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viernes, 30 de agosto de 2019

En política no basta con saber lo que uno quiere.


Por Oscar-René Vargas. Las marchas no buscan solamente sus interlocutores arriba, sino abajo. Con ellas se busca la propia afirmación, ver el propio número, la fuerza y dignidad de quienes participamos. Y se busca también que todo mundo se entere que ahí estamos… y que seguiremos estando.

No estamos ante una crisis circunstancial. Experimentamos el colapso de la etapa política del régimen Ortega-Murillo, el colapso sociopolítico del modelo corporativo, el colapso de todas las instituciones estatales subordinadas a la dictadura. La volatilidad de la realidad sociopolítica representa hoy un riesgo mayúsculo para la permanencia del régimen.

La etapa política Ortega-Murillo está terminando en un clima de inmensa violencia, en la que usan todos los recursos legales e ilegales en contra la protesta social, en la cual amplias capas de la población son identificadas como el enemigo.

Han creado una clase de personas que las consideran desechables: los campesinos. En los últimos meses decenas de campesinos están siendo asesinados impunemente en zonas alejadas, donde los asesinos son anónimos.

En política no basta con saber lo que uno quiere hacer, sino lo que está obligado a hacer. El gran capital ha sido el instrumento, guste más o menos, sobre el cual el régimen construyó su legitimidad social y política entre 2007 hasta abril 2018.

Dicho con más claridad, los delegados del gran capital están en un constante: convertir, sí o sí, al movimiento social insurgente en un aliado a sus intereses. No es nada personal, es político.

Si uno ve la línea de fondo, siempre ha sido la misma, el gran capital piensa que son los únicos capaces de superar la crisis del régimen y darle una nueva vida al sistema político-económico.

¿Cuál es la condición para hacer esto factible? Reducir, limitar y anular la autonomía social y política de los movimientos sociales. Esto, en muchos sentidos, ya se ha conseguido, al subordinar su liderazgo político-social al liderazgo empresarial.

Las próximas negociaciones van a estar encaminadas a convertir el liderazgo de los ciudadanos en una fuerza testimonial, que permita una salida al suave electoral.

Lo que viene ahora también es conocido: situar a los dirigentes de los movimientos sociales contra la pared bajo la amenaza de no contribuir a la unidad en unas elecciones generales anticipadas.

Si todo es tan razonable, si todo es tan de sentido común, ¿por qué el régimen no acepta ir a unas elecciones adelantadas, cuando, además, la Alianza Cívica no se la pone demasiado difícil?

El establishment local, el gran capital y los poderes fácticos, ya decidieron el cambio de camiseta. Sin abandonar por completo a Ortega-Murillo, privilegia la transición hacia la presidencia con un títere político al servicio de las elites dominantes.

A mi juicio, esto tiene que ver con razones que no se dicen, que no se explicitan y que están relacionadas con el futuro del país. El régimen persigue varios objetivos previos.

Lo primero, aprovechar la mala situación económica de la población para agravarla, profundizar su realidad para tratar de desorganizar la protesta de los movimientos sociales.

En segundo lugar, buscando que la solución de los problemas reales del país sea un gobierno títere de transición, que permita recomponer el eje del sistema político.
En tercer lugar, apuesta clara y nítida por un personaje alternativo títere, intentado convertirlo en el protagonista principal de una “salida al suave” electoral.

En cuarto lugar, reforzar la tendencia sociopolítica con nuevas formas y protagonismos que posibilite lo podríamos llamar un orteguismo sin Ortega.
Sin embargo, el ala dura del régimen, los paraestatales armados en contubernio con la policía y las turbas, sueñan con revertir los guarismos de abril o al menos mejorar la performance del oficialismo.

La estrategia de los paraestatales es hostigar, perseguir, recapturar, disparar, asesinar, inventar delitos y exterminar a los excarcelados que pueden convertirse en los nuevos líderes de la segunda ola de protestas sociopolíticas.

Controlar la salida de la crisis sociopolítica tiene importancia estratégica para los intereses de los grandes poderes económicos y financieros. Los poderes fácticos quieren una fórmula que les permita actuar de la manera más desinhibida posible.

La gran preocupación de los poderes fácticos es cómo evitar un colapso escabroso y repentino del régimen. Buscan cómo propiciar un compromiso de gobernabilidad a través de un gobierno fantoche, apuntalando la alternativa de un “orteguismo sin Ortega”.

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