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lunes, 3 de septiembre de 2018

Homilía del vigésimo segundo domingo del tiempo ordinario.


Por Monseñor Silvio José Báez, obispo auxiliar de la diócesis de Managua. Queridos hermanos y hermanas:  Hoy en el evangelio aparece Jesús en conflicto con la gente más piadosa de la sociedad judía de su tiempo: «Se reúnen junto a él los fariseos, así como algunos escribas venidos de Jerusalén» (Mc 7,1). 

Los fariseos son los grandes observantes de los mandamientos de la Ley de Dios, incluso escrupulosos, demasiado preocupados por las tradiciones religiosas de su pueblo; los escribas son los estudiosos de la Ley, los conocedores de la Escrituras. Ambos grupos están obsesionados por una religión centrada en prácticas exteriores y en cumplimiento de normas y ritos, que no comprenden a Jesús, que ha venido a poner en el centro de la vida humana el amor, se resisten a aceptar la gran novedad que Jesús quiere introducir en la vida y en la religión.

Los fariseos observan indignados que los discípulos de Jesús comen con manos impuras, es decir, sin habérselas lavado para purificarlas, después de haber entrado en contacto con personas que quizás estaban lejos de Dios o haber frecuentados lugares públicos como la plaza o el mercado donde habían entrado en contacto con algunos animales prohibidos por la Ley o con personas que no eran del pueblo de Israel. Había que purificarse las manos, según ellos, para poder ser dignos de relacionarse con Dios.

Los fariseos y los escribas están obsesionados por las tradiciones religiosas y por lo exterior. No pueden comprender a Jesús que está continuamente rompiendo esta obsesión por una religión de cumplimiento y de ritos y de obediencia ciega a las tradiciones religiosas humanas. No pueden aceptar a Jesús que se preocupa por crear en torno suyo un espacio de libertad para las personas en donde lo único decisivo es el amor. La preocupación de Jesús es el corazón del ser humano. Él sabe que allí se decide todo. Por eso Jesús no propone normas, ni establece ritos. Invita a tener un corazón limpio, a ser auténticos, a superar la hipocresía, a buscar a Dios y a amar a los demás desde lo más profundo de nuestro ser.

Los fariseos se preocupaban, en cambio, sólo por cumplir las normas exteriores sin detenerse a pensar que los pensamientos y deseos del corazón son los que dan realmente el valor a nuestras acciones. Los profeta habían enseñado continuamente que Dios ve el corazón del hombre sin detenerse en las apariencias. En el corazón de aquellos hombres religiosos no reina Dios. Sigue reinando la ley, la norma, la costumbre establecida por las tradiciones y la satisfacción egoísta de hacer méritos ante Dios. Ellos no se preocupan por lo que realmente agrada al Señor: la justicia, la fraternidad, la caridad hacia los demás.

«La reacción de Jesús es severa» ha dicho esta mañana el Papa, «porque está en juego lo grande, la verdad de la relación entre el hombre y Dios, la autenticidad de la vida religiosa (Francisco). Jesús les cita al profeta Isaías: «Bien profetizó Isaías de ustedes, hipócritas, según está escrito: “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí”. En vano me rinden culto» (Mc 7,7).

Citando a Isaías Jesús recuerda que la religión auténtica se vive en el corazón y desde el corazón. Hablar del corazón, es hablar de lo interior. El corazón tiene que ver con la interioridad, el corazón es fundamentalmente el centro de las decisiones, de las opciones. En el corazón nacen los pensamientos, los deseos, los proyectos. El corazón es el yo interior, es la conciencia. Para Jesús aquí se juega la auténtica relación con Dios. Hoy Jesús nos recuerda “cuál es el verdadero centro de la experiencia de la fe, es decir, el corazón.

El gran peligro de la religión es tener desconectados los labios del corazón. Una persona puede recitar todos las verdades del credo y tener un corazón incrédulo desde donde brota una vida mentirosa e inmoral. Alguien puede practicar muchos ritos religiosos y ser un escrupuloso cumplidor de los mandamientos de la Iglesia y tener un corazón orgulloso y despiadado. Estas personas podrán ser muy religiosas pero están lejos de Dios. Alguien puede estar todo el día hablando de Dios, de amor y paz, pero si tiene un corazón agresivo y soberbio, que no se engañe, esta es una persona vacía de Dios que está muy lejos de hacer su voluntad.

Cuando nuestro corazón está lejos de Dios, nuestro culto queda sin contenido. Le falta vida, le falta la escucha sincera de la Palabra de Dios y el amor a los demás. Hoy el Señor nos invita a prestar atención a lo importante, a lo decisivo en la práctica religiosa.  «Nos llama a reconocer, -dijo hoy el Papa- cuál es el verdadero centro de la experiencia de la fe, es decir, el amor de Dios y el amor al prójimo, purificándolo de la hipocresía del legalismo y del ritualismo”. (Francisco), de la exterioridad vacía, de la religión de prácticas pero sin corazón.

Es tan importante la interioridad en la vivencia de la fe que hoy Jesús también nos recuerda que «de dentro del corazón de los hombres, salen las intenciones malas: fornicaciones, robos, asesinatos, adulterios, avaricias, maldades, fraudes, libertinaje, envidia, lujuria, insolencia, insensatez» (Mc 7.22). De dentro del corazón brota la conducta, la vida. Jesús usó dos conocidas imágenes en el evangelio. 

La imagen del árbol bueno, que como tiene raíces buenas, está sano, da frutos buenos; quien está dañado por dentro no podrá actuar bien y vamos haciendo daño por donde pasamos. La otra imagen es la del sepulcro, que se ve muy bien por fuera, muy blanco y arreglado, pero por dentro está lleno de podredumbre: podemos aparentar ser buenos pero en el fondo ser personas llenas de envidia y de maldad, con deseos de venganza y capaces de terribles actos de violencia.

Hoy Jesús nos pide cuidar el corazón para que no se contamine. En el país hay graves problemas en este momento. Existe una tremenda crisis política que no se logra superar. Hay razones de tipo social, económico y político para explicar lo que vivimos, pero hoy el evangelio nos recuerda que la raíz de todos estos males es el corazón humano. 

Hasta lo proyectos políticos más nobles se vician y se distorsionan cuando quienes los llevan adelante tienen un corazón egoísta y soberbio, en donde se da culto al ídolo del dinero y del poder. Corazones violentos, corruptos, conspiradores del mal, no podrán nunca crear estructuras justas y respetuosas de los derechos humanos. Corazones enfermos por la violencia y la ambición de poder le hacen mucho daño a una sociedad. Del corazón salen todos los males, no solo en las relaciones interpersonales sino también la vida social y política.

Hay que cuidar el corazón. En las bienaventuranzas Jesús llama dichosos a los que tienen un corazón puro. Un corazón puro no es un corazón inmaculado, sino un corazón humano dispuesto a ser purificado por Dios. Lo contrario es lo que los profetas llamaban no un corazón de piedra, duro, insensible, ciego, incapaz de escuchar y rectificar sus errores. Un corazón de piedra creer que hace el bien cuando está haciendo el mal, se cierra en sí mismo y no es capaz ni de dialogar ni de actuar con bondad hacia los demás. Un corazón puro, en cambio, es un corazón que no es totalmente sano, pero sí consciente de que todavía tiene que hacer un largo camino para purificarse.

Cuando San Pedro le decía a Jesús en el evangelio del domingo pasado: «Señor a quien vamos a ir, solo tú tienes Palabras de vida, sabemos que tú eres el Santo de Dios», reconocía que solo de la escucha atenta y comprometida de la Palabra de Jesús, tendremos luz para purificar el corazón y superar el ritualismo y la hipocresía, la incoherencia de vida y la mentira. Vivir con la conciencia de que Jesús es el Santo de Dios es reconocer que solo su santidad nos puede purificar y santificar el corazón. Que la Virgen María nos ayude abrirnos a la santidad que su Hijo Jesús nos quiere comunicar con su Espíritu al recibir su cuerpo y su sangre en esta Eucaristía. Amén.

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