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sábado, 13 de julio de 2019

Exiliado nicaragüense Salvador Morales rememora la ocupación sandinista 40 años después.


Por Sal Morales /  Mi estadía en Estados Unidos estaba supuesta a durar solamente 40 días. Junto a un puñado de compañeros de la Escuela Americana nicaragüense y mi primo hermano Álvaro. Embarqué en un vuelo de la desaparecida Pan American de mi natal Nicaragua con rumbo a Filadelfia el 11 de junio de 1979. Tenía 13 años recién cumplidos.

En Estados Unidos me esperaban mi tía paterna Martha, su esposo Frank y mis tres primos: Frankie Jr., David y Brian. Ninguno de mis primos hablaba una papa de español, yo apenas me defendía en inglés. Recuerdo sentirme atemorizado y encantado a la misma vez. 

Ya había montado un avión un puñado de veces para ir a Venezuela a visitar familia y a la Florida a ver a Mickey Mouse, el Osito Winnie y el flamante Pato Donald, pero esta vez era diferente. Nunca había viajado sin mi mamá, mis tías, mi abuelita María.

Esta vez, venía solo con mi primo de mi misma edad, y el resto del grupo de compañeros de clases iba en otros aviones rumbo a Miami y Orlando. ¡Nosotros dos éramos los valientes, los fuertes, los que viajábamos solos hasta al norte! En la escala en Miami invité a Álvaro a comer chocolates y tomarse una Coca Cola. ¡Después de todo, tenía $50 dólares en el bolsillo!

Mi mamá me había dado también un sobre que me encomendó dárselo “sólo a tu tía Martha”. Me había comprado unos pantalones nuevos, que creí que estaban buenísimos, muy a la moda de 1979. Lo que no sabía era que en el ruedo de esos pantalones acampanados iban cosidos cientos de dólares más que mi madre y mi nana Adilia habían escondido allí sin que yo me diera cuenta.

No era un viaje para quedarme. La idea, según me dijo mi madre, era que yo debería pasar el verano en Estados Unidos practicando mi inglés. En 40 días regresaría a una Nicaragua que estaba en guerra. Esa primavera se habían suspendido las clases por las batallas entre la Guardia Nacional de Anastasio Somoza y los Sandinistas que eran apoyados por Fidel Castro y Moscú, y este sería un paréntesis para mí. 

Mi papá, quien se llama igual que yo, era coronel de la Guardia Nacional de Nicaragua. Un hombre conocido e importante, aunque yo no lo sabía entonces. Lo supe después cuando lo perdimos todo. Llegó casi tarde a despedirse de mí al aeropuerto. “Adiós hijo”, me dijo. Abrazó a mi mamá, Argentina; y a su hermana y madre de Álvaro, mi tía Irma, quien se deshacía en llanto.

A lo lejos se avecinaba una tormenta fuerte y empezaron a escucharse bombas que explotaban cerca del Aeropuerto Internacional de Las Mercedes. Oí balas y vi aviones de la Guardia Nacional surcando los cielos. De repente vi a los pilotos uniformados de Pan American, elegantemente ataviados con sus uniformes azules, tratando de despejar el paso dentro de un mar de gente que lloraba ante la partida de sus familiares.

Qué raro, me decía yo. Total, ya vamos a volver, no sé por qué tanto lloran. Me sentía con valor, con ganas de hablar inglés, de ser independiente, de ser hombre. Al correr hacia el avión oyendo los gritos de mis padres detrás de mí — “Adiós, adiós, pórtate bien chavalo, ¿oíste?”— los busqué en la multitud pero no los encontré. Total, los volvería a ver en 40 días.

Los pilotos y las azafatas corrían hacia el avión. Ni siquiera hicieron el aviso acostumbrado de abrocharse el cinturón. Cerraron la puerta y súbitamente esa nave azul y blanca como la bandera de Nicaragua se perdió entre las nubes sobre Managua. “Algo pasa”, me dijo Álvaro. “Mi papá me dijo que no había nada de qué preocuparse”, le conteste ufano y creyéndome mayor.

Un compañero de clase nos dijo dramáticamente: “Mira hacia el suelo, vos, que tal vez nunca volverás a ver a Nicaragua”. “Qué exagerado que es Jorge”, me dije mientras revisaba la revista de Pan Am para ver un mapa que me diría donde demonios se encontraba Filadelfia.

Al llegar allí, exhausto, caí en una rutina de colegio. Treinta ocho días después, vimos en el canal 6 de Filadelfia un programa de noticias que informaba que los sandinistas habían tomado las calles de Managua y que el resto del país los aplaudía. Yo miraba esas calles y la plaza frente a la Catedral de Managua y no lo creía. 

Mi tía Martha nos dijo algo que no se me olvida hasta la fecha y hasta hoy incluso me hace lagrimar. “Sus madres están en Guatemala, salieron de Nicaragua sin nada más que una maleta”. “¿Y mi papá?”, le pregunte en ese momento que pasé de ser un niño tonto a uno que creció de inmediato, “¿dónde está?”. “Creo que llega mañana”, dijo con la voz quebrantada. Ella no sabía dónde estaba su hermano, si vivía o no.

Fueron días largos. Pensé en mis abuelitas, mi abuelo, mi tía Engracia, mi casa, mi nana Adilia, hasta en el perrito Boogie que teníamos. ¿Cómo que dejaron la casa? Me enfurecí, lloré, me sentí solo. Mis padres finalmente llegaron a Filadelfia, me recogieron y decidimos embarcarnos en una nueva vida en San Francisco, luego en Miami. Un nuevo colegio, una nueva ciudad y así aprendí que las ciudades van y vienen, pero los sentimientos y la gente a tu lado son lo que cuenta.

Ya adulto viajé, viví en muchos lugares. Me convertí en reportero de televisión para el desaparecido Canal de Noticias NBC y luego para el Weather Channel y estaciones locales de la cadena Telemundo en San Francisco y Los Ángeles. Eventualmente regresé a Miami.

¿Y Nicaragua? Nada se me ha perdido allí, me dije por décadas. ¿Para qué regresar? ¿Para verle la cara a los sandinista que me robaron mi casa, mi finca y mi niñez? ¿Esos que mataron a mi tío Gonzalo? No, thank you, quédense con sus bienes mal habidos, con su comunismo importado de La Habana, me dije. 

La mayor parte mi familia tuvo la suerte de salir y por 39 años y medio no volví. Pero mi tío Julio, alguien muy querido para mí, mi padrino de confirmación, falleció en San Francisco y quería ser enterrado en Managua.

Me arrepentiré si no voy a su funeral, se lo debo por todo el amor que me dio en vida, porque fue como un segundo padre para mí, me dije. Y así, embargado de dolor, regresé a finales del 2018.

No reconocí nada, solo Las Mercedes, que tenía el mismo lobby, pero su fachada decía ahora “Aeropuerto Internacional Augusto C. Sandino”. Me pareció chocante. Qué me importa, total, solo voy a estar aquí cuatro días y me voy, me dije. Vine por tío Julio.

Afuera, en las calles de Managua reinaba el terror. Daniel Ortega y sus secuaces arrestaban y torturaban a estudiantes y a cientos de nicaragüenses de a pie que protestaban contra él y su mujer Rosario Murillo, contra su robo a mano armada del país. Una tarde, fui a un supermercado a comprar dulces nicas. 

La cajera me escuchó hablar, me quedó viendo fijamente y me dijo: “Usted no es de aquí”. No sabía qué contestarle, no sabía cómo resumir mi vida frente a una caja registradora: Nací aquí, viví la guerra y me fui exiliado a los 13 años, juré nunca regresar y veme aquí de luto, con un paquete de Frescavena en las manos, 40 años después. Pero nada, me oí responder: “No, no soy de aquí”.

Concluido el funeral, me volví a montar en otro avión con rumbo a Miami. Este no decía Pan American, solo American. Al despegar y ver Managua por la ventanilla, vi un país verde, lleno de recursos secuestrados, una tierra de lagos y montañas, de gente sufrida pero valiente bajo un cielo azul. 

Esta vez venía con mi hermana y otros familiares. Era un adulto, pero muy dentro de mí sentí a ese niño que había salido 40 años atrás y quien, al despegar esta vez, sí se puso a llorar.

Salvador Morales es un periodista nicaragüense. Ha trabajado para NBC News Channel, The Weather Channel, Telemundo, Univision y CNN en Español. 

Actualmente vive en Miami.

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