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martes, 1 de enero de 2019

La oración de los nicaragüenses en el exilio: “haz, Señor, que el régimen dictador se vaya”.


San José (Costa Rica) / Por Álvaro Murillo -  Un año atrás, Claudia Tenorio estaba en Waslala festejando en familia la llegada del año 2018 sin saber que lo acabaría refugiada en otro país, compartiendo un pollo asado con personas que nunca había visto antes del exilio. 

Entre ellos, Ruslan Rodríguez, otro activista que también debió huir de los agentes de seguridad de Daniel Ortega y ahora sobrevive en Costa Rica, como miles de nicaragüenses que también empiezan el 2019 con la ilusión de volver a su país, pero sin saber cómo ni cuándo.

Claudia y Usman se reunieron con 10 refugiados más esta Nochevieja en la casa de Antonio Guzmán, otro nicaragüense que vivía en Costa Rica desde antes de abril, cuando estallaron las protestas generalizadas y la represión totalitaria del Gobierno. Una bandera de Nicaragua colgada en el portón indicaba que algo distinto ocurría dentro de esta vivienda pobre en el barrio populoso Los Ángeles, en el centro de San José.

El pollo comprado en una ventana cercana, una ensalada de lechuga, una bebida de frutas olorosa a canela y la compañía de los paisanos debían disimular el dolor del exilio, pero ya juntos no podían evitar la retahíla de historias del 2018. Hablaban de asedio, rabia y amenazas, sangre, despedidas urgentes y la vida precaria que tienen aquí en suelo costarricense.

“Te agradecemos, Dios, porque estamos vivos en cierta forma”, dijo en la oración Claudia, una activista que pudo salir el 24 de julio gracias a su carné y su vestimenta de misionera adventista. Aquí dirige un grupo que se ha hecho llamar “Movimiento 18 de Abril” en referencia a la fecha cuando estalló la revuelta social que se ha saldado con más de 300 muertes, según los informes más conservadores.

“Somos sobrevivientes del Estado criminal que dirigen Daniel Ortega y Rosario Murillo; somos sus víctimas porque estamos lejos de nuestras familias, agradecemos que estamos con vida en cierta manera, pero pensamos en nuestros hermanos que están en las cárceles y en las madres que ya no tienen a sus hijos. 

Haz, Dios, que el régimen dictador se vaya y su corazón sea doblegado”, continuaba en la oración esta mujer de 34 años oriunda de Matagalpa, norte de Nicaragua, hija de un excombatiente sandinista que también estuvo exiliado en Costa Rica en los años 70 durante la dictadura de Anastasio Somoza.

Al terminar la oración, cuatro de ellos lloraban. Entre ellos Ruslan, que extraña a su hijo pequeño y a toda la familia. “Yo era el que ponía la música”, contó el joven en voz baja. Es el único de los comensales que tiene empleo y no sabe bien si alegrarse de ello. Habla inglés y pudo entrar a un call-center, donde le pagan suficiente para sostenerse. Es casi un privilegiado, porque la mayoría de solicitantes de refugio vive de la asistencia, de trabajos esporádicos o de la caridad.

Muchos han vuelto a Nicaragua porque prefieren morir luchando que de hambre, dijo otro de los muchachos desde una esquina de la mesa. Valoran la política de acogida de Costa Rica, que reporta más de 40.000 solicitudes de refugio desde abril, pero lamentan la dificultad para sobrevivir aquí.

La economía se ha frenado, los empleos escasean, el estatus migratorio no les permite trabajar a todos y, encima, sufren las manifestaciones ocasionales de una xenofobia que lleva muchos años asentada contra nicaragüenses, como se expresó en una marcha inédita en agosto en el parque La Merced, la plaza donde se suelen reunir inmigrantes nicaragüenses. Ciertos diputados de oposición e invitados en programas de opinión piden con regularidad restringir al máximo el ingreso por la frontera norte.

Igual Claudia y sus nuevos amigos agradecieron en la oración por la hospitalidad costarricense. “Aquí al menos tenemos libertad”, diría después Yassica Ascaxóchil, quien dice haber luchado a los 13 años contra la dictadura de Somoza, haber vivido antes un exilio en Costa Rica y haber ejercido la oposición en Nicaragua en años recientes simulando ser oficialista.

Todo lo cuenta con siglas de grupos guerrilleros y léxico de activista. A su lado, otros se presentan por un alias con evocaciones patrióticas o empiezan diciendo el nombre del grupo y el lugar donde la lucha desde abril. El más chico, Andrews Soza, sacó el carné de su Universidad Nacional Agraria donde estudiaba. Después viene el rosario de anécdotas, de recuerdos que parecen exagerados, de cómo vieron morir a alguien o de cuando aprendieron en una hora a disparar morteros.

La cena al final no fue cena. Dos muchachos dijeron que deben irse para no perder el último bus de la noche y otro confesó que no quiere dejar que su compañero de cuarto pasara solo la cuenta regresiva hacia el 2019. Otro joven quedaba vestido con chaqueta de cuero simulado y una chica con un vestido rojo de fiesta. Claudia hacía su recuento de año y concluía que lo dedicó casi entero a “volarle verga al Gobierno”, primero en las calles y luego en las redes sociales.

Lo recordaba mostrando su camiseta con la leyenda “Nicaragua libre” y envuelta en una bandera. En la pared, otra bandera azul y blanco. Allá la acera, unos niños reventaban pólvora y Claudia pedía apagar la música. No fuera alguien a creer que aquí celebraban algo.

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