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domingo, 9 de septiembre de 2018

La conspiración contra el Papa.


El Vaticano Roma/ DPA -  La tarde del miércoles 22 de agosto, el arzobispo y exnuncio en Washington Carlo Maria Viganò, uno de los hombres con mayor acceso a la sala de mandos de la Iglesia católica en los últimos años, se presentó en la casa del periodista Marco Tosatti. 

Viganò llevaba días hablando con el veterano vaticanista acerca de una denuncia contra la jerarquía eclesiástica y el propio Papa, a quien acusaba de encubrir los abusos del cardenal estadounidense Theodore McCarrick.

Pero el escándalo de Pensilvania aceleró el plan. Discutieron la posibilidad de hacer una entrevista, quizá un artículo. El exnuncio, un hombre de carácter complicado, recias convicciones y recurrentes obsesiones con la homosexualidad en el clero, trajo finalmente consigo un documento y se sentó con Tosatti. “Yo lo edité para que fuera más comprensible. Luego me dijo que quería que saliera en español y en inglés.

Me preguntó si conocía colegas y lo puse en marcha. Fijamos un embargo para tres días después”, señala el periodista al teléfono. Aquel domingo, en el peor momento, mientras Francisco visitaba la zona cero de los abusos y debía dar explicaciones a la prensa, explotó la bomba.

La carta de 11 páginas que el arzobispo, con la ayuda de Tosatti y otros periodistas, publicó en cuatro medios ultraconservadores —incluido el español InfoVaticana— no tiene precedentes. Nadie en la historia moderna de la Iglesia, al menos desde que el Vaticano perdió en 1870 los Estados Pontificios y las luchas políticas se redujeron a sutilezas diplomáticas, había acusado directamente a un Pontífice de un asunto tan grave como el encubrimiento de abusos sexuales, pedido su dimisión y disparado con nombres y apellidos contra la plana mayor de la jerarquía católica.

El documento, que contiene omisiones e imprecisiones, activa un ventilador que salpica a los predecesores de Francisco, incluido a Juan Pablo II, quien nombró a McCarrick cardenal cuando ya pesaban sospechas sobre él -al menos desde el año 2000- y arzobispo a Viganò, y subraya la negligencia de la Iglesia ante la plaga de los abusos y el aislamiento en cuestiones como la revolución sexual. Pero el actual Papa, justamente, fue el único que afrontó el problema de McCarrick retirándole la birreta púrpura el pasado julio, en el momento en el que tuvo una denuncia.

El timing elegido, la necesaria colaboración y el sesgo ideológico de las acusaciones —con elevadas dosis de homofobia— apuntan a una trama mucho más amplia, que procede directamente de la dañada Iglesia de Estados Unidos y ha logrado organizar, tras cinco años de ataques, a toda la oposición a este papado. Unos 30 obispos (24 en EE UU) han manifestado ya su adhesión a la denuncia, también en celebraciones públicas. 

Muchísimos más —incluido algún conservador como el alemán Stefan Oster— han tomado la posición contraria. “La carta provoca un daño enorme y obliga a reflexionar sobre un problema [los abusos] mal afrontado durante años. Pero, obviamente, esto no acabará con el Papa. Todo lo contrario. Si había alguna posibilidad de que Francisco siguiese los pasos de Benedicto XVI y renunciase, se acaba de evaporar con este ataque”, opina un destacado miembro de la curia.

La vista, sin embargo, está puesta en el siguiente papado, que saldría de un impredecible colegio cardenalicio cada vez más a la medida de Francisco (ha nombrado a 59 de los 125 purpurados electores), y en el que una parte importante del clero en EEUU e Italia sueña con volver a tener a uno de los suyos. ¿Una conspiración? Tosatti, que escribió durante décadas en La Stampa y rechaza la etiqueta de conservador, considera ridícula esta teoría y sostiene que los tiempos de publicación han sido casuales.

 “Hablar de conspiración es una táctica de régimen. Viganò puede tener muchos defectos, pero no el del complot. Lo que veo es que en muchos sitios, también en EE UU, hay mucha gente perpleja con la gestión de la Iglesia”. Otras personas, como el millonario y conservador abogado estadounidense Timothy Busch, conocían el plan desde el inicio.

El historiador Alberto Melloni, experto en el Concilio Vaticano II, apunta hacia esa dirección para situar el epicentro de una guerra política que ya se libra a ambos lados del Atlántico. “Durante la campaña electoral de EE UU, el Papa dijo que quien levantaba muros no era cristiano. Y eso dio un terreno conjunto a la derecha americana y a la derecha fundamentalista europea. Dos mundos que buscan ahora una soldadura. Es el encuentro entre una cultura política reaccionaria, liberal, que no es simplemente conservadora como podían ser John McCain o Margaret Thatcher. Trump es otra cosa.

 Ese fundamentalismo de la derecha estadounidense comparte un diseño común con la europea basado en una propaganda muy fuerte. Y el único obstáculo entre la propaganda de soberanistas europeos y Steve Bannon [exasesor de Trump e impulsor de una especie de internacional populista en Europa] era la Iglesia católica.

No porque sea grande o potente, fuerte o brillante, sino porque representa un factor fundamental como una cultura de la igualdad y de la paz. Viganò es un pequeño punto en este diseño. Es un prelado poco serio y descontento que ha elegido de ser cómplice de esta cosa”, señala Melloni.

Pero Viganò, pese a su frustrada ambición por ser nombrado cardenal y los episodios oscuros de su currículum —mintió para no ser enviado a EE UU como nuncio y estuvo en el origen de Vatileaks—, ha estado encaramado durante años al poder vaticano y ha gozado de respeto en muchas de sus esferas. De lo contrario, no hubiera sido nuncio en EE UU entre 2011 y 2016, la plaza más importante.

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