qué clase de educación sexual quieren. Porque no todas son iguales; unas pueden ser profundamente amorales y deseducadoras, mientras otras pueden contribuir a un abordaje maduro e integral de la sexualidad.
Un ejemplo de las primeras es la propuesta por la ONG abortista, IPAS, cuya vocera para Centroamérica, Marta María Blandón, fue entrevistada recientemente por El Nuevo Diario. Desde su perspectiva a los niños hay que enseñarles sus “derechos sexuales y reproductivos”, pero sin referencia a marco moral alguno y con total independencia de sus padres. Niños y niñas deben aprender a utilizar sus cuerpos y su sexualidad “sin prejuicios”, con total libertad, y de acuerdo “a sus proyectos de vida”.
Lo anterior es un marco tan amplio que abarca desde el derecho al aborto hasta el de masturbarse, cambiar de género, o tener relaciones sexuales con quienes lo consientan, independiente del sexo, de su número, o de que la persona sea casada o soltera, o, incluso, mayor. Como dijera Tere Gutiérrez Espinosa, directora de la Comisión Mexicana de Derechos Humanos: “Si a un menor le das libertad de ejercer su sexualidad, porque es ‘su derecho’, ¿qué lo limita a estar con un adulto?” ¿Qué lo limita, podríamos añadir, a unirse con dos o tres o más personas a la vez?
Si se escarba se descubrirá que la única preocupación de estos enfoques es que el sexo evite las enfermedades de transmisión genital y no produzca embarazos indeseados. Todo lo demás, juega. Mas no todo termina aquí. Sus proponentes también suelen insistir en que los niños(as), desde los 14 años, puedan acceder a todo tipo de anticonceptivos, a operaciones transgénero y abortos, sin el consentimiento de sus padres. Atentan pues contra el derecho de estos a educar a sus hijos de acuerdo con sus convicciones y normarles su conducta (la llamada “Patria Potestas”). Caen también en el absurdo de proclamar tales libertades a los menores cuando por otro lado la ley les prohíbe consumir licor o manejar vehículos.
En contraste con estos enfoques hay otros centrados en la ley moral y en la primacía de la familia. Para estos el fin de la educación sexual es ayudar a los jóvenes a que descubran la dignidad y responsabilidad de la sexualidad humana, como transmisora de la vida y expresión del amor conyugal. Propugnan en consecuencia lo que llaman “educación en el amor” o “educación para la castidad”, buscando que los jóvenes valoren la importancia del autocontrol y eviten la cosificación de las personas que siempre ocurre cuando estas son vistas como meros instrumento de placer. El fin último de este enfoque es educar a la juventud para que formen matrimonios fuertes y estables.
Este tipo de educación sexual, pro familia, considera también que son los padres, en primer lugar, y no el Estado, los primeros responsables de la educación sexual de sus hijos menores y que, como tales, tienen el derecho a que no se les enseñen valores o conductas con los que no estén de acuerdo.
Habrá pues que debatir qué tipo de enfoque es mejor. Pero sin olvidar jamás el postulado anterior: que nadie, ni la mayoría ni el Estado, tienen derecho a imponer sobre los demás sus propias escogencias. En temas como este —la formación moral de los hijos— el padre (madre) de familia es rey. Los establecimientos públicos no pueden atropellar la voluntad de un solo padre.
El autor es sociólogo y ex ministro de Educación.

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