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lunes, 2 de marzo de 2020

Ernesto Cardenal en siete pistas y tres libros.


Por Juan José Tamayo / Teólogo y poeta, místico y político, sacerdote y profeta, nicaragüense y ciudadano del mundo, monje y revolucionario, militante y esteta, solidario y solitario, comunista y evangélico, cristiano y marxista, creyente y anti-idolátrico, de este mundo y de otro. 

¿Tan contradictorio era Ernesto Cardenal? ¿Tantas caras y tan diferentes tenía? No. En su persona estas dimensiones estaban en sintonía, sin aristas, al menos visiblemente. La combinación de tantas notas y pentagramas, de tantos géneros literarios, de tantas vidas y tareas, era casi perfecta.

A veces desentonaban, ciertamente, pero, cuando lo hacían, era para crear una polifonía conscientemente disarmónica que daba lugar a una pieza nueva, a una obra de arte. La fidelidad a cada una de las causas que defendía era proverbial. Cada una de sus experiencias de vida se caracterizaba por la coherencia. En él había pluralidad de registros, pero no doblez, se oían diferentes voces, pero un solo pensamiento.

1. Era poeta, sin duda uno de los más reconocidos del siglo XX, y sabía lo que era la inspiración. Alcanzó la cumbre literaria con Cántico cósmico (Trotta, 1992), considerada por muchos especialistas la obra poética de mayor impacto en América Latina junto con Cantos de Vida y Esperanza, de su compatriota Rubén Darío, con quien muchas veces se le ha equiparado, y Cántico General, de Pablo Neruda. El lenguaje es la casa del ser humano, decía Heidegger. La poesía era el hogar donde habitaba Ernesto Cardenal.

2. Cardenal era un místico con los pies en la tierra y la mirada en el acontecer mundano, un orante "político" que rezaba por el derrocamiento de Somoza. En Vida perdida describe su experiencia mística en el monasterio trapense de Gethsemani (Kentucky), donde vivió una vida austera, callada, entre disciplinas y penitencias, en busca de Jesús de Nazaret.

Lo más significativo de esta etapa fue su relación con Thomas Merton, cuya espiritualidad encarnada en la historia influyó decisivamente en la vida religiosa de Cardenal, de quien el maestro Merton admiraba su espíritu antiyanki y su sensibilidad hacia los indígenas.

3. Era una persona comprometida política y socialmente, que colaboró en el derrocamiento de Somoza y, tras el triunfo de la Revolución, asumió el ministerio de Cultura en varios gobiernos del Frente Sandinista en un ejercicio de coherencia con su interpretación liberadora del cristianismo. Era un pensador cristiano en la dirección de la teología de la liberación, que vivía en el quehacer diario y desarrollaba a través de la creación literaria.

4. Cardenal fue autor del Quinto Evangelio, el que lleva el nombre del lago donde fundó una comunidad cristiana de resistencia contra la dictadura, una comuna de vida compartida, de contemplación del misterio de la Naturaleza y de la Divinidad, de trabajo solidario, de cultivo del espíritu, de creación literaria y artística: el Evangelio de Solentiname.

5. El poeta nicaragüense vivió a ritmo de Utopía. Primero fue en el Lago de Solentiname, donde creó lo que hasta entonces era el no-lugar de la Utopía, al que apuntara tan bella como imaginativamente Oscar Wilde: “Un mapa del mundo que no contemple ‘Utopía’ no merece la pena ni echarle un vistazo, pues deja fuera el país en el que la Humanidad está siempre desembarcando. Y al desembarcar allí la Humanidad y ver un país mejor, vuelve a poner proa hacia ella”.

Después fue la Revolución Sandinista, con la que se comprometió culturalmente ayudando a sacar a la luz la riqueza artística y activando el alma poética que toda persona nicaragüense lleva dentro.

No fue amigo de grandes discursos sobre la utopía: la pensaba, la soñaba, la vivía, colaboraba en su construcción, empujaba su llegada, pero no ingenuamente, sino poniendo manos a la obra. A sus 95 años y con una salud delicada Ernesto Cardenal siguió caminando en esa dirección, sin prisa, pero sin pausa, con su barba de profeta de la esperanza intentando que, si la historia tuviera un final, no fuara fatal, sino feliz, y si no lo tuviere, que la Humanidad caminara por la senda de la fraternidad-sororidad.

6. Cardenal vivió en permanente exploración de otros mundos: el arte, la ciencia, la filosofía, las religiones, la sabiduría de los pueblos, la vida interior, etc., en actitud de búsqueda, pero sin huir de la vida. Él mismo se presentaba con ejemplo de encuentro entre ciencia, mística y poesía en un texto realmente antológico: “En estos hechos científicos yo encuentro mucha inspiración mística y mucha inspiración poética. Por eso desde hace tiempo mi poesía se nutre de ciencia”.

7. A Dios se acercaba también interdisciplinarmente para afirmar al fin que es el totalmente incognoscible para nosotros y que, citando a su maestro Merton, solo podemos conocerlo por el amor.

Aquella “vida perdida”, como él mismo califica los años de su juventud, es ahora vida en plenitud.

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