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jueves, 20 de diciembre de 2018

Daniel Ortega Somoza.


Tomado del diario El País - Por Ramón Lobo / Nicaragua es el país latinoamericano al que más se le nota la revolución. Sigue pobre, pero aprendió a leer y a pensar. Toda una generación que creció sintiéndose orgullosa de sus logros vive el orteguismo como una decepción vital. La ambición desmedida y la corrupción han convertido a uno de los padres de aquella gesta en un remedo del somocismo que desplazó.

Daniel Ortega y su esposa, la vicepresidenta Rosario Murillo, han optado por el enroque y la represión. Decenas de viejos sandinistas como Carlos Mejía Godoy se han exiliado; otros fueron detenidos o guardan silencio. Regresó el miedo a las calles de Nicaragua. Desde que empezaron las manifestaciones en abril, todas pacíficas, han muerto más de 300 personas; otras 500 están detenidas.

La policía antidisturbios y las bandas paramilitares han atacado a estudiantes y madres, a las que llamaron vandálicas. Lo que comenzó como una protesta contra la reforma de las pensiones se transformó en una minirrevolución contra los abusos y la ineficacia del Gobierno.

Protestar hoy contra el presidente se considera un delito de terrorismo. Se acumulan las denuncias de torturas. El régimen ha criminalizado a los manifestantes, golpeado a los periodistas y asaltado las instalaciones de los medios de comunicación que considera enemigos. Esta semana la policía se incautó de ordenadores y documentos de las redacciones de las empresas periodísticas de Carlos Fernando Chamorro, hijo de la expresidenta Violeta Chamorro. Los agentes carecían de orden judicial, un puro formalismo porque el presidente ha acabado con la independencia de las instituciones.

Ortega se comporta como Somoza. Su Asamblea Nacional acaba de declarar ilegales cinco ONG que considera críticas. La policía saqueó poco después sus sedes. Para la pareja consorte todo lo que no sea alabanza y obediencia debida es alta traición. Los empresarios que tanto ganaron en el reparto del pastel con el orteguismo empiezan a abandonarle, eso sí, con sordina para evitar represalias.

Lo que sucede en Nicaragua es un reto para la izquierda. La lucha contra un capitalismo desbocado que utiliza la globalización para restar poder a los Estados, y el repunte de la xenofobia y de la extrema derecha, no pueden ser una excusa para no criticar a los Ortega-Murillo. Sería parte de la misma ceguera que ha permitido la irrupción de Vox.

La batalla no está en los eslóganes ni en el merchandising de las revoluciones de los años sesenta y setenta del siglo XX, está en la gente que lucha contra el abuso no importa la ideología del abusador. Ortega eligió el mismo bando de los Pinochet. El dictador está desnudo aunque se empeñe en cantar himnos sandinistas y lanzar proclamas vacías. La impostura ha terminado. La lucha, no.

“Esto es peor que un estado de excepción”. En la agitación permanente que vive Nicaragua desde el 18 de abril, el escritor Sergio Ramírez mantiene aún la capacidad de distanciarse intelectualmente de cada nuevo episodio de esta crisis y aventurar reflexiones con una perspectiva más profunda.

Conoce bien al hombre que gobierna el país: fue vicepresidente del primer gobierno revolucionario presidido por Daniel Ortega y, dado su oficio de novelista, entiende muy bien los vicios de la personalidad del gobernante. “Está aislado”, dice.

Hace ocho meses, mientras recibía en Alcalá de Henares el Premio Cervantes de literatura, en Managua iniciaban las protestas estudiantiles contra Ortega y caían también los primeros jóvenes muertos.

“Permítanme dedicar este premio a la memoria de los nicaragüenses que en los últimos días han sido asesinados en las calles por reclamar justicia y democracia, y a los miles de jóvenes que siguen luchando sin más armas que sus ideales porque Nicaragua vuelva a ser república”, dijo entonces.

Más de 350 muertos, casi 600 presos políticos y miles de exiliados después, Ramírez cree que su país atraviesa la crisis más grave de su historia. Lo que la agudiza, dice, es la falta de voluntad para buscar soluciones.

Nos sentamos a conversar en la librería Hispamer, sede principal del festival literario Centroamérica Cuenta que él organiza anualmente y que ha tenido que suspender este año debido a la crisis. El gran novelista de la historia nicaragüense parece extraordinariamente pesimista: “No hay escape. No hay a quién recurrir”.

Sergio Ramírez es una de las voces intelectuales de mayor peso en Nicaragua. Crítico del régimen de Ortega, plantea con pesimismo que no se ve una salida a la crisis. Foto: Fred Ramos.

Anteayer dijiste en televisión que esta es la peor crisis en la historia de Nicaragua. Y este país ha tenido muchas crisis…

Sí. Quizás los terremotos, por la desarticulación social que provocaron, o el huracán Mitch. Esos eventos tocaron el nervio central de la economía. El terremoto del 72 fue el golpe de gracia de Somoza. La revuelta liberal del 93 fue un cambio abrupto, una revuelta de pocos días. Luego las intervenciones militares o la guerra de Sandino, pero eso fue en las montañas. De allí la guerra contra Somoza… Pero hubo soluciones, cambios de poder, esfuerzos de paz.

   Ahora lo que agudiza esta situación es la falta de voluntad para crear soluciones. La economía se está desarticulando y todo mundo apunta a un desenlace de la crisis para mal, sin cambio político. Los muertos, los heridos, los detenidos… Somoza nunca tuvo más de 100 presos políticos. Yo lo apuntaría a la desesperanza en una salida. Daniel Ortega tiene poder pero no gobernabilidad.

¿Cómo debemos leer este cierre de oenegés y la toma de la redacción de Confidencial? ¿Es un golpe de autoridad del régimen o un acto de debilidad?
De debilidad. Un gobierno fuerte no necesita echar mano de medios de comunicación. Es una medida defensiva.

El hecho de que ni siquiera haya una orden judicial para ello…

Esto es peor que un estado de excepción, porque aquí no se ha suspendido oficialmente ninguna libertad, pero no hay ninguna garantía para el ejercicio de los derechos de reunión, de expresión, de opinión ni inviolabilidad de la correspondencia ni la vivienda. No hay seguridad ni derechos para nadie porque aquí los derechos nacen de la arbitrariedad. La policía responde a Daniel Ortega; el Ministerio Público y los tribunales están coludidos con el sistema. El juez es orteguista, los magistrados son orteguistas. No hay escape. No hay a quién recurrir.

¿Qué opciones quedan?

Por eso digo que es la crisis más grave del país. No hay una salida visible. Ortega está atrapado en el no. No sé si tenga voluntad de negociar, pero no tiene consenso en la sociedad y depende de un círculo de hierro que cree que él se quedará para siempre. Las posibilidades de que se mantenga en estas condiciones son pocas. Si él abre una mesa de negociación pierde a ese círculo porque abrirse a una negociación es posibilitar un cambio político. Y eso tiene el riesgo de perder el poder. Aquí, si se abre una puerta, la gente vuelve a las calles.

¿Y la represión?

El fracaso de la represión es que Ortega no ha avanzado una pulgada. No ha recuperado ni alcanzado consensos ni con la empresa privada ni con la sociedad civil ni con Estados Unidos ni con las bases sandinistas porque los sandinistas también se alzaron. Reprimir no es gobernar.

De una manera u otra habrá salida a esta crisis.

Sí, la pregunta es cuáles son los plazos y hasta dónde es capaz de resistir.

Hace ocho meses, mientras recibía en Alcalá de Henares el Premio Cervantes de Literatura, Ramírez dijo: “Permítanme dedicar este premio a la memoria de los nicaragüenses que en los últimos días han sido asesinados en las calles por reclamar justicia y democracia”. Foto: Fred Ramos  Hace unos meses dijiste que el problema con Ortega es que no le interesa un retiro dorado, que su obsesión es el poder.

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