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martes, 19 de noviembre de 2019

La represión de Ortega tensa la relación con la Iglesia de Nicaragua.


Por Carlos Salinas/ El País - La tarde del lunes, cuando en las redes sociales se anunció que un grupo de mujeres iniciaría una huelga de hambre en la Catedral Metropolitana de Managua para exigir la liberación de los detenidos en el marco de la represión contra las protestas que exigen el fin del mandato del presidente Daniel Ortega en Nicaragua, la Policía creó un cerco alrededor del templo y decenas de simpatizantes de Ortega irrumpieron con violencia y agredieron a un sacerdote y una monja.

La Iglesia catalogó el incidente de "profanación" y a través de un comunicado exigió a Ortega que "tome acciones inmediatas" para que se respeten todos los templos católicos del país y ordene a la Policía "que retire sus tropas que asedian e intimidan" a la feligresía. 

El incidente de la Catedral muestra la tensión en las relaciones entre la Iglesia y el Gobierno, que ha acusado a los sacerdotes de instigar lo que ha denominado un intento de golpe de Estado en su contra, desde que estallaron las protestas en abril del año pasado.

El asedio se recrudeció el fin de semana, después de que Ortega dijera con relación a la crisis de Bolivia que la "vía electoral" se había agotado y justificó el uso de las armas "para tomar el poder por la vía revolucionaria". Parroquias fueron sitiadas por la Policía en varias partes del país y atacadas a pedradas por simpatizantes de Ortega.

El régimen se ha ensañado en específico con una: San Miguel Arcángel, localizada en la rebelde Masaya, donde 14 personas mantienen una huelga de hambre acompañadas por el párroco, Edwin Román, quien ha mantenido una posición activa a favor de los manifestantes desde el inicio de la crisis. Ortega ordenó el corte de los servicios de agua y energía y ha arrestado a 13 personas que intentaron llevar ayuda. El cerco cumplió seis días este martes.

Misas, peregrinaciones y otros actos religiosos son espacios en los que la gente muestra su repudio al régimen en Nicaragua. Los sacerdotes se han expresado contra la represión y las violaciones de derechos humanos y en los momentos más duros de la crisis han arriesgado hasta su integridad, como ocurrió en Sébaco, al norte de Nicaragua, cuando monseñor Rolando Álvarez cargó una imagen y recorrió las calles en medio de las balas. O cuando los obispos se trasladaron a Masaya, tomada por grupos ilegales al mando de Ortega, para evitar una nueva masacre. "La entrada de los obispos es una épica de niveles medievales", asegura una fuente cercana a la Iglesia.

Son acciones que el mandatario no perdona. Ortega había dado guiños a la Iglesia para hacerse con el favor de los curas. Hizo que su partido, el Frente Sandinista, votara en 2006 por la penalización total del aborto, lo que le acarreó duras críticas de organizaciones feministas y grupos de la izquierda latinoamericana y europea. 

En 2005 accedió a casarse por la iglesia con Rosario Murillo, su compañera de vida, en una ceremonia liderada por el entonces cardenal Miguel Obando, su archienemigo en la década de los ochenta, reconvertido luego en su aliado hasta su fallecimiento, en junio de 2018.

"Él apostó a Obando y su influencia en el clérigo, incluyendo a los obispos, para hacerse con los favores de la Iglesia", explica la fuente cercana al catolicismo nicaragüense. "Pensó que, con el actual cardenal, Leopoldo Brenes, podría hacer lo mismo, que lo podría tener de su lado. Nunca se imaginaron que la jerarquía iba a ser sensible a los esencial: la vida de la gente".

Los obispos intentaron mediar el año pasado para hallar una solución a la crisis, organizando un diálogo entre el régimen y la opositora Alianza Cívica —que reúne a estudiantes, empresarios, campesinos, feministas—, que fracasó por la negativa de Ortega de impulsar reformas electorales. Los analistas consultados afirman que Ortega y Murillo "están desconcertados, porque pensaron que la Iglesia está dividida".

Un sacerdote lo define a EL PAÍS de esta manera: "Ven en la Iglesia un adversario por la confianza que la gente tiene en ella y por ser una instancia crítica, que desenmascara no solo la 'religiosidad' ecléctica del régimen, sino también sus injusticias y mentiras. La reacción de la Iglesia no ha sido revanchista ni con odio, pero sí firme y clara. El pueblo, sobre todo la gente más pobre y sufrida, se siente consolado y respaldado por la Iglesia en lo que parece la fase terminal del régimen".

La Iglesia nicaragüense se ha convertido en una cantera de oposición a Ortega y, de mantener esta postura, el asedio del régimen podría continuar, lo que puede tener consecuencias negativas para un mandatario que se aferra a la violencia para sostener su poder, coinciden analistas. "Los atentados a la Iglesia unen más a los católicos. 

Ortega ha perdido a sus tres aliados: la Iglesia, los empresarios y Estados Unidos, que le garantizaban estabilidad. Por eso ha organizado una política de venganza que es totalmente insostenible. Ortega está atrapado en su propia trampa".

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