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martes, 24 de marzo de 2020

Otro 11-S sume a Nueva York en la impotencia.


Nueva York EEUU / El País    -   El primer caso se detectó a principios de marzo, en un suburbio al norte de la ciudad. Tres semanas después, Nueva York contabilizaba la mitad de los casos de coronavirus de Estados Unidos y cerca del 5% del total a escala global.

 Se tardó en tomar la decisión, pero por fin, a mediados de la semana pasada, el gobernador del estado, Andrew Cuomo, decretó el confinamiento de la población, efectivo a partir del domingo al anochecer. Nueva York se adentraba así en territorio desconocido.

El confinamiento al que desde entonces está sometida la ciudad no es distinto del que se ha impuesto en otras partes del mundo, pero lo que hace de Nueva York un caso especial es que muchos sienten la ciudad como un lugar que trasciende sus límites, como si lo que ocurre allí nos afectara de algún modo a todos. 

Los sentimientos dominantes son los mismos que en otros lugares: impotencia, pánico y la sensación de que cuando esto pase, las cosas habrán cambiado para siempre. A escala nacional, frustración ante la falta de visión y liderazgo demostrada por la Casa Blanca y las autoridades federales.

La palabra más adecuada para designar lo que sucede es catástrofe, término que en modo alguno es ajeno a la historia de la ciudad, jalonada de desastres de gran envergadura: accidentes aéreos, incendios que arrasaron barrios enteros, apagones de proporciones míticas, huracanes que causaron una devastación indecible.

De todas estas catástrofes, la que dejó una huella más profunda fue el ataque terrorista perpetrado contra el World Trade Center el 11 de septiembre de 2001. Millones de personas de todos los rincones del planeta contemplaron en directo la tragedia por televisión, sintiendo en carne propia la vulnerabilidad de la ciudad herida.   De aquel nódulo de extraño dolor surgieron sentimientos que persisten hoy. 

Lo que ocurrió entonces es muy distinto de lo que está empezando a suceder ahora, salvo en la manera de interiorizar la tragedia.   Cuando cayeron las Torres Gemelas, el sur de Manhattan recordaba la devastación de una zona de guerra. La herida se extendió a los cinco condados, que parecían escapar así de las coordenadas normales del espacio y del tiempo. Entonces la ciudad se paralizó, pero lo hizo de una manera muy distinta a como lo ha hecho ahora.

Toda crisis tiene su centro de gravedad que cabe fijar en un lugar físico, en el caso de Nueva York, un rascacielos. En esta ocasión, el centro de gravedad moral de la ciudad es el rascacielos que alberga la redacción de The New York Times en la calle 41, aunque sus oficinas estén todas desocupadas. 

Depositario de la conciencia ciudadana, estos días nadie ha sabido tomar el pulso a la ciudad mejor que el formidable equipo de reporteros y columnistas del periódico, obligados ahora a trabajar desde sus casas. Centinela de la verdad en la era de las fake-news, la bitácora de noticias de última hora del diario neoyorquino es la mejor manera, la única tal vez, que tienen los ciudadanos para orientarse en el caos.

En medio de la vorágine, sobrepasadas por la magnitud de los acontecimientos dos voces se han hecho oír con distinto nivel de eficacia: la de Andrew Cuomo, gobernador del estado, y la de Bill de Blasio, alcalde de la ciudad. Sus opiniones, con frecuencia encontradas, han logrado converger aunque no ha sido fácil. 

Irónicamente, el poder del gobernador se superpone al del alcalde, lo cual está en proporción inversa al peso de sus dominios respectivos. Ante la gravedad de la situación ambos coinciden en señalar la ineficacia de la gestión del gobierno federal y la insuficiencia de la ayuda recibida.

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