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domingo, 28 de julio de 2019

Dos millones de nicaragüenses sufren la tragedia y no tienen voz.


La crisis política, económica y social que sacude nuestro país es de tal profundidad e intensidad que ha afectado, en mayor o menor grado, a todos los sectores sociales, sean empresarios o trabajadores, mujeres o varones, en las zonas rurales o en las zonas urbanas, con independencia de la condición social o de la edad.

Y a propósito de edades, precisamente quisiéramos referirnos a las repercusiones en el grupo más vulnerable de todos los vulnerables. Hablamos de la niñez. Son los más vulnerables de los nicaragüenses, pero no tienen voz colectiva que ponga sobre la mesa sus penurias.

Cuando hablamos de los más de doscientos mil desempleados, provocados por el aferramiento de Ortega al poder, detrás de esa cifra hay una familia que sufre. Detrás de cada desempleado hay un niño, o una niña, o varios, que padecen carencias de distinto tipo. ¿Cuántas de estas criaturas se acuestan con un arrocito nada más en la barriga? …O con un vasito de pinolillo… 

¿Qué porcentaje de nuestra niñez está quedando desnutrida a causa de la falta de ingresos de sus padres? ¿En cuántos hogares no hay para comprar un zepol para frotar el pecho de un niño con una afección respiratoria? Menos todavía para comprar medicinas de mayor valor.

Y en la escuela ¿Qué educación podrán recibir de maestros angustiados por sus propios problemas en el hogar, o presionados por la vigilancia de los esbirros del régimen? ¿Cuánto se puede aprender con el estómago vacío?

Y cuando hablamos de las víctimas mortales caídas bajo las balas asesinas de los esbirros del régimen, también debemos recordar a la niñez que queda en la orfandad. Se trata de niños y niñas que quedan marcados para toda la vida, además del desamparo. Porque aun cuando los familiares o el progenitor sobreviviente se hagan cargo, de todas maneras, hay orfandad, de todas maneras, hay desamparo.

Cuando hablamos de los casi cien mil exiliados ¿Cuántas de estas mujeres y hombres que se vieron obligados a abandonar el país para proteger su libertad y su integridad física dejaron hijos e hijas menores en Nicaragua? O debieron llevarlos a países extraños, a padecer las aflicciones y penurias que impone el exilio. He podido ver y escuchar de viva voz los estrujantes relatos de estos niños en Costa Rica.

Por otra parte, no es difícil imaginar los traumas colectivos que se están ensañando en nuestra niñez. Paramilitares o policías enmascarados, armados hasta los dientes, sembrando el terror en calles, barrios, centros religiosos y hasta centros escolares ¿Qué huellas dejan en las mentes infantiles?

Porque los esbirros no entienden de edades. Todos seguramente recordamos a la niña piedra en mano frente a un verdugo, pistola en mano. Todos vimos y escuchamos por las redes sociales a un niño en Jinotega, agredido por asistir a un acto religioso.

Una de las dimensiones más hondas de esta tragedia que se ensaña en nuestra niñez es que las secuelas se extienden a la juventud y se prolongan en la edad adulta, y así se va tejiendo la madeja de conflictos y agravios con que se alimenta la larga lista de episodios trágicos que se han acumulado a lo largo de nuestra desgraciada historia. Y después estallan. Pensemos también en el veneno que se inyecta en las mentes de los hijos de los esbirros y fanáticos del régimen.

De acuerdo a las cifras oficiales, el número de niños y niñas en Nicaragua supera los 2 millones.

Si Ortega está señalado a nivel internacional por delitos de lesa humanidad, a causa de las muertes, torturas y atropellos a los derechos humanos…¿Cómo podemos tipificar el delito que significa imponer este calvario cotidiano a más de dos millones de niñas y niños?

¿Cómo podemos calificar los traumas psicológicos que en las mentes infantiles está dejando el ensañamiento, los acosos y las maniobras para aterrorizar a la población?
Ortega y sus secuaces, son responsables de los daños presentes. Pero también, desde ahora, son responsables de los daños futuros.

Aunque, también hay esperanzas en esta niñez que está creciendo al tremolar de la bandera azul y blanco y al fragor de la lucha por la libertad, la justicia y la democracia.

En la nueva Nicaragua que estamos empeñados en construir, un lugar de primer orden debe ocuparlo nuestra niñez. Su educación. Su salud. Su seguridad.
Una nueva Nicaragua solamente puede tener sentido si aseguramos a nuestra niñez un país con justicia y libertad.

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