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miércoles, 10 de julio de 2019

Los zigzags tácticos de la política y el cambio necesario.


Por Oscar René Vargas / En general, a partir de abril 2018 se inició una época política de virajes abruptos. Hay que aprender a seguirlos atentamente para no tropezar y romperse la cabeza. 

No debemos engañarnos; tenemos que evaluar la represión en toda su magnitud para emprender la larga y difícil obra de derrotar a la dictadura, según un plan táctico nuevo y sobre la base de una estrategia consensuada entre todos los movimientos sociales.

La historia política reciente atestigua que la Alianza Cívica no es nada sin los movimientos sociales. Al mismo tiempo, la experiencia demuestra que los movimientos sociales se han convertido en un obstáculo para el pacto político entre los poderes fácticos y el régimen.

La esencia de la política tradicional reside en su desconfianza hacia los ciudadanos insurrectos y su tendencia a remplazar la protesta de éstos en las calles por las maniobras desde arriba y los acuerdos tras bambalinas. Hay que estar claro que Ortega hará un compromiso sucio, y luego los engañará.

En la lucha política son inevitables los errores. Es posible cometer errores tácticos de detalles, pero nunca distorsiones estratégicas. En la Alianza Cívica no hay errores sino un sistema erróneo que imposibilita la elaboración de una política correcta para derrotar a la dictadura. Es decir, no se trata de errores empíricos aislados sino una política equivocada.

Todavía no podemos evaluar en qué medida los errores, zigzags y tácticas desacertadas han paralizado las energías de los movimientos sociales, combinado con las presiones del gran capital para favorecer una salida al suave.

Una línea política es el resultado de la presión del movimiento social, de las condiciones objetivas y el desarrollo de una lógica propia, para tener la capacidad de diferenciar lo importante de lo banal, lo circunstancial de lo permanente, al igual que la paciencia necesaria para crear las condiciones que permita la derrota del régimen.

Al no tener la Alianza Cívica una estrategia consensuada, cada uno de estos zigzags tácticos pueden empujar a sectores de los movimientos sociales al pantano de la indiferencia. Hasta ahora, siguen manteniendo su influencia social por la descomposición del régimen.

La Alianza Cívica tiende a utilizar frases jurídicas y morales, haciendo de ellas un rito, en lugar de analizar la realidad sociopolítica. Desvía la atención de la realidad hacia la ficción, de la lucha social hacia el juego electoral, del choque irreconciliable con la dictadura hacia un salón del INCAE.

Los representantes del gran capital en la Alianza Cívica tienen la obligación de afirmar con toda claridad y exactitud en qué concuerdan con los movimientos sociales y en qué disienten con ellos en la lucha por la derrota de la dictadura. No puede haber política consensuada, sin ideas formuladas en forma clara y precisa.

Algunos miembros de la Alianza Cívica repudian al orteguismo en privado, a la vez que siguen coqueteando con el régimen. Piensan que Ortega impide que el movimiento social los desborde, pues si se quiebra ese eje, todo el sistema puede caer a pedazos. En el fondo, ellos piensan que Ortega sigue siendo un factor de estabilidad para el sistema.

Impulsar la política de la preservación del equilibrio entre dos campos irreconciliables, favorece a la dictadura. No hay nada peor que el pensamiento formalista, que se detiene en el punto donde comienza el meollo de la cuestión.

El pensamiento formalista en lugar de hacer un análisis social-político-económico, repite criterios prefabricados y sustituye el examen concreto de la realidad por débiles palabras carentes de sentido práctico.

Afirmar que Ortega es demagogo, mentiroso y loco es cerrar los ojos para no ver el peligro de que pueda mantenerse en el poder. Se requiere algo más que histeria para conservar el poder, tenemos que estar claros que, dentro de la locura del régimen, existe un plan.

El pasado reciente ha demostrado con claridad que si hay mucho de fantástico y delirante en la política del régimen, eso no significa que Ortega sea incapaz de sopesar la realidad: su fantasía y su delirio se adecúan perfectamente a sus verdaderos objetivos políticos, aunque su discurso político sea una mediocridad realmente lamentable.

Es posible que las dificultades internas, la desocupación, desesperación y la ruina de la economía ha llevado a Ortega a acometer acciones prematuras que él mismo, al analizarlas fríamente, las considera perjudiciales, como las últimas decisiones de política económica.

En la política real hay que basarse no sólo en los planes del régimen, sino también en las complicaciones que pueden surgir de sus propias políticas.

El hecho de que la nomenclatura del régimen no sólo niegue los errores que condujeron a su derrota estratégica, sino que continúe negando la rebeldía sociopolítica de los ciudadanos al aferrarse a la ficción del “golpe de estado”, sólo sirve para agravar sus errores y llevar a la ruina al país. La cúpula del régimen se halla completamente desvinculada de las demandas básicas de la población.

La combinación de la fuerza paramilitar y la debilidad social real, explica el carácter extremadamente peligroso del régimen Ortega-Murillo y la gran necesidad de elaborar de parte de los movimientos sociales una estrategia tendiente a modificar la relación de fuerzas y lograr el objetivo de derrotar a la dictadura.

Ortega se ha visto obligado a construir un círculo íntimo dentro de la propia nomenclatura; es decir, un estrecho círculo de fieles incondicionales. Esta lógica lleva al régimen a socavar su propia base social. Con cada error de la política económica que comete, el régimen elimina a sectores enteros de su base social.

Cuanto más aprieta Ortega el torniquete más claramente aparecen las fisuras al interior de sus seguidores. El principal objetivo del torniquete es ahogar el disenso al interior del partido de gobierno dada las precarias condiciones actuales. La máquina represiva orteguista devora a sus propios creadores.

Es cierto que Ortega podrá violar tal o cual obligación de los acuerdos firmados. Pero no podrá tomar ninguna medida a gran escala para seguir violando los derechos humanos de forma abierta y flagrante. El régimen tiene que tomar en cuenta que se encuentra en el radar de la comunidad internacional y que nuevas sanciones lo debilitan aún más.

El pacifismo de Ortega (el discurso de amor y paz) no es una improvisación diplomática forzada sino un componente vital de la gran maniobra política destinada a neutralizar y/o cambiar la relación de fuerzas a nivel internacional y, también, sentar las bases para la estrategia de implicar a los partidos políticos comparsas en las futuras negociaciones sobre las elecciones adelantadas, que demandan la Alianza Cívica, la OEA, países europeos y EEUU.

Quizás algunos consideren que el cuadro que trazo es demasiado pesimista. Sin embargo, me limito a sacar conclusiones de los hechos aplicando la lógica del proceso objetivo. Vivimos un período de turbulencia sociopolítica, no es una época de paz, calma y prosperidad.

Es necesario avanzar, con estancamientos y retrocesos inevitables, por un camino plagado de innumerables obstáculos y de los remanentes del pasado. Es imperioso hacer una correcta evaluación del curso de los acontecimientos para tener una perspectiva clara para que los nuevos líderes sociales puedan actuar con mayor conocimiento de la coyuntura.

Todos los grandes períodos históricos parecen sombríos cuando se los mira de cerca. Se romperán muchos engranajes y palancas de la política tradicional. El país retrocederá por la represión y la recesión económica. Pero no dudo que las renovadoras fuerzas de los movimientos sociales encontrarán una salida para derrotar al régimen Ortega-Murillo.

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