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lunes, 5 de agosto de 2019

¿Y ahora qué sigue después de otro aborto del diálogo?


 Por Fernando Bárcenas. La dirección del país está en manos de alguien errático, que comete muchos errores, y que no tiene una estrategia porque se deja llevar por emociones cursis y por la falta de escrúpulos. 

El problema no radica únicamente en la autocracia, ya que, a partir del siglo XVIII, en muchas monarquías existió el absolutismo ilustrado, en el cual, las decisiones se adoptaban con el uso de la razón, y se difundía la cultura más avanzada. Incluso, aquí, el último Somoza, quizás el más cruel, modernizó profesionalmente el Estado.

Ortega da por terminado el diálogo.

El 19 de julio, Ortega respondió públicamente a la resolución de la OEA, aprobada en Medellín el 28 de junio, que le daba un ultimátum muy mal formulado, de 75 días, para que negociara con la Alianza Cívica las reformas electorales. No hay negociaciones –dijo Ortega, como si fuese una conquista- ni con la comunidad internacional ni con los negociadores nacionales; y no hay, tampoco, adelanto de elecciones. 

El único diálogo posible en las actuales circunstancias –agregó Ortega- es con los campesinos y pequeños productores, para impulsar las reformas electorales que sean necesarias de cara a las elecciones de 2021. Y dio una patada despectiva a la Mesa de Negociaciones, en la concentración de la plaza.

Luego, el nuncio, Waldemar Somertag, testigo por el Vaticano en la Mesa de Negociaciones, informó que recibió una carta firmada el 30 de julio por el canciller Denis Moncada, en la que el gobierno orteguista comunica a la Santa Sede que la negociación culminó (quiso decir, terminó) por la ausencia definitiva de la Alianza Cívica.
Obviamente, una negociación política no termina por tontería semejante, si lo que está en juego es la estabilidad de la nación, no las susceptibilidades y los caprichos personales. De lo que se trata es de evitar una agudización desastrosa de la crisis actual, por medio de cambios profundos oportunos. Lo que correspondía, si pensamos que en lugar de un individuo irresponsable al frente del país se encontrara alguien mínimamente razonable, es que en la plaza se esbozaran los cambios políticos necesarios para satisfacer las demandas legítimas de los ciudadanos.

De modo, que Ortega no sólo es incapaz de resolver la crisis, sino, que insiste en agravarla por intereses espurios personales de aferrarse de mala manera al poder, orillando al pueblo a profundizar la lucha para sacarlo del gobierno, como un obstáculo para la convivencia pacífica en la sociedad.

¿Qué obtuvo Ortega con los dos diálogos abortados?

El primer diálogo fue una maniobra militar de distracción. Los autoconvocados se ilusionaron que podían obtener sus reivindicaciones de democratizar el país dialogando. Les parecía que, con la insurrección pacífica, pero, de consecuencias trágicas para el pueblo víctima de la represión orteguista, habían logrado su objetivo, y marcaron el paso sin avanzar de sitio. 

Mientras Ortega, a la par que participaba en un diálogo burlón, sin pies ni cabeza, preparaba en serio su ofensiva paramilitar contra las barricadas defensivas en los barrios y en las carreteras de todo el país. Atacándolas una por una, con algunos miles de hombres armados hasta los dientes con armas de guerra, que actuaban como escuadras móviles. El resultado fue una carnicería terrible que sofocó en sangre la rebelión inicial, con 325 ciudadanos asesinados y 2 mil heridos.

La insurrección pacífica, improvisada, permaneció paralizada mientras Ortega ejecutaba la masacre durante más de dos meses de orgía paramilitar.
Esa masacre aisló a Ortega a nivel mundial, consiguió con ella que les impusieran sanciones económicas a sus más cercanos funcionarios, y que fuera objeto de una ofensiva diplomática para propiciar una apertura democrática en el país, por vía negociada (¡).

El segundo diálogo, auspiciado por los grandes empresarios para contener el deterioro de la economía (y de sus negocios), mediante un acuerdo con Ortega que se pudiera vender a la comunidad internacional como un arreglo satisfactorio para el pueblo, contaba con que las masas aceptarían salir de la escena política por efecto de la represión, y que delegarían sus demandas en la Alianza. 

La Alianza (dominada por representantes de las cámaras empresariales) se encerró con Ortega para alcanzar acuerdos secretamente, en los cuales, Ortega dictaba los términos que reafirmaban su modelo de gobierno absolutista, con llamados abstractos a la democracia. Lo que llevaría, supuestamente, a restablecer los derechos ciudadanos, pero, vía procedimientos burocráticos bajo control de Ortega (a los que llamaban protocolos).

En los acuerdos alcanzados, para que se pudiera ejercer algún derecho ciudadano se debía solicitar previamente la aprobación de los funcionarios orteguistas. En otros términos, en lugar de avanzar hacia la democracia, el pacto perfeccionaba el Estado burocrático policíaco. Por supuesto, algo olía mal en Dinamarca.

Dinámica agitativa o el fulcro de las protestas

Sin embargo, la demanda de libertad para los presos políticos se convirtió en el punto de apoyo (en el fulcro o soporte para el giro de la palanca, descrito en la Física), que es lo que en la antigüedad clásica demandaba Arquímedes para ejercer presión con la palanca y mover el mundo. La Alianza comenzó a ceder a la presión del pueblo, máxime después del asesinato, en las cárceles de la Modelo, del prisionero político, Eddy Montes. Y se levantó de la Mesa de Negociación exigiendo, junto a la población rebelde, la liberación efectiva de los presos políticos (ya que, en el próximo futuro, la Alianza va a necesitar cierta credibilidad de masas para jugar su propio rol político en las elecciones).

Ortega se halaba los pelos porque el tinglado de los acuerdos no le servía para nada. Y se encontraba, sorpresivamente, a la defensiva, impotente, sentado solitariamente en la Mesa de Negociación leyendo en voz alta salmos sin sentido. Había cometido tres errores: exigió a la Alianza, como precondición al diálogo, que pidiera el cese de las sanciones; no liberó a los presos políticos sino hasta el último momento (al término de noventa días); y asesinó en la cárcel, de un disparo de AK-47, a Eddy Montes.

Para Ortega, la Alianza dejó de ser el títere confiable, que había previsto al inicio del diálogo. Y percibió que la comunidad internacional agotó sus armas diplomáticas, dejando en evidencia lo poco que puede hacer, de carácter práctico, para ejercer una presión efectiva. Se limitaba a emitir resoluciones protocolarias ineficaces (que auspiciaban ilusamente la condescendencia de Ortega para aprobar, de buena fe, algunos cambios democráticos formales).

De modo, que Ortega dio por concluida esta etapa de diálogo en la que falló el hermetismo dictatorial, ya que la Alianza se mostró sensible a la presión popular que, a su vez, en lugar de delegar en la Alianza, terminó arrastrándola puntualmente a sumarse mediáticamente a la rebelión por los presos políticos.
Táctica orteguista.

Ortega busca, ahora, un nuevo títere a portada de mano, más confiable, a los que el pueblo desprecia abiertamente por su entreguismo y colaboración con la dictadura. A los que llama zancudos (porque chupan algún recurso del Estado a cambio de su colaboracionismo abyecto). 

De manera, que estos posibles interlocutores de Ortega resultan inmunes al descrédito político. A Ortega, que se zambulle y hace gárgaras en el desprestigio, le importa poco que estos socios suyos no parezcan honrados.
Con acuerdos electorales a su medida, opone hechos concretos, de facto, a simples resoluciones de condena en su contra. Con la intención que el pueblo se decepcione y opte por ausentarse de las urnas electorales, también en 2021. La previsión de este ausentismo no es del todo descabellada.

Toda la política gira, ahora, en torno a las reformas electorales. De ello depende, al parecer, ciertos cambios posibles en la correlación de fuerzas. Para Ortega, será como sumergirse en las aguas de la laguna Estigia porque, con un sufragio electoral viciado, obtendría una renovada impunidad a sus crímenes, y cierta neutralidad de la comunidad internacional luego de los resultados.

Dos tácticas

La Alianza, diseñada improvisadamente para negociar con Ortega, cuando se interrumpe el proceso de negociación siente que su respiración se vuelve agónica, como la del pez fuera del agua, y boquea espasmódicamente con la pupila dilatada.

La OEA trata de meterla en hielo para que agonice más lentamente, como se hace con los peces pequeños. Pero, la Alianza prefiere sobrevivir mutando su naturaleza, no tanto como para pasar de negociador a luchador, pero, como para convertirse en opción política electoral en cualquier circunstancia, cuando se dé el caso. Ese es su camino previsto en el árbol filogenético de la cadena evolutiva. Pasar, de negociador complaciente, un poco frustrado, a opción electoral tradicional.

En esta metamorfosis, propia de la política tradicional, la Alianza ha bajado su mano en silencio, un poco abatida, con la bandera que decía: ¡La única salida es la negociación! Y con la otra mano ha comenzado a alzar, a gritos, otra bandera que dice: ¡La única salida son las elecciones! En todos los casos, la única salida… sigue, indefectiblemente, sus propias mutaciones.

La otra táctica es la revolucionaria que, por hoy, aún no existe orgánicamente en la lucha de masas (y que por razones de espacio no se esboza en este artículo). Cabe señalar, sin embargo, que una táctica correcta, durante una crisis sin solución, se puede transformar rápidamente en un movimiento combativo de masas, por el realineamiento de los sectores sociales que provoca la crisis.

El autor es ingeniero eléctrico.

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