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jueves, 27 de diciembre de 2018

La caída de la dictadura viene, eso nadie lo detiene


Por Oscar René Vargas - La desesperación está llegando al límite en donde termina la paciencia.   A ocho meses después del inicio de la insurrección pacifica, el régimen Ortega-Murillo, aunque en crisis, sigue en el poder.

Nicaragua viven un momento importante y trascendental, a las puertas de un cambio verdaderamente histórico que no habíamos visto en el pasado político del país.

A los nicaragüenses nos ha caído el mal fario de tenerlo como gobernante prepotente e impositivo; cuyos actos atrabiliarios y sus declaraciones incendiarias han hecho que muchos de sus seguidores fanáticos se quiten la máscara, pierdan el pudor, ganen descaro y arrojo, den rienda suelta a la voluntad de violencia que hasta hace poco tenían más o menos contenidas o camufladas.

Nicaragua se ha transformado en un país deformado por las consignas, las mentiras y los miedos generados por el gobierno Ortega-Murillo. Con la violencia, la inmunidad e impunidad de los encapuchados nunca podremos construir la república democrática.

La degradación política, social, moral, económica e institucional alcanzo tal grado que la única solución a la crisis es que se vayan del poder Ortega-Murillo.

La permanencia de Ortega-Murillo en el poder seria el peor escenario para todos. Habría una mayor descomposición social, política, económica y moral en el país incalculable. Por lo tanto, más migración, pérdida de capital humano, más pobreza, más atraso, etcétera.

Muchos piensan que el diálogo es el instrumento adecuado para sacarnos de la crisis. Y si el diálogo no sirve para sacarnos del conflicto, tampoco servirá para encontrarle una solución a la crisis sociopolítica.

Otros piensan que sea una fuerza extranjera la que ajuste las cuentas, porque han dejado de creer en la solución local; ya que el diálogo puede ser un ejercicio de distracción que solo puede ser útil para desviar la atención del problema central: la salida del poder de Ortega-Murillo y sus partidarios.

El temor es que el diálogo sea usado solo para cambiar algo para que se conserve el todo, es decir modificar lo periférico para mantener lo esencial del aparato político del régimen (Corte Suprema de Justicia, Policía, Consejo Supremo Electoral, etcétera). Cambiar para conservar, transformar para no cambiar.

La gente espera que la situación cambie para bien y que sus posibilidades de mejoren y se vuelvan realidad, que se refleje en sus condiciones materiales de vida y que termine la represión indiscriminada.

Y cuando eso no sucede, la gente comenzará nuevamente a desesperarse, a perder la paciencia y se acercará, cada vez más, a la tentadora solución de incrementar la protesta.

La gente piensa que la solución es otra vez el estallido social. Las convulsiones sociales remueven fuerzas profundas que estremecen y agitan las pasiones humanas.

La protesta social en movimiento no conoce los límites. Llega un momento en que se desborda y demanda. Se vuelve avalancha, torrente incontenible. Toda manifestación de lucha social, más temprano o más tarde, termina irremediablemente en barricadas.

El régimen no parece estar interesado en aprender de la avalancha social, envuelto en un encierro demencial de locuras e ilusiones.

El gobierno piensa que el movimiento social se encuentra disperso y fracturado. El régimen Ortega-Murillo parece no tener todas las claves de este drama.
Los militares se muestran distantes, pero atentos de las cambiantes correlaciones de fuerzas interna y externas.

Los políticos tradicionales siguen en el juego electoral que les ofrece la dictadura, una posición distante de la vida real. Viven encerrados en una burbuja de mentiras y falsedades.

En la coyuntura actual, la misión de los líderes del movimiento autoconvocados debiera de ser la creación de células clandestinas en barrios, universidades, colegios, centros de trabajo. A fin de hacer más eficiente el trabajo político y preparar a los miembros para futuras contiendas de la lucha cívica y pacífica.

Y que hará, en condiciones tales, un movimiento social sin conducción adecuada. O, al revés, ¿qué pasará si surge ese liderazgo correcto y apropiado? El dirigente inesperado que, sin tener un contacto directo con los partidos políticos tradicionales, tiene, eso sí, un contacto directo con la población insurrecta, la entusiasma y moviliza. Tiene un carisma.

En los procesos sociales en ebullición los liderazgos nacen de manera silenciosa como los topos, como las corrientes ocultas de la historia.
El régimen Ortega-Murillo no toma conciencia que el movimiento social se ha mantenido vigente y ha avanzado, entre tumbos y tropiezos, parálisis, avances y retrocesos está a punto de concluir su misión: la caída de la dictadura.


El autor vive en Costa Rica.

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