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domingo, 19 de mayo de 2019

Ortega el victimario, no la víctima.


Por Oscar-René Vargas / Nicaragua es uno de los países más atrasados de la región, con un desarrollo industrial muy pobre, principalmente agropecuario, con beneficios excepcionales para la clase dominante que determina el carácter de la polarización social existente.

En estas condiciones se fue formando un país con una oligarquía conservadora de carácter rentista, fundamentalmente ligada al capital extranjero y muy ligada a Estados Unidos y con un 40% - 50% de la población pobre y marginal. La pobreza, la marginación y la diferencia social son profundas en Nicaragua.

Es un país que siempre está con una balanza comercial negativa, los dólares entran por las remesas, la exportación, las inversiones extranjeras, pero también por el narcotráfico.

Con esos antecedentes es que diferentes Presidentes, que al llegar al poder practicaron el populismo o asistencialismo, tuvieron cierto apoyo de la población, como es el caso de Arnoldo Alemán en su momento, pero, fundamentalmente, Ortega.

Los diferentes Presidentes han sido representantes de esa clase gobernante pequeña y oligarca, con una clase media muy débil y con grandes masas desarraigadas. Históricamente los presidentes, en esas condiciones, han representado lo que la clase gobernante es, profundamente atrasada y conservadora.

A raíz de la derrota de la revolución social, en febrero de 1990, la idea de una democracia que promoviera más igualdad social, justicia social, más derechos sociales y redistribución de la riqueza, fracasó.

A partir de ese momento la agenda política y económica de los gobiernos entre 1990-2018 ha sido: no más revolución social. Y así se comienza un proceso de concentración de la riqueza en el uno por ciento de las personas más ricas del país.
Eso significó el inicio de la negación de la democracia, lo que también fue asumido por Ortega a partir del 2007. En el período de gobierno de Ortega-Murillo se consolidó el proceso de retroceso y no de progreso de la democracia.

Ortega, un ambicioso con vanidad y sin las ataduras de las convicciones de antaño, codiciaba el papel de protagonista principal. Ansiaba el poder, poseerlo con el fervor popular. Desde 1990 desarrolla una metástasis de cinismo. Ortega, como los Fouché, nunca se jubilan.

A Ortega le gustan los pasillos enrevesados de la política como a un ludópata la ruleta dando vueltas y vueltas y más vueltas. Que no se pare. Al mirarle a los ojos, se puede saber de su disfrute del poder es enfermizo. Con su capacidad para conspirar, ha sido el hombre esencial para pactar; pactar para conservar el poder.

En el 2007 Ortega no llevó al FSLN al poder, se aprovechó del FSLN para llegar al poder con sus amigos. Además, se rodeó de corruptos, convirtió al FSLN en una cáscara llena de cepillos y trepadores ligados al gobierno, que utilizaron los beneficios del poder, como botín para su enriquecimiento personal.

La figura de Ortega es especial, hasta diría trágica. Cuando llegó al poder por primera vez en 1979 levantó la consigna de “los pobres primero” y de no pagar más que una parte de la deuda externa heredada del somocismo.

Por eso es que en amplios sectores sociales de América Latina lo recibían como un estandarte de la lucha por la igualdad social y antiimperialista, pues llegó al poder representando una especie de esperanza y renovación, más allá de los gobiernos neoliberales.

Pero, en 2007, poco le quedó de eso, porque el partido ya era un partido decadente que había pactado muchas veces con la derecha política corrupta, y hasta con la vieja oligarquía y la burguesía tradicional que decía combatir.

Al volver al poder, Ortega se encontró con que el Estado neoliberal y el poder tenían una existencia real, y, obviamente, ni él ni su partido tenían fuerzas ni la intención de transformar ese Estado conservador de tipo oligárquico, ni las relaciones que se tejían allí; además con una clase dominante conservadora.

Ortega fue capitulando en el camino, y al final, ha gobernado implementando políticas públicas de derecha, reprimiendo a los movimientos sociales, a los trabajadores y a los campesinos, y, pasando de la promesa de reformas de tipo progresistas a una posición de carácter neoliberal con políticas represivas al estilo pinochechista.

El idealismo lo dejó en el camino y se convirtió en un político tradicional, marrullero, tramposo, aprovechado. El partido fue destruido y él está destruido física y personalmente. El balance de la historia le será negativo. Esto para cerrar una caracterización breve del personaje.

Ortega predica antiimperialismo en 2007, pero, poco tiempo después, ya había sido atrapado por esas relaciones de poder y por ese Estado tradicional y conservador.
Ortega y sus amigos capitularon y se pusieron al servicio de esa clase gobernante y retrógrada, a través de las instituciones del Estado. Cada uno con sus características particulares.

En Nicaragua la corrupción del sistema es directo, sucio, como lo prueba el manejo del dinero de la cooperación venezolana. La corrupción ha tomado a todas las instituciones y estructuras de poder, las fuerzas armadas (policía y ejército), y los partidos políticos.  

El país es socialmente tan miserable, que, a pesar de la corrupción desenfrenada, Ortega proveyó algo de asistencialismo donde nadie, en ninguno de los gobiernos anteriores, se preocupó por los hambrientos. Con ese asistencialismo ganó la aceptación y el agrado de la gente.

El FSLN, que ya no es el de antaño, es corrupto y ha devenido en un grupo de corruptos, comenzando por el más corrupto que es Ortega y su círculo íntimo de poder.

Nicaragua ha devenido en uno de los países más corruptos de América Latina y, a su vez, tiene un gobierno que ha subordinado su política económica a las directrices de las organizaciones financieras internacionales.

En los últimos cuarenta años de historia (1979-2019), Ortega estuvo en la cocina de las grandes decisiones, los grandes conflictos, y en los principales pactos políticos del país.

A partir de abril 2018, al no comprender los orígenes de las protestas, Ortega comienza a cometer graves errores. Por razones de Estado decide permanecer en el poder cueste lo que cueste, y así termina siendo, de una manera u otra, preso de la razón de Estado: conservar el poder y ser rígido e intolerante.

A partir de abril 2018, Ortega ha venido cometiendo los crímenes más abominables: dar la orden de la operación limpieza que se tradujo en miles de heridos, centenares de muertos, decenas de desaparecidos e incalculable número de exiliados.

Un año después, Nicaragua vive en un estado de sitio de facto, una represión generalizada, militarización de las ciudades, centenares de presos y presas políticas, profundización de una crisis económica, mayor pobreza, desempleo, y un descontento social que se incrementa cada día.

El régimen Ortega-Murillo se ha transformado en un tranque para el desarrollo del país, ya que representa el atraso y la corrupción. Nicaragua se ha descompuesto económica, política y socialmente, sólo podrá recuperarse a partir de la caída de la dictadura actual.

El ritmo político de Nicaragua se ha acelerado en el último año. En ese aceleramiento ha surgido una nueva camada de líderes político-sociales jóvenes, mientras la derecha política tradicional se estancó e inmovilizó. Ahora el reto de los jóvenes es reinventar el marco sociopolítico.

Es en estos momentos, donde hace falta un líder nacional, con la mirada amplia y de largo alcance, con desprendimiento, con sus luces y sus sombras. Liderazgo que no puede suplir ni Ortega ni Murillo ni sus hijos.

El nuevo liderazgo va a tratar de gobernar una Nicaragua otra vez en ruinas, con un pueblo otra vez empobrecido, en una situación de endeudamiento y empobrecimiento similar que la de 1990, tiene que tener talante y habilidad.

Está claro, entonces, que la coalición que gobierne deberá ser amplia para ganar las elecciones. El nuevo gobierno tiene que utilizar la ley y el diálogo. Es necesario tejer alianzas para un gobierno democrático estable.

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