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domingo, 10 de noviembre de 2019

Los errores de la oposición.


Por Kenneth Dawtrey / Presento a continuación lo que considero son los cuatro principales errores de la oposición, que en la actualidad están trabando la lucha contra la dictadura. Los señalo con el fin de que se corrijan, y se adopte el rumbo correcto.

Primer error.

En el pasado, la oposición estuvo aferrada demencialmente a una salida de la dictadura a través del diálogo con el dictador. Esta posición era secundada por los principales medios de comunicación, por la iglesia y por la comunidad internacional. 

Este aferramiento y esta obsesión con un diálogo imposible, que yo critiqué en su momento,  se mantuvieron hasta que el dictador puso fin al diálogo de manera unilateral y abrupta. Fue hasta ese momento en que “se reventó la burbuja”, y  se comprendió que la esperanza en el diálogo había sido sólo una fantasía sin fundamento.

De no haber sido por esa decisión del dictador, de suspender el diálogo, podemos estar cien por ciento seguros de que la Alianza Cívica nos seguiría predicando y  asegurando que el diálogo no sólo era viable, sino que era también la única salida a la crisis.

El aferramiento al diálogo, como única estrategia de lucha, fue un craso y costoso error. Se descartaron todas las otras opciones, y se impuso una ciega adhesión a una esperanza vana.

Todas las otras tareas se descuidaron. Es por eso que hasta ahora se está trabajando, retrasadamente, en la tarea de buscar la unidad, lo cual debió hacerse desde el principio.

El hecho es que la Alianza Cívica, nombrada por el clero, se sintió en su momento como única voz autorizada de la oposición. Eso los llevó a caer en el “pecado” de engreimiento y prepotencia, lo cual es lamentable.

Podemos decir entonces que el aferramiento al diálogo, como una opción exclusiva, funcionó en la práctica como una “cortina de humo”.

Hoy en día, ha surgido una nueva “cortina de humo”, que son las reformas constitucionales y electorales, las cuales tienen carácter cosmético.

La situación es grave. Estamos de nuevo cayendo en el mismo error, que consiste en aferrarse a  una nueva utopía. Las muy cacareadas elecciones pueden ser vistas como una utopía, ya que la presencia de la dictadura no las permite.

Tenemos, por lo tanto, que contemplar también otros escenarios, para que nuestra estrategia pueda cubrir todas las eventualidades posibles. 

Tenemos que contemplar, por lo tanto una salida “rupturista”, y no sólo una salida “legalista”. Hay que comprender que  “derrocamiento de la dictadura” no significa lo mismo que “celebración de elecciones”.

Se nos ha querido vender la idea de que “derrocamiento de la dictadura” y “celebración de elecciones” son sinónimos. Pero eso es falso.

Esta insistencia obsesiva y exclusiva se debe a que la salida legalista beneficia a los sectores (burguesía y políticos de carrera) que controlan a la oposición colegiada (la Alianza Cívica y la UNAB). Pero eso no significa que esa salida sea  necesariamente la única.

Lo que urge, desesperadamente, es librarse del dictador, que nos está asesinando. Y no podemos aferrarnos a la vía electoral, ya que, en las actuales circunstancias, esta resulta inviable. En otras palabras, es una quimera.

 Hace falta, otra vez más, tener una visión más amplia, y contemplar otras alternativas. Es decir, como todo buen estratega, debemos contemplar diversos escenarios.

La alternativa rupturista, que a muchos les asusta, no significa el caos, ni la anarquía.  En ciertos casos, resulta la mejor opción para garantizar un relevo o una transición pacífica en el gobierno.

El vehículo para la salida rupturista es la Junta de Gobierno Provisional. De hecho, ese tipo de relevo ya se ha dado antes en Nicaragua (con la Junta de Gobierno de Reconstrucción Nacional, que instauraron los sandinistas a inicios de los años noventas).

 También se han dado exitosamente las juntas de gobierno transicional en otros países, donde estas entidades se establecieron tras el triunfo de un movimiento de lucha cívica.

Aun si no somos partidarios de una salida rupturista, debemos reconocer que es una posibilidad. En una salida rupturista, burgueses y politicastros perderían sus privilegios. Ellos buscarán, por lo tanto, negarla y descalificarla, de manera apriorística. De hecho, ellos ya lo están haciendo.

Sorprende la gran unanimidad que existe alrededor de esa idea, tomando en cuenta que es descabellada.

Segundo error.

Este error consiste en permitir que la burguesía y los políticos de carrera asuman el liderazgo de la oposición colegiada.

Esta situación resulta casi inevitable, ya que los demás miembros de esas estructuras, tanto en la Alianza Cívica como en la UNAB, son neófitos en política. Lo más grave del caso es que los empresarios son aliados solapados de la dictadura.

 Ellos hacen una “labor de zapa”, negándose al paro indefinido, y bloqueando también solapadamente las sanciones económicas de los Estados Unidos.

Los políticos de carrera, por otra parte, están ansiosos de ocupar cargos públicos, y subordinan todos sus movimientos y  sus acciones a ese objetivo.

La solución a este problema consiste en consolidar un movimiento, al interior de la oposición, para resistirse al liderazgo de esos dos sectores mencionados, los cuales forman una mancuerna y actúan al unísono.

Es fundamental que entendamos esto, que es axiomático: los empresarios están dispuestos a sacrificar al pueblo en aras de su capital, como ya lo hicieron en el pasado. En cambio, los politicastros están dispuestos a sacrificar al pueblo en aras de conseguir una sinecura o un curul, como siempre lo han hecho.

Enfrentamos, por lo tanto, una tarea difícil, pero realizable, a través de la presión que puede ejercer la población opositora, mostrando su apoyo a los sectores que son afines a sus intereses.

Es admisible, en estos casos, que la oposición esté conformada por elementos heterogéneos, y con agendas distintas. Pero debe garantizarse que los intereses del pueblo no sean traicionados.

En estas circunstancias, no se debe permitir que el miedo al divisionismo nos impida “separar el trigo de la paja”.

Por el momento, debemos acaso resignarnos a que nos dirijan los “expertos”, pues ceder el liderazgo a los neófitos es imposible.

Pero los campesinos, estudiantes, y sectores de la sociedad civil que están dentro de la Alianza Cívica y de la UNAB deben estar alertas y conformar un “bloque cívico”.
La función de ese “bloque cívico” sería ejercer una labor de control y de fiscalización sobre los sectores más volátiles y menos confiables. Ellos deben estar “ojo al Cristo”, para evitar cualquier desviación. Ellos tienen una delicada misión, pues son los garantes de que el movimiento de liberación no se vaya al traste.

Es admisible que haya diversas “facciones” al interior de un movimiento político. Lo que no es admisible es que haya “traidores a la causa”. Es decir, que no podemos permitirnos el lujo de “tener  alacranes en la camisa”. 

Los sectores populares dentro de la oposición colegiada deben estudiar afanosamente nuestra historia reciente y la teoría política, y prepararse para asumir un “rol protagónico”, cuando se presente una coyuntura que lo exija.

Cualquier precaución o salvaguarda que se tome a favor de la democracia siempre resultará insuficiente.

 Es admisible pues, en las actuales circunstancias, que la oposición funcione dentro de un esquema menos que ideal, en el cual hay aliados heterogéneos. Esto genera diversas tensiones al interior de la misma, que amenazan con desgarrarla en cualquier momento.

Curiosamente, lo que da cohesión a ese movimiento es la represión de la dictadura. Al cerrarle todos los espacios para ejercer sus derechos fundamentales, el régimen obliga a la oposición a unirse, para garantizar su sobrevivencia. Es de temer que, si la represión disminuyera, los diversos sectores volvieran a sus antiguas querellas internas. Pero la unión de los opositores a la dictadura es viable, como lo demuestra el precedente de la Unión Nacional Opositora, que llevó al poder a doña Violeta en 1990.

Pese a las dificultades existentes, debemos respaldar el  movimiento a favor de una mega-coalición opositora. Pero teniendo siempre mucha cautela, para evitar que nuestra lucha sea tergiversada. O que desemboque en un nuevo y detestable “pacto entre las cúpulas”.

Tercer error

Existe, entre los líderes de la oposición, una profunda confusión sobre la naturaleza de la relación entre la oposición local y la comunidad internacional.

Hablando en un programa radial, el 8 de noviembre, la señora Violeta Granera afirmó que “nadie va a venir de afuera a salvarnos” Y también que la comunidad internacional sólo desempeña  tan solo un rol de “acompañamiento” en la lucha por nuestra liberación.

Lamentablemente, este discurso no es nada nuevo. Lo habíamos oído antes de la boca de Vilma Núñez y del obispo Silvio Báez. Incluso, lo había  empleado también José Adán Aguerri, de manera vociferante, cuando despotricó contra los Estados Unidos, a nombre del COSEP, al anunciarse  por primera vez el proyecto de aplicar la Nica Act, en el año 2017.

Curiosamente, ese discurso de la oposición a favor de la autonomía y la autosuficiencia coincide con el discurso de la dictadura.

Esa coincidencia, obviamente, debe ser objeto de preocupación. Si el enemigo coincide con nosotros en algo, eso es una mala señal.

Es absurdo decir que nosotros vamos a resolver solos nuestros propios problemas. La historia de Nicaragua refuta a quienes dicen eso.

Lo cierto es que nunca hemos podido resolver nuestros problemas políticos por nuestros propios medios. Siempre hemos necesitado que intervengan otros países y otras agencias foráneas.

Esto se viene dando, por lo menos, desde los tiempos de William Walker. Ese filibustero fue traído por una facción política local, y para sacarlo debieron involucrarse otros países centroamericanos.

En nuestra historia reciente, ese patrón se repite una y otra vez, y ahora se ha confirmado de nuevo.

Para librarnos de Somoza, intervinieron otros países. En la primera dictadura sandinista, tuvieron que darse los acuerdos de Esquipulas y Contadora, con participación de otros países centroamericanos.

Pero, básicamente, quienes se han involucrado más, son los Estados Unidos.  Hay que reconocer que, como dijo un político bastante cínico, “los gringos siempre nos han sacado las castañas del fuego”.

En las actuales circunstancias, nuestras mayores esperanzas están puestas en la intervención de los Estados Unidos. Contrario a lo que dice, temerariamente, Violeta, el rol que juega la comunidad internacional no es secundario, sino protagónico.

Sin el apoyo de nuestros amigos foráneos, la oposición local está virtualmente en la más absoluta impotencia.

La razón de esto es sumamente simple. Estamos intervenidos por otros países, como Rusia, Cuba y Venezuela. Se requiere, por lo tanto, de una poderosa contra-intervención, para contrarrestar y neutralizar la influencia de esas potencias nefastas.

Existe, como dice el politólogo Carlos Sánchez Bersaín, una mafia internacional, de crimen organizado, conformada por países bajo dictaduras pseudo-socialistas. Tenemos que ver el caso de Nicaragua dentro del contexto de la geopolítica regional.   Ese es un enfoque que ha promovido, acertadamente, la connotada lideresa Irlanda Jerez.

Pretender luchar solos contra esa mafia internacional revela una mayúscula ingenuidad, que resulta inverosímil en una persona con experiencia en la arena política,  como lo es Violeta Granera. Ella, como todos sabemos, tiene “muchas millas recorridas”.

Pero el asunto no acaba ahí. No sólo tenemos que reconocer el papel determinante de la comunidad internacional.

 Debemos señalar también que la única posibilidad de vencer a la dictadura es a través del “efecto tenaza”. Esto quiere decir que la oposición local y nuestros aliados foráneos (encabezados por Estados Unidos) debemos actual como un formidable “one-two”.

No hay absolutamente ninguna esperanza para nuestro movimiento si no vemos las acciones locales y las acciones de nuestros aliados del exterior como un esfuerzo mancomunado.

Minimizar la importancia del apoyo externo es contraproducente.

Tampoco es aceptable, como hizo Carlos Tunnermann, lavarse las manos, diciendo que las sanciones dependen de la voluntad de los Estados Unidos, y que nosotros no tenemos nada que ver con eso.  Esas declaraciones son absurdas.

La verdad es que nosotros tenemos que suplicarle a los Estados Unidos, para que nos ayuden a detener a una dictadura que nos está matando. Sólo un poder superior detiene a un poder desenfrenado y brutal.

Cuarto error

El cuarto error consiste en negarse a ver que nuestra historia tiene carácter cíclico.
Esto no tiene nada de mágico ni de sobrenatural. Nuestra historia se vuelve cíclica debido a que estamos atrapados dentro de un fenómeno detestable, que es el caudillismo recurrente. Nos libramos de una dictadura sólo para que se instaure luego otra igual, o incluso peor.

En la actualidad estamos luchando por destruir el ciclo presente y también por destruir, simultáneamente, el “ciclo de la ciclidad”. Por eso dije antes que las reformas constitucionales y electorales propuestas son cosméticas. Porque no toman en cuenta este factor crucial.

El fenómeno de la historia cíclica pareciera ser exclusivo de Nicaragua. En ningún otro país centroamericano se ve este caudillismo recurrente de una forma tan marcada. La historia cíclica puede verse, sin duda alguna, como una maldición. Pero, desde un punto de vista cognitivo o cognoscitivo, el carácter cíclico de nuestra historia política nos sirve de guía para la acción. Como dijo un agudo observador extranjero: “Podemos conocer el futuro de Nicaragua estudiando su pasado”.

Las lecciones de nuestra historia política reciente deben ser, por lo tanto, estudiadas y asimiladas. Hay que conocer, en particular, la forma en que nos libramos de la dictadura de Somoza Debayle en 1979, y de la primera dictadura sandinista en 1990.

La familiaridad con esos episodios históricos nos permitirá extraer lecciones aprovechables, que pueden ser creativamente utilizadas para diseñar las estrategias a aplicar dentro de la lucha actual.  Espero que estos señalamientos sean tomados en cuenta por los actores políticos involucrados, a fin de mejorar las posibilidades de éxito en contra de la dictadura.

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