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miércoles, 2 de mayo de 2018

De qué están hechos los estudiantes que desafían a Ortega.


Valeska Valle está furiosa. En su cabeza todavía resuenan, como un martilleo, las declaraciones de la vicepresidenta de Nicaragua, Rosario Murillo, cuando en cadena pública dijo que los manifestantes que protestaban contra el Gobierno del presidente Daniel Ortega tenían “la desfachatez” de inventarse muertos. 

Lo dijo Murillo en los días más brutales de la represión que su marido desató contra quienes se oponían a una reforma a la Seguridad Social y que ha dejado al menos 43 muertos. Valeska –estudiante de Contabilidad– nunca olvidará esas palabras. “Tuve a mi lado a uno de los chavalos, a quien le pegaron un balazo en el cuello.

Lo cargamos hasta un puesto médico, porque ni siquiera las ambulancias querían llegar, nos decían que teníamos que esperar órdenes superiores. A nosotros nos partía el alma ver cómo nuestros compañeros, nuestros amigos, todos los chavalos que estudiaban, se morían porque no podíamos trasladarlos”, relata la joven a EL PAÍS. Ella es una de las universitarias que se ha alzado contra el Gobierno de Ortega sin más armas que sus anhelos de libertad, la rabia, el valor y piedras. Son “chavalos” –como se les llama en Nicaragua a los jóvenes– cansados de once años de autoritarismo, que exigen el fin del régimen que dirige Ortega junto a su esposa Murillo.

Hasta hace dos semanas en Nicaragua se criticaba a los jóvenes. Se decía que eran apáticos, insensibles, acomodados y sin memoria. Once años de un régimen autoritario que había logrado el control total de las universidades públicas y diezmado las libertades. Pero fue la negligencia en el manejo de un incendio en una selva y la amenaza contra las pensiones de abuelos y padres, lo que despertó a una juventud silenciosa.

Esta “insurrección pacífica”, como la ha definido la periodista y líder feminista Sofía Montenegro, comenzó a mediados de abril, cuando el Gobierno rechazó la ayuda que Costa Rica ofrecía para sofocar un incendio que abrasaba la reserva Indio Maíz, en el sur de Nicaragua. A un grupo de al menos 40 bomberos costarricenses, con equipos especiales para combatir las llamas, se les impidió el paso en la frontera, lo que enardeció a los jóvenes universitarios nicaragüenses, comprometidos con el ambiente.

Ese rechazo, la falta de información oficial y la negligente respuesta del Gobierno al incendio –que arrasó más de cinco mil hectáreas de bosque– movilizaron a centenares de jóvenes que, convocados por las redes sociales, protestaron en las calles de Managua. La respuesta del Gobierno fue brutal: ordenó reventar las protestas con el uso de los antidisturbios y la Juventud Sandinista, colectivos lanzados a la calle para sofocar cualquier muestra de rebeldía. El país enteró, sin embargo, presenció cómo un grupo de “chavalos” tuvieron la valentía de retar el poder de Ortega.

Un par de días después de sofocado el movimiento ambientalista, Ortega publicó en el diario oficial del Estado un decreto con el que reformaba el sistema de Seguridad Social en Nicaragua para rescatar al Instituto Nicaragüense de Seguridad Social (INSS), al borde de la quiebra por 10 años de mala administración y derroche de los fondos aportados por los trabajadores. La reforma no fue consensuada con la empresa privada, que inmediatamente se distanció de Ortega tras 11 años de complacencia con el régimen.

El 18 de abril un grupo de jóvenes y jubilados se plantaron en el céntrico Camino de Oriente, de Managua, para protestar contra las reformas. La protesta fue reventada con violencia por los antidisturbios y las huestes sandinistas. Las imágenes de jubilados con heridas en la cabeza y sangrando enardecieron al país y levantaron un movimiento que ha puesto en jaque a Ortega. Dos días después de la refriega los estudiantes de las universidades públicas, controladas por el Comandante, se alzaron en protesta. La respuesta fue más represión.

Entre los jóvenes que se rebelaron contra el régimen está Víctor Cuadras, estudiante de Ingeniería Química de la Universidad Nacional de Ingeniería, UNI. Como a tantos jóvenes en Nicaragua, debe estudiar y trabajar al mismo tiempo. “Sé lo difícil que es levantarte todos los días, desde las cinco de la mañana, tomar un autobús y trabajar a veces hasta nueve horas al día, para que tu dinero sea robado por un Gobierno que lo único que ha hecho es utilizar las arcas del INSS como su alcancía para pagar los gustos de sus hijos. Nosotros no podemos pagar por algo que nos han robado. Por donde se viese era injusto para el pueblo, y claro que debíamos manifestarnos”, explica el joven.

Cuadras formó parte del grupo de 250 jóvenes que se atrincheraron en la UNI. El viernes 20 de abril el Gobierno de Ortega ordenó el desalojo de la universidad a fuerza de balas, al ordenar a los antidisturbios y sus huestes el asalto del campus. Al menos tres estudiantes y un celador murieron en la represión. Los jóvenes escaparon hasta la Catedral Metropolitana de Managua, cerca de la universidad, donde otros compañeros se habían refugiado. La Iglesia exigió al Gobierno el cese del acoso contra los estudiantes. “Nos persiguieron a balazos”, dice, furioso, Cuadras, un joven moreno y fibroso que afirma que no cesará en la que llama su lucha.

 “Siempre se habló mal de los ‘millennials’, de nuestra generación. Se ha dicho que actuábamos detrás de una pantalla, que solamente opinábamos desde un teclado, pero esta es la demostración de que sí tenemos una consciencia social, cultural y política”, afirma el joven. “Sí estamos vinculados con los temas de nuestra nación y no vamos a dudar en ningún momento de hacer pública nuestras exigencias y de pedir lo que por derecho nos corresponde”, agrega.

Junto a Valeska y Víctor habla para EL PAÍS Yorleny Jarquín, quien estuvo con sus compañeros de la Universidad Politécnica de Nicaragua (UPOLI) desde el primer día de la protesta universitaria. Ella recuerda cómo comenzó todo: habían formado un piquete en las afueras del campus, cantaban el himno nacional y por la noche los antidisturbios asaltaron la sede universitaria. Los jóvenes rompieron las cadenas de las entradas al recinto y se atrincheraron en la universidad.

Dentro formaron grupos encargados de la vigilancia, estaban quienes administraban los víveres que solidariamente la gente enviaba y también los que acondicionaron las aulas como clínicas improvisadas para atender a los heridos. “El primer día de la represión hubo un muerto. Estaba en la parte de defensa, para que Policía no se tomara la universidad. Hubo también muchos heridos. Ortega ni siquiera le ha pedido perdón a la nación por estas muertes”, dice la joven.

Tanto Valeska como Javier forman parte del grupo de estudiantes denominado “Movimiento 19 de abril”, en honor al día cuando se levantaron las universidades y comenzó la cruenta represión. Yorleny no, pero asegura que sigue al lado de los familiares de las víctimas, trabajando para que “haya justicia”. Los tres jóvenes se oponen a un diálogo convocado por el Gobierno para encontrar una salida a la crisis. “Cómo se supone que vamos a ir a una mesa que está llena de sangre, con un Gobierno asesino, que ni siquiera nos da la garantía de que nuestros dirigentes se puedan sentar a negociar. Estamos perseguidos, amenazados, nos han tratado de matar, estamos refugiados, revisando hasta el agua que nos dan”, afirma Valeska.

Aunque hay otros grupos estudiantiles que sí apuestan al diálogo “bajo protesta”, estos tres jóvenes dicen que la única condición para negociar “es destituir a este gobierno, a Ortega y Murillo”. Valeska lo tiene claro: “Se tienen que ir, no los queremos”, dice. Víctor comparte su opinión: “Esto se los va a cobrar la nación. Tienen que tener claro que el pueblo nicaragüense está pidiendo su cabeza y la vamos a tener”.

Al preguntárseles si este despertar estudiantil sobrevivirá a la coyuntura actual o morirá por la presión política, los tres “chavalos” no dudan en su respuesta. “El movimiento se ha fortalecido de una manera extraordinaria. Hemos aprendido muchísimo. Es sorprendente que a pesar del cansancio físico, de lo crudo de lo que hemos vivido, nos hemos encontrado con personas maravillosas que nos han dado de comer, nos han refugiado en sus casas y que todos los días son capaces de elevarnos la moral, de apoyarnos. Esto nos da la fuerza para ver hacia el futuro y lo que todos estamos buscando: la democratización de este país”, asegura Víctor.

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