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miércoles, 1 de mayo de 2019

Los instrumentos del poder real.


Por Oscar René Vargas. Los cambios profundos ocurridos en Nicaragua desde los años 80 del siglo pasado han puesto de relieve la capacidad de las clases dominantes para absorber el conflicto social y sobrevivir.

Es más, la revolución social de los ochentas no significó una superación de las contradicciones sociales en beneficio de los sectores populares. Por el contrario, ha sido la burguesía tradicional y el gran capital los que se han erguido victoriosos en la batalla.

 En los últimos años las opciones de crear una sociedad democrática se han visto reducidas y las posibilidades de construir una sociedad progresista se esfuman, igualmente el gran capital ha logrado torcer la mano al gobierno Ortega-Murillo de continuar la lógica del capitalismo de “amiguetes”.

 Me refiero a la renuncia de los valores e ideales del “sandinismo histórico” que identifican la lucha por la dignidad de la mujer, la justicia social, la lucha contra la corrupción, la pobreza, la desigualdad, la impunidad, y a favor de la emancipación mental y política de la población.

 La despolitización de los sectores populares promovida por el gobierno Ortega-Murillo, unida a la pérdida de su legitimidad política por los fraudes electorales, es lo que obligó al régimen hacer entrega, poco a poco, de una cuota del poder real al gran capital, sin que por ello dejara de tener los principales instrumentos del poder real.

 En Nicaragua ha nacido una nueva fracción de la burguesía, la “nueva clase”, que utiliza el Estado como palanca de acumulación originaria de capital y de enriquecimiento inexplicable.

 A luz de lo sucedido en los últimos años, podemos llegar a una definición de la “nueva clase”: es la fuerza social y política que lucha por mantenerse en el poder apoyándose en los sectores populares para incrustar sus cuadros en las todas las instituciones estatales que, con los años y el control de los mecanismos de decisión, se convirtieron en una nueva élite que puede desplazar a las anteriores, negociar con ellas o fusionarse.

Lo peor es que la “nueva clase”, que se auto llama socialista, se ha vuelto simétrica de la derecha tradicional en un punto clave: la obsesión por el poder.

 La “nueva clase” representa el sector de la burocracia gubernamental más atrasada que se fue adueñando del poder, incluyendo la mayoría de los anillos del poder.

 Lo que hemos estado viviendo, en los últimos años (2007-2019), no tiene la menor relación con una revolución o con el “socialismo”, ni con la “defensa de la democracia”, ni siguiera con la lucha por la “reducción de la pobreza”, para señalar los principales argumentos que se manejan a diestra y siniestra desde el gobierno.

 La “nueva clase” aplica políticas sociales clientelares que menguan transitoriamente la pobreza; sin embargo, los “de abajo” siguen estando en el sótano social ofreciendo una mano de obra barata, sin haberse movido un ápice del lugar estructural que ocupan.

 La “nueva clase” es una mixtura de los altos funcionarios de empresas públicas y privadas, del aparato estatal, militares y policías de alta graduación activos y retirados, y nuevos empresarios enriquecidos a la sombra de las instituciones del Estado.

 La mayoría de sus miembros son gestores incrustados en el aparato estatal. Por eso se resisten a perder el poder, ya que todo el entramado del enriquecimiento inexplicable se les vendría abajo. Algunos ya consiguieron las ganancias apropiadas en propiedades rentables.

 Una buena parte de la “nueva clase” está aún en ese proceso de apuntalar su capital, una buena parte no ha logrado consolidar su enriquecimiento inexplicable que sigue siendo “frágil” y “reversible”. Ellos son los que no quieren ningún cambio y favorecen que el “comandante se quede”.

Miembros de la “nueva clase” han sido señalados por los diferentes medios de comunicación por malversación de caudales públicos, prevaricación, fraude al Estado y varios delitos menores. Sin embargo, por las complicidades y omisiones de las altas esferas del gobierno, continúan gozando de las mieles del poder. También están a favor que el “comandante se quede”.

 Los “intelectuales gubernamentales” que encubren las marañas del poder, con un lenguaje pseudo-progresista justifican una política que solo ha favorecido a banqueros, grandes importadores, cadenas monopólicas, grandes capitales y trasnacionales.

 Entre el 2007 y 2018, el gran capital ha apoyado al gobierno Ortega-Murillo. A cambio, han compartido los beneficios del poder autoritario. Al recibir las exoneraciones y exenciones que reciben, no han tenido la necesidad de buscar cómo aumentar la productividad, la competitividad y la eficiencia de sus empresas, ya que sus ganancias extraordinarias las obtienen a través de los favores del gobierno y los bajos salarios.

 No hay un crecimiento real de las fuerzas productivas ni incremento importante de los volúmenes de producción. Eso es precisamente, lo que nos explica el atraso, el estancamiento y la retardación del país en comparación a los otros países centroamericanos. El país es rehén de la ineficiencia y la corrupción de la clase dominante.

El “Síndrome de Pedrarias” ha contagiado, corrompido y pervertido a los miembros de la “nueva clase” con dosis concentradas de ambición de poder y de enriquecimiento acelerado al amparo del Estado. Ahora practican el método de enriquecimiento del Estado-Botín que antes decían combatir.

Los miembros de la “nueva clase”, en el poder, han demostrado ser receptores del espíritu neocolonial de una sociedad atrasada, sociedad en la cual disponen, de hecho, de posibilidades más concretas de ejercer un poder mayor, un poder autoritario o dictatorial.

 Parecería que la historia se desarrolla como espiral y pasa varias veces, más alto o más bajo, sobre el mismo punto. Ahora, a 40 años de la caída de la dictadura somocista, la mayoría de los sectores populares, los ciudadanos autoconvocados, luchan, nuevamente, por derrotar otra dictadura, la de Ortega-Murillo.

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