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jueves, 10 de enero de 2019

El Síndrome de Hubris: ¿la enfermedad de Ortega-Murillo?


Por Oscar René Vargas. La “hibris” o “hybris” es un concepto griego que puede traducirse como “desmesura” y que en la actualidad alude a un orgullo o confianza en sí mismo muy exagerada, especialmente cuando se ostenta el poder. 

Quienes padecen el Síndrome de Hubris demuestran rasgos de grandiosidad, narcisismo, prepotencia, obstinación y comportamiento irresponsable. Este comportamiento puede observarse en políticos tradicionales y personas en posiciones de poder.

Ortega-Murillo han demostrado tener una adicción al poder; es decir, una necesidad de estar en lo más alto de la cúspide, de tener máxima relevancia. Ellos juegan la carta de preservar el mando a cualquier precio. El acceso al poder y su fortalecimiento se convirtió en un axioma para la pareja Ortega-Murillo, ya que han utilizado todos los medios para afianzarse en él. Para ellos la democracia no es importante sino el poder. Quieren perpetuarse, quieren gobernar “por toda la vida”.

El poder les permite tener los recursos económicos para comprar incondicionalidades de políticos, empresarios, etcétera; y piensan que, si dejan el poder, su futuro puede ser la cárcel. Ambas razones son de sobrevivencia. El Síndrome de Hubris también causa cambios psicológicos en políticos y en personas en posiciones de poder, pues se ven afectados con alguna inestabilidad mental.

Los Ortega-Murillo no aceptan negociar internamente para sobrevivir políticamente, pero las sanciones externas los pueden terminar de liquidar. Sin embargo, el régimen Ortega-Murillo no acepta ningún puente para establecer un diálogo, ya que consideran que eso sería aceptar la pérdida de poder.

Existe el peligro real de que la mayoría de los países de la OEA voten a favor de la aplicación de la Carta Democrática al régimen Ortega-Murillo. En este escenario no sería nada raro que el gobierno decida retirarse de la OEA; sin embargo, esa renuncia tendría efecto hasta un año después de retirarse oficialmente.

Ortega-Murillo tienen dos características: la narcisista y la paranoide; esta última se expresa en “o estás conmigo o contra mí”. Piensan que todo gira en torno a ellos y que pueden hacer lo que quieran sin rendir cuentas a nadie, ni siquiera a sus propios seguidores. Tienen una personalidad totalitaria, además del egoísmo marcado.

Las personas con el Síndrome de Hubris suelen perder contacto con la realidad, padecen un aislamiento progresivo, y actúan con imprudencia e impulsividad. El régimen Ortega-Murillo degrada las instituciones en un intento desesperado de mantenerse en el poder. 

Sin embargo, las medidas arbitrarias y antidemocráticas los desacreditan cada vez más a nivel nacional e internacional.  Las consecuencias negativas provocadas por el Síndrome de Hubris están asociadas a una falta de conocimiento, interés y estudio de la historia política, combinada con la impiedad y carencia de humildad.

Cuando los Ortega-Murillo comenzaron a perder poder a partir de abril del 2018, también empezaron a frustrarse sus sueños de permanecer en el mando indefinidamente. Desde ese momento, la pareja presidencial comenzó mostrar ira, enfado y malestar, y a cometer errores políticos estratégicos. 

No pudieron dar un paso hacia atrás y reconocer sus fallas. Los desaciertos políticos ocurrieron cuando su poder tocó techo, pues se negaron a reconocer que ya no tenían el mismo control que antes del 18 de abril.

Las personas que padecen el Síndrome de Hubris tienen excesiva soberbia y arrogancia, y sufren de la intoxicación del poder, con una exagerada confianza que los lleva a despreciar a las otras personas u opiniones, y a actuar en contra del sentido común.

Un caso evidente es el de la Sra. Murillo, que aspiraba a toda costa la presidencia de la República, y quien, sin aceptar la realidad, lanzó a sus bases a reprimir las manifestaciones de los autoconvocados, con la orden “vamos con todo”. Uno de los problemas de la intoxicación del poder es que no reconocen los problemas sociales, ni siquiera se dan cuenta del malestar subterráneo en la población, y están tan en su mundo, que no hacen caso de nada ni a nadie.

Los políticos que sufren el Síndrome de Hubris creen que son capaces de grandes obras, piensan que sus actos van a transcender en la historia, que de ellos se esperan grandes hechos, creen saberlo todo y en todas circunstancias, y operan más allá de los límites de la moral ordinaria.

Las personas con adicción al poder, no solo no reconocen los verdaderos problemas del país, sino que su vida gira en torno a conservar el poder, con pensamientos obsesivos y con tendencia al aislamiento de la realidad nacional. Tienen una ambición desmedida que usan en su propio beneficio, lo cual se vuelve muy perjudicial para el país.

A veces, los ciudadanos “de a pie” se dejan engatusar por la sonora pomposidad de las ideologías vacías. Ahí está el timo del gobierno de mantener un discurso cotidiano ajeno a la realidad, vendiendo ilusiones. Detrás de esas palabras prestigiadas por la propaganda gubernamental, el régimen Ortega-Murillo esconde los más formidables, turbios y abyectos intereses económicos.

Las palabras de la Sra. Murillo han perdido efecto, a fuerza repetirse, perdieron recepción y credibilidad entre los ciudadanos “de a pie”. La represión, las torturas, las violaciones y los asesinatos han tenido un impacto demoledor entre la población que se alejan de la base social del gobierno. Hay una responsabilidad sistémica de encubrimiento global de parte del gobierno, que comprende al presidente, vicepresidenta, ministros, magistrados, jueces, policías, miembros del Consejo del Poder Ciudadano, etcétera.

Dentro de las filas de los llamados simpatizantes del régimen, se vive en una zozobra permanente. Hay una inquietud silenciosa y clandestina por las presiones internacionales que están en camino.

Los que tienen visa norteamericana están dispuesto a irse, otros están dispuestos a emigrar a Panamá, y muy pocos están dispuestos a seguir apoyando al régimen Ortega-Murillo. Esas ansias de poder impiden aceptar la realidad que todo en la vida tiene un principio y un fin, cosa que la pareja Ortega-Murillo no saben admitir, una vez que la realidad sociopolítica les indica que su poder ya ha acabado, y tienen que dejar paso a otros.

Es evidente que Ortega y Murillo padecen la enfermedad del Síndrome de Hubris.

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