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viernes, 12 de abril de 2019

El derrumbe sandinista y la memoria histórica.


Por Ariel Montoya  / El sandinismo toca fondo. Se hunde en las tinieblas de sus contradicciones y sus falsas banderas de empatía y humanismo que, ante una evaluación certera es fácil llegar a la conclusión de que nunca hubo ni lo uno ni lo otro.

Siempre fueron parte de una orquesta terrorista marxista, autodepredadora de sus propias entrañas militantes y viciadas de la ideología comunista que castró por los redondeles del siglo XX las aspiraciones democráticas de varios países, partiendo del imperio soviético hasta la entonces próspera Cuba de 1959 y la Nicaragua (también próspera) de 1979 con la llegada al poder del sandinismo.

Este sabor amargo, me queda cada vez que leo o veo en la televisión a algunos escritores quienes a mucho orgullo no se arrepienten —dicho por ellos mismos— de haber sido parte de esa revolución, como Ernesto Cardenal, Sergio Ramírez, Gioconda Belli, entre otros.

En un artículo de Ramírez, “La libertad, causa común”, en el que anuncia el 40 aniversario de que los sandinistas botaron a “la calaña de los Somoza”, el ahora Premio Cervantes deja entrever con una pluma más cercana a la seducción de la nostalgia que al recuento de los hechos, que la alianza de varios gobiernos latinoamericanos fue sustancial para la derrota del régimen.

Esto fue cierto, primero por la terquedad continuista a pesar de que ya se habían anunciado nuevas elecciones y haber declarado Somoza que se retiraría una vez concluido su período (lo que aún Ortega no ha dicho pero ni en sueños), y segundo porque, como se dice en buen nicaragüense, “le echaron la vaca” todos, al último dinasta, para haber caído luego en un sistema sandinista que supera con creces todas las barbaridades y los atropellos del pasado político.

Ramírez, no obstante, no menciona que la caída de ese sistema se dio a causa de una solidaridad internacional mayor en 1990, y escribe como si hubiese sido un simple espectador y no el segundo al mando desde 1979.

Se hunde el sandinismo, pues mientras por una parte se tambalea la dictadura, por la otra los disidentes del FSLN se aferran al espejuelo de los sueños revolucionarios del pasado, pero no hacen memoria de los fracasos y hundimiento en el que dejaron al país.

Viven trasnochados en memorias y recuerdos de un proyecto que desde antes estaba condenado al fracaso social en el que nuevamente descomponen al país, pero del que indiscutiblemente fueron parte hasta 1994, cómplices y autores de las ruinas de toda una nación.

Ellos, (ahora orteguistas y renovadores) impusieron desde 1979 con una estruendosa propaganda partidaria y panfletaria, que la historia comenzaba ese año.

Es mas, hay un poema de José Coronel Urtecho en el que decía que toda la historia pasada se había ido toda por la taza del inodoro, —incluyendo claro está su pasado somocista—, pero ademas comenzaron a implementar un odio entre nicaragüenses que hasta el día de hoy mantiene dividida a la sociedad.

Con esos antecedentes en este nuevo proceso de primaverización moral y política, que está costando pero que al final se construirá, no se puede edificar con elementos que representen ese pasado, pues no cuentan con antecedentes de decencia demócrata.

Lamentablemente el virus de la memoria histórica no afecta únicamente a una inmensa mayoría de los nicaragüenses, sino también a una gran parte de la comunidad internacional, de la prensa, de los dadores de premios, de las grandes casas editoriales, de notables partidos democráticos y hasta a los propios reyes se les escapa dicha memoria histórica.

Ariel Montoya es nicaragüense, poeta y columnista internacional exiliado en Estados Unidos.

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