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jueves, 26 de diciembre de 2019

El camino sinuoso de la transición.


En Nicaragua un manotazo desensilló al «amo» el 18 de abril del 2018. En ese instante primigenio el fervor de los acontecimientos contagiaba al más indiferente de los ciudadanos. Sin duda, el desafío al «poder» en el país era previsible, pero lo acontecido superó con creces la mejor de las predicciones. 

Ese día, no sólo hizo aguas el modelo hegemónico del Frente Sandinista, sino toda la clase política, que en nuestra historia reciente se ha mostrado incapaz de resolver los desafíos más apremiantes de la sociedad nicaragüense.

El estallido social que ocurrió hace más de un año en el país dejó una estela de luto y dolor en las familias nicaragüenses, una economía en cuidados intensivos y un régimen desnudo. 

El elevado costo humano solo muestra el nivel de fragilidad de las bases del modelo político del régimen Ortega Murillo. Ante el socavamiento de sus alianzas, de sus bases y de su legitimidad, la coerción ha sido su único escudo «efectivo». La cúpula gobernante sin embargo, sabe mejor que nadie que esa es una sensación efímera y que el daño ya está hecho.

Las transiciones desde regímenes autoritarios en América Latina ha sido la «cuestión fundamental» de las últimas décadas. El camino de la democratización siempre es complejo, contradictorio, de avances y retrocesos, requiere tiempos de presión y momentos de negociación. 

Por lo tanto, su culminación es relativa y depende de múltiples factores externos como internos. Los procesos que se construyen colectivamente tienen estas características; los actores que participan siempre son heterogéneos, disímiles, incluso antagónicos y nuestro país no es la excepción.

Las experiencias de las transiciones en la región indican que por más represivo o autoritario que sea el régimen, las salidas negociadas que conducen a elecciones han sido las más exitosas. 

En este camino, los avances son paulatinos, se ganan posiciones, se promueven movilizaciones, se tejen alianzas, se aumenta la base de apoyo, el nivel de organización, es decir, se trabaja dentro de las condiciones existentes, sin generar falsas expectativas o sin dejar de considerar la fuerza del adversario.

Durante la celebración del plebiscito chileno de 1988 convocado por Pinochet, los debates en el seno de la oposición fueron intensos. La decisión de participar en esas elecciones se basó en el argumento que había que cuestionar al régimen dentro de sus propias normas. 

En el caso de Brasil, la decisión de la oposición de participar en las elecciones «indirectas» de 1984, aún convocadas bajo las reglas del régimen militar llevó a la victoria de Tancredo Neves, el primer presidente civil en época de dictadura. No se trata pues de negar la oprobiosa realidad existente, sino de no ceder ningún espacio político.

En este sentido, el debate que hoy se da en la oposición del país entre los «maximalistas» y los «pragmáticos» adquiere una gran relevancia. Los primeros apuestan por la consecusión de todos los deseos o demandas, a una caída estrepitosa del régimen, a una excesiva idealización de «la calle» y a procesos de negociación entre sus afínes ideológicamente. 

En el segundo caso, se privilegian las alianzas entre los sectores claves del país, en mantener abiertos los canales de negociación con el régimen y la búsqueda de condiciones mínimas para lograr una «salida electoral».

No se trata de señalar quién lleva razón y quién no, sino de mostrar que es deseable la existencia de estas posturas, siempre y cuando tengan la intención de conciliarse eventualmente. 

La construcción de una coalición opositora amplia debe pasar por un proceso de depuración natural, que no implica una exclusión dirigida sino la incompatibilidad de la transición con posturas inflexibles, que terminen por frenar los avances conseguidos y quebrar las esperanzas de la ciudadanía.

En el caso de las concesiones que el régimen Ortega Murillo ha otorgado, una buena parte de ellas han sido por la presión en las calles, otras por las estrategias conjuntas de una oposición unida e institucionalizada. 

Pero las que más han despojado de su legitimidad al actual gobierno han sido fruto de sus propios errores, de sus torpezas políticas y de su comportamiento criminal. Algunas veces, la oposición parece olvidar la capacidad que posee de capitalizar en su favor estas concesiones gratuitas.

La complejidad de la transición nicaragüense radica en la naturaleza de la oposición al régimen. En todos los demás casos de América Latina, estos procesos los llevaron a cabo líderes y partidos políticos existentes, en algunos casos hasta ilegalizados. En el caso de Nicaragua, los partidos políticos tradicionales no tomaron parte en la etapa de protesta ni en las negociaciones existentes. 

La oposición agrupada en la Alianza Cívica o en la Unidad Nacional son «disidentes» de las estructuras partidarias clásicas, han pertenecido a Movimientos Sociales, estudiantiles, ONG’s, Gremios Empresariales o Sindicales. Con excepción del «sector empresarial», la mayoría no formaba parte del modelo corporativo que existía en el país.

La experiencia de América Latina demuestra que no hay caminos únicos cuando se trata de salir de un régimen autoritario o dictatorial. Los contextos concretos determinan las estrategias a seguir. 

El denominador común es que los gobiernos autoritarios renunciaron al poder cuando entendieron que esa era la única manera de evitar consecuencias catastróficas para sus propios intereses. En Nicaragua, ese momento aún es incierto pero previsible.

El estallido social de abril de 2018 abrió el camino para la democratización de Nicaragua. Sin embargo, nunca las movilizaciones generan por sí mismas los cambios políticos necesarios. Hoy estamos en una etapa diferente, que requiere la misma valentía pero también un enorme desafío; el de convencer que mirar hacia el futuro, es decir, hacia un país más democrático, estable, incluyente es un deseo impostergable. 

Por eso, el mejor homenaje a las víctimas de este doloroso proceso es garantizar que por los votos y no por las armas, la democracia es posible.

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