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lunes, 27 de agosto de 2018

Gioconda Belli insta a “evitar otra guerra en Nicaragua”.


Por Gioconda Belli /  La poeta y activista nicaragüense Gioconda Belli sostiene que se debe presionar al gobierno de Daniel Ortega para reanudar el diálogo con la oposición, adelantar las elecciones de 2021 “y hacer hasta lo imposible para evitar otra guerra” en este país centroamericano.

En entrevista, la autora de Sofía de los presagios y La mujer habitada, analizó la situación de Nicaragua a cuatro meses de iniciadas las protestas contra Ortega, las que derivaron en una crisis que ha dejado más de 400 muertos, según organismos independientes de derechos humanos.

“Me resisto a creer que tendremos que repetir la historia y armarnos para derrocar esta dictadura. No se lo merece Nicaragua. Hay que hacer hasta lo imposible por evitar otra guerra, excepto renunciar al derecho a la libertad”, argumenta Belli, quien en la década de los setentas participó en la lucha sandinista que derrocó al dictador Anastasio Somoza.

“Urge presión de todo tipo para reanudar el diálogo nacional y concretar pasos para que se adelanten las elecciones en condiciones de transparencia, supervisión y un Consejo electoral independiente y honesto”, afirmó. Según la reconocida escritora, la comunidad internacional debe “actuar por el bien de los nicaragüenses y convencer a Ortega de que en este siglo ya no pueden existir tiranos que intentan encerrar un país en una jaula y tirar la llave al mar”.

Belli, presidenta de PEN Internacional filial Nicaragua, condenó las amenazas y ataques de personas ligadas al gobierno contra periodistas y medios de prensa independientes, los cuales “han ido aumentando mes a mes en frecuencia y en violencia”.

“Lo más preocupante es no saber hasta dónde piensan llegar en esta campaña represiva. Lo que hemos visto hacer a esta pareja gobernante en los últimos cuatro meses ha sobrepasado los límites no solo de lo legal, sino de lo racional”, indicó refiriéndose al ex guerrillero de 72 años y a su esposa, la vicepresidenta Rosario Murillo.

“Son impulsivos, auto-destructivos y su propia megalomanía terminará siendo su peor enemiga”, vaticinó. “La actuación de Ortega y de su gobierno ha sido cavernaria, una reacción primitiva, inmadura, carente de todo sentido de medida y proporción”, añadió en alusión a las acciones armadas de policías y paramilitares, los ataques a iglesias y a obispos católicos, y las capturas de opositores.

La escritora descartó la posibilidad de que Ortega logre instaurar en el país un modelo autocrático al estilo de Cuba o Venezuela, ya que “Nicaragua no tiene petróleo y tampoco es una isla, no puede permanecer aislada”.

Lo que nunca debería haber sucedido está sucediendo nuevamente en Nicaragua. Desde el 18 de abril, cuando la represión violenta de las protestas contra la Reforma de la Seguridad Social desencadenó una insurrección cívica masiva, el presidente Daniel Ortega y su esposa, la vicepresidenta Rosario Murillo, abandonaron toda pretensión de tolerancia y moderación y desataron una ola de represión. Es como si Anastasio Somoza, el anterior dictador del país, derrocado en 1979, hubiera regresado a Managua.

En los últimos cuatro meses, al menos 317 personas han muerto, más de 2000 heridos y cientos más han sido encarcelados. La policía y los paramilitares detienen arbitrariamente a los ciudadanos todos los días. Son torturados, acusados ​​de terrorismo, crimen organizado, posesión ilegal de armas y una letanía de otros crímenes. Fuerzas irregulares encapuchadas y fuertemente armadas deambulan por las calles, disparando a voluntad. Después de las 6 PM, la mayoría de las ciudades del país parecen desiertas. El gobierno nicaragüense, como lo hizo bajo Somoza, ha declarado la guerra a su pueblo.

Nací y viví hasta casi los veintitantos años bajo el control del régimen de Somoza . Junto con muchos hombres y mujeres de mi generación, entre ellos Ortega y Murillo, me convertí en miembro del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN), uniéndome al movimiento en 1970. Incluso siendo pequeño, sabía que los miembros de mi familia eran golpeados mítines por la Guardia Nacional de Somoza, o disparos como mi hermano Eduardo, cuyo brazo fue rozado por una bala en una manifestación de 1967. 

Ser sandinista era entonces elegir la lucha armada contra las elecciones fraudulentas, un ejército que funcionaba como una guardia pretoriana y los partidos políticos que eran solo títeres del régimen.

Comenzando como guerrilleros que operan en las montañas, los sandinistas evolucionaron y desarrollaron lentamente el apoyo urbano. A fines de la década de 1970, los arriesgados ataques del FSLN contra los puestos del ejército, la organización de base y el creciente disgusto de la gente común hacia el régimen se combinaban para convertirse en una seria amenaza para la dictadura.

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