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sábado, 28 de marzo de 2020

La normalidad de Ortega.


El régimen de Daniel Ortega promueve una aparente normalidad a pesar de que ya se registran cuatro casos de COVID-19, y un muerto por esta causa. Sin embargo, los 23 nietos de la pareja presidencial fueron sacados del colegio.

Nicaragua es un país extraño en tiempos del COVID-19. Mientras en casi la totalidad de países de América se han cerrado las fronteras, prohibido las concentraciones de personas y ordenado cuarentenas obligatorias, en Nicaragua todavía se ve a los niños llegando con sus uniformes azul y blanco, sin mascarillas, a las aulas de clases.
Atenido a la baja incidencia oficial hasta ahora del COVID-19, el gobierno de Daniel Ortega se ha negado a suspender las clases en escuelas, colegios y universidades públicas, a pesar de las advertencias de los especialistas que temen que la enfermedad se esté propagando silenciosamente y estallará en cosa de días.
El Ministerio de Educación reunió a los directores de colegios privados para explicarles las formas de trabajar ante la amenaza del COVID-19. (Tomado 19 Digital)
“Yo estoy muy preocupado”, dice el doctor Ernesto Medina, ex rector de la Universidad Americana (UAM) y experto en Educación. “Hemos visto las diferencias entre los países como Corea del Sur que reaccionaron rápido con el distanciamiento social, con prohibir las concentraciones de gente, cerrar espacios públicos, y han tenido un crecimiento controlado de la epidemia, frente a los países como Italia, España o Estados Unidos, que comenzaron a tomar medidas, y sin mucho convencimiento, ya tarde”.
 “Nicaragua es el único país del continente que no ha suspendido clases después de los anuncios de suspensión de Cuba y México”, escribió recientemente en Twitter, José Adán Aguerri, presidente del Consejo Superior de la Empresa Privada (Cosep) en Nicaragua.
Consultado por Infobae, Aguerri dice que el Cosep está monitoreando “seis medidas” en la región centroamericana, donde la principal es la prohibición de eventos masivos, y otras son suspensión de clases, restricción de la circulación de la población, cierre total o parcial de fronteras, y suspensión total o parcial de vuelos.
“Tiene que ver con el sentido común”, dice el líder empresarial. “Hemos visto actuar a todo el mundo. Hay que evitar las concentraciones masivas, no seguir promoviendo eventos masivos, y no me refiero al empleo informal, sino a esos eventos que invitan a divertirnos, ir a la playa, las carretas peregrinas, a pesar de que la Iglesia dice que hay que evitarlas”.
Aguerri se refiere a una tradicional peregrinación que se celebra todos años en Nicaragua en vísperas de Semana Santa. Se trata de cientos de carretas haladas por bueyes que salen cargadas con feligreses desde diferentes pueblos del pacífico del país hacia el santuario de Popoyuapa, Rivas, a 110 kilómetros de Managua. El viaje dura varios días. Este año la Iglesia católica canceló las actividades para evitar la aglomeración de personas, pero la alcaldía de la ciudad de Granada, afín al partido de gobierno, decidió impulsar por su cuenta la peregrinación que ahora mismo se dirige al santuario.

Existe un deliberado esfuerzo gubernamental de transmitir un ambiente de normalidad en Nicaragua, a pesar que esta semana se registró el primer muerto por COVID-19 y se pasó de dos a cuatro casos confirmados oficialmente. Especialistas como el epidemiólogo Álvaro Ramírez pronostican que en un par de semanas el COVID-19 podría alcanzar hasta el 70% de la población y los hospitales se empezarán llenar con pacientes con neumonía.
Si como gobierno, los Ortega Murillo marchan en dirección contraria a las recomendaciones de la Organización Mundial de la Salud (OMS), como familia parecen seguir las indicaciones al pie de la letra. A Daniel Ortega, 74 años, no se le ve ni se le oye desde el 21 de febrero pasado cuando participó en un acto militar. Rosario Murillo habla diariamente por teléfono en los medios de gobierno, pero ha dejado de asistir a actos públicos, y los 23 nietos de la pareja presidencial fueron sacados del Colegio Alemán, dos días después de que se registrara el primer caso de COVID-19 en Nicaragua.
El discurso oficial, en tanto, se centra básicamente en tres mensajes: uno minimizar la amenaza para no crear alarma; dos, asegurar que el sistema de salud nacional está preparado para enfrentar la epidemia; y tres, reclamar un voto de confianza para la familia gobernante, Daniel Ortega y su esposa Rosario Murillo, con una suerte de fe religiosa: “Estamos en sus manos y ellos saben lo que hacen”.
“Lo importante de todo esto es que somos un país organizado. Nuestro modelo, nuestro comandante (Daniel Ortega) y la compañera (Rosario Murillo) nos han enseñado a ser organizados en nuestros barrios, nuestros colegios”, dijo Erika Calero, delegada del Ministerio de Educación en el Distrito III de Managua, en un taller con profesores de escuelas públicas, donde se trasmitían las indicaciones del gobierno para protegerse de la epidemia.
En un video grabado por un estudiante, y que circuló profusamente en redes sociales, se ve al diputado sandinista Mario Valle, presidente de la junta directiva de una universidad de Managua, minimizar la amenaza del COVID-19. “A los niños les puede dar, claro que les da, pero ni siquiera se dan cuenta. Todo hace indicar, los estudios de inmunología, a la inmensa mayoría de ustedes les va a dar, tarde o temprano les va a dar, pero no les va a hacer nada. A lo más les va a dar dolor de cabeza, calentura tal vez, algún catarro cuando mucho”, dice mientras arenga a los estudiantes reunidos en una cancha deportiva.
Otros operadores del régimen de Ortega han ido mucho más lejos, al asegurar que esta es una enfermedad de ricos. “El coronavirus es el ébola de los ricos y de los blancos. Se les salió de control, jamás esperaron que ocurriera esto y se están muriendo los ricos, muchos ricos han muerto incluyendo el ex presidente del Real Madrid”, dijo William Grigsby, director de la progubernamental radio La Primerísima.
“Decirles a los jóvenes que no tienen que tomar ninguna medida especial porque no serán afectados por este virus ni los jóvenes ni los niños es una soberana mentira, que puede estar tras la decisión de no cerrar las escuelas”, señala el doctor Medina.

“Aquí se ha estado llevando a niños a recibir con besos y abrazos a los turistas de los cruceros, llevaron a niños a saludar a los policías sancionados, los llevan a las movilizaciones que han estado haciendo, promueven actividades para niños en el (parque) Salvador Allende”, agrega molesto.
Sin embargo, dice que la población está haciendo lo suyo para protegerse. “Dichosamente los padres han estado reaccionado. En Kukra Hill, visitamos un centro de desarrollo infantil y prácticamente no tenía estudiantes, y las maestras nos dijeron que los padres no están enviando sus hijos a la escuela”, señala.
“Los padres están tomando medidas, pero imagino la gran confusión que tienen porque no saben qué va pasar con los niños, porque las escuelas siguen avanzando en el desarrollo de los programas. En las universidades la cosa es peor porque a los muchachos los están amenazado con quitarles la beca, suspenderles la matrícula si no se aparecen a clases”, dice.
“Tienen que suspender las clases”, insiste Medina. “Aquí vamos a tener una explosión. El problema es que mientras no se den cifras reales, mientras no se estén haciendo exámenes masivos, silenciosamente el virus se sigue expandiendo, hasta que llegue un momento que sea imposible no dar información”.

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