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viernes, 22 de febrero de 2019

Memoria, olvido y perdón


Por Oscar-René Vargas - La lucha del hombre contra el poder es la lucha de la memoria contra el olvido. ( Milán Kundera). Olvido y perdón. Dos palabras que no parecen encontrar su camino en los rituales de la memoria política actual. 

El olvido tal vez no alivie, pero une, rescata. Esa es la meta que persigue el régimen Ortega-Murillo: recibir perdón y olvido. Ese será el juego del régimen en el diálogo.

Es el argumento central de muchos miembros de los poderes fácticos para olvidar y perdonar, a fin de evitar futuras confrontaciones innecesarias, perdonar a quienes realizaron actos ilegales y ordenar la matanza a los ciudadanos “de a pie”.

Al igual que los individuos, las sociedades no olvidan por un acto de voluntad política o una decisión jurídica. Hay una memoria voluntaria, lo que queremos recordar; y otra involuntaria, lo que recordamos a pesar de lo perturbador y ruin que sea. La memoria social sigue los mismos procedimientos.

Los traumas y las heridas provocadas por un régimen sin freno son parte de una historia que queda por elaborar. Al igual que un actor en una obra de teatro, el régimen Ortega-Murillo aprendió a adoptar diversos papeles a cada instante.

La Sra. Murillo ha adoptado la plasticidad de los actores de teatro, que puede moldear su rostro según la emoción exigida, y es capaz de adaptar su máscara a la situación.

Los individuos y las sociedades somos memoria, en ese sentido somos pasado. El régimen quisiera que se perdiera la memoria y se abandonaran principios y valores éticos, para facilitarles una salida.

Buena parte del poder de los poderes fácticos no gira en torno a lo que hacen o dicen, sino a lo que no se hace o se calla.

El régimen Ortega-Murillo cree que el diálogo, sin precondiciones, es la mejor medicina para anestesiar a los ciudadanos “de a pie”. El diálogo no constituye una muestra de tolerancia, sino una contraofensiva en busca del perdón y del olvido.

La propaganda y la manipulación del régimen tratan de anestesiar la memoria de los ciudadanos para conseguir el olvido o, al menos la condescendencia ante los actos represivos de los miembros de los aparatos policiales y paramilitares.

Los represores y una buena parte de los corruptos quieren lo mismo, unos con el objetivo de seguir impunes y otros con la finalidad de recuperar el poder perdido desde abril 2018. La lucha contra el olvido no puede terminar como una gran farsa ni urdiéndose en una tragicomedia.

Pero no solo las personas, también las sociedades caen en esa vana ilusión del renacimiento por voluntad, en olvidar por decreto. Para muchas personas o para los poderes fácticos la memoria pesa, por eso se les antoja quitar lastres y desechar recuerdos, olvidar.

Olvidar el pasado reciente siempre será más atractivo para el poder que cargar con el lastre de la estrategia de “vamos con todo”. Se olvidan que la historia no es una película que empieza cuando se inician una negociación política.

En la lógica del régimen Ortega-Murillo y de sectores de los poderes fácticos, la negociación es entendida como renuncia a la verdad. Es decir, como arreglos políticos a espaldas de la opinión pública, en lo oscurito.

La negociación es vista, por los poderes fácticos, como un comercio vergonzoso en el que la fórmula cínica pudiera ser: “acepto lo que me pides y me debes una; aceptas lo que te pido y te debo una”.

Acallar la memoria en busca de la paz “a cualquier precio”, puede ser resultado de una mescolanza de influencias, desde las creencias religiosas hasta las personales. El olvido también puede implicar que el régimen y sus brazos pesen y obliguen más que la razón.

La historia de la política tradicional está plagada de esas circunstancias, donde los deseos de quienes vindican la memoria como elemento esencial para transformar el presente topan con los poderes fácticos que buscan sepultarla para aquietar el pasado.

El régimen Ortega-Murillo quiere, en las negociaciones, que se olvide la represión, los heridos y los muertos. Proponen el desdén por la memoria colectiva. ¿Debe una sociedad, para garantizar su funcionamiento construirse sobre el olvido?

El olvido como bastión del poder es negocio redondo para el régimen Ortega-Murillo. La culpa no existe, borrón y cuenta nueva reclaman sectores de los poderes fácticos. La historia no es importante, no hay verdad absoluta reclaman otros grupos de poder. Salvaguardar las razones de Estado es motivo suficiente para amortajar la memoria, apelan los políticos tradicionales.

Parecería que “dejar en paz” la memoria, así como fomentar la no-opinión y el olvido de la sociedad es una de las metas del régimen Ortega-Murillo en el diálogo que se proponen a implementar.

Los represores de la memoria, como son el régimen y algunos miembros de los poderes fácticos, quieren borrar las huellas de sus actos y facilitar el olvido del pasado reciente.

La impunidad es otro factor que siempre va unido al olvido. Si quieres que la gente olvide un hecho lo que hace el régimen es que no haya culpables; por eso, diez meses después, no hay culpables de los asesinatos de más de 500 ciudadanos, de cientos de desaparecidos y miles de heridos.

La memoria colectiva no le conviene al régimen. La memoria colectiva cuestiona las redes políticas tradicionales, evidencian los subterfugios del poder y los secretos de la impunidad. Por eso, el régimen pretende fomentar el olvido.

El régimen Ortega-Murillo pretende impulsar en la sociedad el pensamiento cero, falsificar la memoria, desechando el pasado, y aceptando el olvido. Las élites quieren socializar el olvido.

Lo que prima, en los poderes fácticos, es el interés personal, la indiferencia, la ignorancia, la cerrazón. Los que apoyan la represión se apoyan en la mentira y la comodidad.

De la desmemoria nace la ignorancia, de la ignorancia renace la tolerancia hacia la violencia gubernamental, y en la tolerancia vuelve a retoñar la represión. El régimen Ortega-Murillo quiere transformar a Nicaragua en un país sin memoria.

El deber de la sociedad es recordar para nunca olvidar la matanza de centenares de ciudadanos que protestaban pacíficamente. Uno de los caminos eficaces para evitar el olvido es la difusión de los nombres de los represores y de sus cómplices.

No podemos olvidar que la memoria es el vínculo fundamental con el pasado, igual que la esperanza es el gozne que nos une al futuro. La lucha por el futuro solo existe si el ejercicio de la memoria le imprime valor al pasado.

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