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martes, 30 de julio de 2019

La estrategia de las termitas.


Por Oscar-René Vargas / Las olas del mar crecen gradualmente, pueden ser de tamaño impresionante, alcanza un máximo y después se desvanecen. Tras una ola sigue otra y así sucesivamente. Las olas sociopolíticas no tienen la regularidad del mar. Pero en el presente y el futuro previsible es probable que tengamos nuevas olas sociopolíticas; las experiencias sociales vividas no se mueren, renacen.

A pesar de ser un país con mucha riqueza natural (minerales, recursos hídricos, bosques, una extensa costa en ambos océanos y suficiente superficie agrícola para alimentar a sus habitantes), más del 50 por ciento de la población se encuentra en condiciones de pobreza, el problema es la distribución de la riqueza es muy desigual.
Una riqueza combina, tanto activos físicos (inmuebles, automóviles, bienes del hogar y demás artículos que poseen los individuos), como los financieros (depósitos bancarios e inversiones financieras) distribuida de manera desigual.

Nicaragua es una sociedad donde predomina la inequidad, con un gasto público “desenfocado” que no promueve la equidad. La regresividad es producto de las transferencias fiscales a favor del gran capital. Los impuestos son reducidos y la capacidad de evadirlos por el gran capital, elevada.

En Nicaragua, el sistema tributario es ineficiente, genera una recaudación baja –lo que limita la inversión social-, mantiene muchos subsidios al capital y, en suma, es injusto.

En las últimas décadas (1990-2019), el sector bancario y financiero consolidó su dominio sobre la economía. Las transacciones y e inversiones se hicieron y se hacen cada vez más a la imagen y semejanza de la circulación del capital financiero.

El ciclo del capital productivo se fue subordinando cada vez más a los dictados de los intereses del sector bancario. Y las prioridades de la política macroeconómica se convirtieron en simple reflejo de las necesidades de los bancos y demás agencias del sector financiero.

Entre las medidas que constituyen la base del modelo económico adoptado por el régimen está la promoción indiscriminada a la gran inversión que ocupa un lugar privilegiado. La realidad se empeña a desmentir la idea de que cualquier inversión incentiva el crecimiento y la distribución de la riqueza.

El régimen estimula, autoriza y avala proyectos agroindustriales, mineros, madereros o habitacionales sin tomar en cuenta la incidencia negativa que puede tener sobre el equilibrio de los ecosistemas, la destrucción de los bosques, la contaminación de las aguas, las zonas de recargas de agua y las indeseables consecuencias derivadas de alterar las cosas.

Inseguridad, corrupción y represión del régimen frenan la inversión productiva, lo cual repercute negativamente en la inversión o gasto social.
La inversión o gasto social está sesgado en contra de la población con menos recursos, y, beneficia, principalmente, al 10 por ciento de la población más acaudalada, la que menos lo necesita.

La tasa de rendimiento promedio del capital ha estado en los últimos años por arriba del aumento del salario mínimo y de las remuneraciones medias nominales por persona ocupada. Por ello tenemos una creciente inequidad en la distribución del ingreso.

Hay una profunda inequidad en la propiedad de los activos que impacta negativamente en la distribución del ingreso. Más riqueza implica más ingreso y viceversa, principalmente entre aquellos cuyas percepciones provienen de la renta de la propiedad.

Las dictaduras de Somoza y de Ortega-Murillo fueron y son excluyentes y sus políticas han creado estados autoritarios fuertes que, además, tenían interés en evitar que la población se conocieran, se comunicaran y entremezclaran y, por el contrario, hacían de todo lo posible para convertir al vecino en enemigo potencial.

Para organizar a quienes la sociedad autoritaria y la ideología dominante hacen de todo para mantener como individuos aislados y opuestos a sus semejantes, es necesario partir de lo local, donde la gente se conoce bien e interactúa y donde tiene más seguridad y confianza en sí misma.

La casta gobernante está destruyendo sistemáticamente la economía del país; está aniquilando la flor y nata de la población y conduciéndonos hacia una catástrofe.
El régimen fomenta el oportunismo político de los políticos tradicionales que consiste en la adaptación pasiva al régimen y a la nomenclatura parasitaria.

Es claro que en el país permanecen las brutales injusticias sociales, la pobreza, el hartazgo, el aumento sin cesar de las desigualdades, se acabó la independencia de las instituciones, no se mejoró la vida de “los de abajo”, empobreció a sectores de la clase media y es evidente que el país vive inmerso en un mar corrupto.

El régimen Ortega-Murillo no transformó al Estado, se retrocedió en materia de derechos humanos, no avanzó en transformar el modelo productivo, hay ausencia de transparencia fiscal, muchas decisiones se concentran en pocas manos, se favoreció la concentración de la riqueza y; por esa razón, no es posible dar continuidad al actual modelo, es necesario un cambio de rumbo.

La lucha democrática contra la dictadura es una lucha laberíntica y compleja. Hay que partir de las grietas del régimen Ortega-Murillo, ensancharlas, sembrar en ellas, aplicar directamente soluciones a las pequeñas y grandes dificultades que se presentan en la lucha contra la dictadura.

A estas alturas, la apuesta más fiable del régimen apunta que quiere negociar directa y solamente con los Estados Unidos. Por el momento, es sólo una apuesta, un juego de figuración. Hay una asimetría entre el deseo y la realidad.

El nudo de lucha democrática consiste en cómo allanar el camino para la derrotar a la dictadura, cómo hallar un camino que se haga más fácil el triunfo de los movimientos sociales, cómo movilizar a las masas en cada momento concreto que permita el fin del régimen. Encontrar el puente que permita pasar del reflujo a la segunda ola social; ésa es la tarea.

No hay que olvidar que una de las claves del político reside en saber administrar correctamente los tiempos. Lo más importante de una negociación es escuchar lo que no se dice; para lograrlo es necesario: un análisis previo y una estrategia.

Como se sabe, la estrategia de las hormigas termitas se basa en su acción colectiva y coordinada, lo que les permite llegar a carcomer la estructura de una casa hasta tornarla inhabitable o provocar su derrumbe.

El reto de los movimientos sociales es actuar como las termitas, acción colectiva y coordinada, para derrotar a la dictadura.
 
El autor es sociólogo exiliado en Costa Rica.

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