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sábado, 16 de junio de 2018

Colombia, como nunca antes, tiene que decidir por la derecha o la izquierda.


Miami Florida / EFE - Después de un proceso electoral largo y para algunos tedioso, en el que no faltaron las fake news (noticias falsas) que están de moda en Colombia y el mundo, un aspecto quedó claro y bien definido: en este país sudamericano los partidos tradicionales ya no tienen la influencia de antes cuando, incluso, generaban crímenes de odio y batallas campales entre simpatizantes del liberalismo y el conservatismo.

La situación actual es completamente distinta. En el escenario político, la derecha y la izquierda, con movimientos alternativos que dan soporte a estas dos tendencias, se tomaron el protagonismo electoral en el país. De hecho, las colectividades que más impacto tuvieron en el pasado de la nación se vieron en la imperiosa necesidad de sumarse a una candidatura por la presidencia colombiana, cumpliendo un papel de ‘grises matices’ en el marco de la contienda.

Nunca antes Colombia había tenido que definir de manera tan abierta su inclinación por la izquierda o la derecha. Como también ha sido la primera vez desde hace más de 50 años que las FARC no constituyeron el tema que corría en paralelo a la campaña presidencial, en virtud del acuerdo de paz logrado por el saliente presidente Juan Manuel Santos, quien “contra viento y marea” alcanzó uno de sus principales cometidos durante los dos periodos al frente de la Casa de Nariño.

En este marco que comienza a tomar forma y fondo en la nación cafetera, la izquierda se había visto históricamente desplazada del mapa político y, contrario a lo que ha ocurrido en otros países de la región, Colombia no ha tenido “gobiernos populares” de esa corriente. En contraste, la derecha ha tenido un papel preponderante y, de hecho, en Latinoamérica pocos países están administrados por gobernantes de izquierda.

Los libros de historia relatan que el enfrentamiento entre liberales y conservadores, que venía desde antes sembrando terror en puntos específicos, se agudizó con el asesinato del candidato liberal Jorge Eliécer Gaitán, en 1948. Se desató entonces una relación de fuerzas que alimentaría todos los conflictos del país, con choques entre multitudes en Bogotá, en un primer momento y en razón de dicho crimen, y más tarde en gran parte de la geografía colombiana. Las estadísticas hasta mediados de siglo pasado hablan de más de 200.000 muertos entre “rojos” (liberales) y “azules” (conservadores).

Entre otras sorpresas, el resultado electoral de la primera vuelta presidencial dejó en evidencia la derrota de la llamada “maquinaria política”, que encarnaba el excandidato Germán Vargas Lleras, situación que terminó por agudizar la crisis del liberalismo y el conservatismo. Así las cosas, los candidatos de la franja de los “independientes o inconformes” sumaron 9,4 millones de votos, mientras que los aspirantes de la derecha, con el apoyo de otras vertientes, alcanzaron 9,3 millones.

Sin duda, un buen ejercicio sería contabilizar los sufragios aportados en el proceso electoral por las dos menoscabadas fuerzas políticas. La realidad en el contexto político colombiano contrasta con los tiempos en que el llamado Frente Nacional, que fue un pacto entre liberales y conservadores ejecutado durante los años 1958 y 1974, permitió en Colombia una paz relativa. En este periodo los dos partidos se distribuyeron de manera “equitativa” el poder, turnándose la presidencia y repartiendo la burocracia en partes iguales.

El próximo mes de julio, el Partido Liberal cumplirá 170 años de existencia. Su archirrival de antaño, el Partido Conservador, es un año menor. Como datos que demuestran el difícil momento que atraviesan las dos expresiones colectivas, los “rojos” no ganan la presidencia desde que Ernesto Samper Pizano venció en las urnas, en 1994. Entretanto, los “azules” saborearon las mieles del poder por última vez con Belisario Betancur, en 1982.

El fin del bipartidismo se deriva de la propia Constitución del 91, que dio un fuerte impulso a la creación de nuevos partidos y movimientos políticos, y supuso un duro golpe a las estructuras políticas de los “barones” y “gamonales” que dominaron la vida política electoral de los colombianos hasta los años 90.

Los cambios que trajo la nueva Carta Magna favorecieron la aparición de nuevos rostros en el entablado político. De tal suerte, surgieron líderes como Álvaro Uribe Vélez, quien gobernó Colombia entre 2002 y 2010. Al actual senador se le atribuye la creación del partido regional Primero Antioquia y de los nacionales Primero Colombia, Colombia Democrática, la U y ahora el Centro Democrático, que ha tenido un amplio protagonismo en el manejo de la cosa pública.

Pero también emergieron Cambio Radical, Partido Verde, MIRA, MAIS, Polo Democrático y otros. MIRA está por cumplir 18 años y es la más antigua de las colectividades cristianas del país. De igual forma, el país conoció las voces de otros líderes como Antanas Mockus, Sergio Fajardo, Antonio Navarro Wolf, Enrique Peñalosa y otros que están dejando una huella profunda en la arena política colombiana.

El solo hecho de que hubiera un candidato abiertamente de izquierda en una segunda vuelta presidencial es un hecho inédito para Colombia, lo que muestra a todas luces que la democracia de este país tiene nuevos actores, con una fortaleza que podría ir en ascenso. En algunos países de Europa ver a la izquierda “peleando” por el poder no es nada nuevo, pero sí lo es en un país en donde el temor por la llegada del denominado castro-chavismo no deja dormir a muchos de sus habitantes.

El nuevo presidente de los colombianos asumirá el cargo el próximo 7 de agosto. En su agenda tiene desde ya una serie de retos que permiten anticipar una “tarea compleja” para el sucesor de Juan Manuel Santos, durante el periodo 2018-2022.

La implementación del acuerdo firmado con las antiguas Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), hoy Fuerza Alternativa Revolucionaria del Común (que sigue utilizando la sigla FARC) tendrá un papel protagónico. De las directrices que agencie el nuevo titular del Gobierno colombiano y de los miembros del Congreso dependerá el futuro de un proceso que ha presentado algunos altibajos.

La producción y tráfico de drogas sigue pesando en la imagen de Colombia en el contexto internacional, al punto que el Gobierno de Estados Unidos criticó “los pobres resultados” de la lucha contra ese flagelo durante la administración de Juan Manuel Santos. Por tanto, esta será otra de las tareas ineludibles del nuevo regente del Palacio de Nariño.

Otro de los puntos neurálgicos en la lista de prioridades del próximo gobierno guarda relación con el creciente desplazamiento de venezolanos que llegan a Colombia en busca de un alivio a la crisis que vive su país.

Colombia se convirtió en el mayor receptor del éxodo venezolano, y de acuerdo con cifras de las autoridades colombianas, al menos un millón de venezolanos se encuentra hoy en este país en el que las instituciones y gobiernos locales se han visto en problemas para atender ese fenómeno migratorio.

Por otro lado, la percepción de seguridad que tuvieron los colombianos durante el Gobierno de Álvaro Uribe Vélez se perdió en un alto grado durante la gestión del saliente Juan Manuel Santos, en cuyo mandato la corrupción se perfiló como el tema que más pesimismo despertó entre los colombianos.

En materia económica, el nuevo presidente de los colombianos tendrá como tarea primordial resolver las fallas del sistema pensional vigente, en un país en donde, según las cifras oficiales, “hay más viejos que jóvenes”.

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